Clan Dracul: La entrevista - Libro 4

Capítulo 1

Y entonces… ocurrió.

No fue un cambio físico en la habitación, sino un asalto a mis sentidos. El despacho del Conde desapareció, devorado por una neblina negra que olía a tierra mojada y a hierro. Sentí que el suelo bajo mis pies se desvanecía, y por un instante, el pánico me cerró la garganta. Intenté gritar, pero el aire era demasiado espeso, como si estuviera sumergida en sangre fría.

De pronto, la neblina se rasgó.

Ya no estaba en la mansión moderna. Estaba de pie en un balcón de piedra tallada, bajo un cielo que no conocía las luces de la ciudad, solo una luna roja que sangraba sobre las montañas de Hunedoara. A mi lado, una figura se materializó. No era el hombre elegante de traje oscuro que acababa de entrevistar; era un guerrero cubierto por una armadura de placas negras, con una capa roja que parecía absorber la poca luz del entorno.

—Este fue el inicio del fin de mi humanidad —dijo la voz del Conde, aunque sus labios no se movieron. Su voz resonaba directamente en mi mente, vibrando con un dolor antiguo—. Antes de ser el Rey de las Sombras, fui el guardián de un honor que ya nadie recuerda.

Abajo, en el valle, miles de antorchas se movían como serpientes de fuego. El sonido de los metales chocando y los gritos de agonía subían por los muros del castillo. El Conde, o la versión joven de él, apretó el puño sobre la piedra del balcón, pulverizándola sin esfuerzo.

—¿Me preguntas por qué fundé el Clan Dracul? —continuó la voz—. No fue por ambición. Fue por supervivencia. Aquella noche, mi familia fue masacrada por aquellos que temían lo que yo estaba empezando a ser. Vi a mi esposa “morir”, vi a mis aliados arder... y en ese momento, hice un pacto con el abismo.

El escenario cambió de nuevo, tan rápido que me mareé. Ahora estábamos en una cripta profunda. El joven Drácula estaba arrodillado frente a un altar de piedra, rodeado de cuerpos. No lloraba. Sus ojos, antes humanos, se tornaron de ese rojo carmesí que ahora definía a su estirpe.

—Pedí poder para castigar a los culpables. Y el abismo me respondió —me susurró al oído, y sentí su aliento gélido—. Pero el precio de la venganza es que nunca dejas de tener hambre.

La visión empezó a disolverse. Las sombras volvieron a girar a mi alrededor hasta que el peso de la realidad me golpeó. Estaba de vuelta en la silla de cuero, frente a su escritorio. El Conde seguía inclinado hacia adelante, con esa sonrisa peligrosa que me cortaba la respiración.

Me di cuenta de que estaba jadeando, con el sudor frío pegado a mi frente. Mi libreta de notas estaba en el suelo, olvidada.

—¿Lo has visto? —preguntó él, su voz recuperando la calidez aterciopelada de un anfitrión perfecto—. Eso es solo el prólogo. ¿Quieres la historia del Clan Dracul? ¿Quieres saber cómo mis hijas y mi hijo llegaron a ser lo que son?... pero para entender el presente, debes aceptar que nuestra estirpe nació del odio, no del amor.

Tragué saliva, recuperando el aire poco a poco. —Usted dijo que la verdad no era bonita —murmuré, recogiendo mi libreta—. Pero omitió decir que era adictiva.

El Conde soltó una carcajada corta, un sonido que hizo vibrar los cristales de las vitrinas. —Bien. Entonces continuemos. Hablemos de la primera vez que la sangre Dracul se mezcló con la de un mortal. Hablemos de la ley que nos condenó a todos...

Inclinó su cabeza, y por un momento, sus colmillos brillaron bajo la luz de las velas. —¿Estás lista para la siguiente visión, pequeña periodista?

El aire en el despacho se volvió tan gélido que mi aliento formó una pequeña nube de vapor frente a mis labios. El recuerdo golpeó mi mente con la fuerza de un huracán, arrastrándome a una época donde la piedad era un concepto muerto.

No era solo una visión; era una experiencia sensorial completa. Podía sentir el calor de las llamas quemándome la piel y el sabor metálico del aire saturado de muerte. En el centro de aquel apocalipsis, el joven Drácula no era el hombre refinado que ahora se sentaba frente a mí; era una tormenta de furia desatada, un depredador que había abrazado el abismo para no ser consumido por él.

—Esa noche —la voz del Conde en el presente se entrelazó con el recuerdo del pasado— aprendí que el miedo es la única moneda que todos los seres entienden. Me habían quitado todo lo que amaba bajo la luz del sol, así que decidí que el sol nunca volvería a brillar para mis enemigos.

FLASHBACK

El mundo cambió de golpe.

El olor fue lo primero. Sangre. Espesa. Caliente. Reciente. Un campo entero estaba cubierto de cuerpos. Humanos… y vampiros. Algunos aún se retorcían en el suelo, intentando arrastrarse lejos de algo que ya los había alcanzado, dejando rastros escarlatas sobre la tierra seca.

El cielo era rojo. No por el atardecer… sino por el humo de las chozas ardiendo. Y en medio de todo eso… estaba él.

Más joven. Más salvaje. El Conde Drácula. Pero en ese entonces… no era un conde. Era algo peor: era un segador. Sus manos estaban cubiertas de sangre hasta los codos. Sus colmillos expuestos, manchados, brillaban bajo la luz de las llamas que consumían el pequeño pueblo a su alrededor.

Un hombre intentó huir. No llegó ni a dar tres pasos. Drácula apareció frente a él en un parpadeo, una mancha negra que desafiaba la física. Lo sujetó del cuello con una sola mano, levantándolo del suelo como si fuera una muñeca de trapo.



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En el texto hay: vampiros, entrevista

Editado: 13.05.2026

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