El silencio se asentó entre nosotros como una capa de polvo antiguo, una mortaja invisible que cubría cada rincón del despacho. Ya no era solo miedo lo que sentía; era una curiosidad peligrosa, de esa que te empuja al borde del abismo solo para ver qué hay en el fondo. Había algo que no encajaba en su narrativa de dominio absoluto. Algo que no podía ignorar.
—Si tenían todo… —dije finalmente, rompiendo el aire denso— ¿por qué se fueron de la ciudad?
Drácula no reaccionó de inmediato. Permaneció inmóvil, como una estatua de mármol negro.
—Transilvania era o es de usted —continué, ganando firmeza—, un castillo impenetrable. Poder. Dominio. Respeto. Todos los clanes se arrodillaban ante el apellido Dracul.
Tragué saliva, sintiendo que estaba pisando terreno sagrado… o maldito.
—¿Por qué dejarlo todo… para empezar de nuevo en Hunedoara?
Sus ojos se posaron en mí. Lentos. Analíticos. Como si midiera cada palabra que iba a decir… o cada verdad que iba a ocultar tras una máscara de retórica.
—Porque “tenerlo todo”… —murmuró, y su voz vibró en la madera de la mesa— nunca fue suficiente.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo, pero no me detuve. —Eso no responde la pregunta.
Una sonrisa leve, casi imperceptible, apareció en su rostro. Una mueca de alguien que aprecia una presa que muerde el anzuelo. —Responde más de lo que crees.
Se inclinó hacia atrás en su asiento, elegante, intocable. El Conde de ahora parecía muy distinto al guerrero manchado de sangre de los recuerdos.
—Transilvania era poder heredado —continuó—, la sombra de mis padres proyectada sobre mí. Hunedoara… fue poder construido. Desde la primera piedra hasta la última gota de sangre vertida en sus cimientos.
Fruncí el ceño. —Eso suena a orgullo.
—Lo es.
No lo negó. No lo suavizó. Lo afirmó con la autoridad de quien sabe que su orgullo es la ley del mundo.
—Entonces… ¿usted se fue solo por ambición? —pregunté.
Silencio. Pero esta vez… diferente. Más profundo. Más personal. Las llamas de las velas vacilaron, como si el oxígeno se estuviera agotando.
—No solo por eso.
El aire cambió. Otra vez. La atmósfera se volvió opresiva, cargada de una melancolía que me oprimía el pecho.
—Entonces… ¿por qué?
Sus ojos se oscurecieron apenas, perdiendo ese brillo desafiante para volverse opacos. Y su voz… bajó hasta ser casi un susurro confesional.
—Porque necesitaba un lugar… donde nadie pudiera cuestionarme. Donde el eco de mis padres no fuera más fuerte que mi propio nombre.
No entendí. —¿No era ya el más poderoso?
Drácula me sostuvo la mirada, y vi en ella una chispa de ese dolor que los siglos no logran borrar.
—El poder… no evita la traición. Y Transilvania estaba llena de rostros que juraban lealtad mientras afilaban sus dagas a mi espalda.
Y sin previo aviso… el mundo volvió a caer.
FLASHBACK
El castillo era majestuoso. Antiguo. Imponente. Las torres se alzaban como colmillos de piedra contra el cielo de Transilvania, desafiando a Dios y a los hombres. Era perfecto. Inquebrantable. Y aun así… había tensión. Una vibración invisible que recorría los muros, como si la misma estructura presintiera el final de una era.
Dentro del gran salón, los vampiros discutían. No gritaban; no lo necesitaban. La presión en el aire era suficiente para hacer que cualquier mortal cayera de rodillas, asfixiado por el aura de poder que emanaba de cada rincón.
—Tus decisiones nos están llevando a una guerra constante —dijo uno de los vampiros más ancianos, con voz firme pero cargada de un veneno diplomático—. Los clanes están inquietos, Drácula. No pueden cazar en paz, no pueden dormir sin temer una represalia.
—Que lo estén —respondió Drácula, desde su trono de ébano—, el miedo mantiene el orden. El miedo es el único lenguaje que todos entienden.
Otro vampiro intervino desde las sombras de una columna. —El miedo también genera alianzas… en tu contra. Estás unificando a nuestros enemigos más rápido de lo que los exterminas.
Silencio. Peligroso. Un silencio que cortaba.
—¿Estás sugiriendo algo? —preguntó Drácula, sin alzar la voz, pero con una intensidad que hizo vibrar los candelabros.
—Estoy diciendo que no puedes gobernar solo con destrucción —insistió el primer orador—. Un líder necesita súbditos, no solo cadáveres.
Un murmullo recorrió el salón. Errores. Muchos errores se estaban cometiendo en esa conversación. Drácula se levantó lentamente. Cada movimiento suyo imponía una presión física sobre los presentes. Cada paso… era una advertencia de que la paciencia del Rey se había agotado.
—Yo no gobierno —dijo, caminando hacia ellos con la parsimonia de un depredador que sabe que no tiene escape—, yo impongo.
Se detuvo frente al vampiro que había hablado primero, invadiendo su espacio personal hasta que sus rostros quedaron a centímetros.