Clan Dracul: La entrevista - Libro 4

Capítulo 3

El silencio después de Catalina… se sentía incompleto. Como si las paredes de Hunedoara, acostumbradas al estrépito de las batallas y al eco de los decretos, no supieran cómo albergar el vacío que deja una mujer que se marcha sin decir adiós.

—¿Y después? —pregunté con suavidad, temiendo romper el hilo de esa confesión tan frágil— ¿qué pasó usted… como padre?

Drácula no respondió de inmediato. Sus ojos bajaron apenas, un gesto mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para entender que hablar de pañales de seda y llantos nocturnos le resultaba más difícil que narrar la caída de un reino.

—Me sentía raro… —murmuró finalmente, y su voz perdió por un momento esa resonancia de mando— cuidando solo a una niña de cuatro años.

Tragué saliva, imaginando la escena: el gran Conde Dracula, el hombre que hacía temblar a los Balcanes, enfrentado a la voluntad indomable de una criatura que apenas le llegaba a la rodilla.

—Una vampira impura… —continuó, y su tono se volvió nostálgico— y demasiado… inquieta. No heredó solo mi sangre; heredó la curiosidad incansable de su madre.

Una leve sombra de algo casi parecido a una sonrisa cruzó su rostro, una expresión que humanizaba su perfil de mármol de una forma que me resultaba inquietante.

—No sabía qué hacer. No había manuales para guerreros que deben peinar cabellos rebeldes o explicar por qué la luna no se puede bajar del cielo.

Vuelven los recuerdos…

FLASHBACK

El castillo… no era silencioso. No ese día. Hunedoara, diseñada para que el eco de una bota militar hiciera temblar a los intrusos, ahora se estremecía bajo el peso de una risa infantil que no conocía de protocolos.

—¡Bárbara, quédate quieta! —le suplicaba, mientras el papel de mis decretos volaba por los aires. —¡No! —gritó ella, desapareciendo en un destello de partículas oscuras.

La niña atravesaba las paredes como si no existieran, corriendo a toda velocidad por los pasillos. Era pura energía, un pequeño huracán de caos dentro del imperio más temido de Europa.

—¡No puedes estar todo el día haciendo eso! —le grité, intentando seguirla por el pasillo de los retratos. Inútil. Desaparecía en una esquina y reaparecía en el techo, burlándose del espacio mismo con la insolencia de quien no sabe que está desafiando las leyes de la física.

—¡Suficiente, Bárbara Dracul!

Mi voz resonó por todo el castillo, haciendo vibrar las armaduras y callar a los sirvientes. Pero esta vez… no era una orden de guerra. No buscaba la cabeza de un enemigo. Era el grito desesperado de un padre superado por la situación. Extendí la mano, canalizando mi voluntad, y bloqueé su poder de inmediato.

El silencio cayó como una losa.

Bárbara aterrizó bruscamente en el suelo alfombrado. —¡Oyeeeee! —se quejó, cruzándose de brazos y arrugando su pequeña nariz— ¿Por qué bloqueaste mi poder? ¡No es justo!

La miré, dejando caer los hombros. Estaba cansado. No era un cansancio físico —mi cuerpo inmortal podía pelear durante décadas—, era algo más profundo, una fatiga del alma que no sabía cómo llenar el vacío que Catalina había dejado en la crianza de nuestra hija.

—Ya estaba cansado… —hice una pausa, acercándome a ella con pasos lentos— Bárbara… tienes que ayudarme un poco. No puedo ser el Conde de este lugar y perseguirte por las paredes al mismo tiempo.

Su expresión cambió. La rebeldía se esfumó, reemplazada por una vulnerabilidad que me recordó, dolorosamente, a la mujer que se fue.

—Solo somos tú y yo —continué, bajando la voz.

Silencio. La niña bajó la mirada, trazando círculos invisibles en el suelo con la punta de su bota de cuero. Por un segundo… dejó de ser la traviesa heredera del trono.

—Entonces consígueme una mamá… —soltó de repente, sin mirarme.

Levanté una ceja, descolocado. —¿Qué?

—Consígueme una mamá —repitió, levantando la vista— y así no tienes por qué cuidarme solo. Ella sabrá qué hacer cuando yo te vuelva loco.

Solté aire por la nariz, una mezcla de risa amarga y resignación. —No sé, Barbie… No es tan sencillo como salir al bosque y traer una. Las cosas… con las mamás son complicadas.

—Por favor, papá… —insistió. Sus ojitos se aguaron, brillando con una humedad que me resultó insoportable. Y eso… eso fue peor que cualquier enemigo que hubiera enfrentado en el campo de batalla. Contra una espada sabía qué hacer; contra sus lágrimas, era un completo analfabeto.

—Tú me cuidas… —murmuró, acercándose para abrazar mi pierna— pero me siento muy sola.

El golpe fue directo. Sin defensa. Sin estrategia. Solo una verdad pura y desgarradora que atravesó mi armadura de siglos. Me di cuenta de que, por mucho que yo la amara, mi amor era un amor de muros y guardias. Ella necesitaba la suavidad que yo no tenía.

La miré unos segundos. En ese momento, tomé una decisión que cambiaría el rumbo de nuestro linaje.

—Está bien… —dije finalmente, poniéndole una mano sobre su pequeña cabeza— voy a conseguirte una mamá.

Hubo un segundo de incredulidad. Y luego… —¡¡¡SÍIIIIIIIIIIIIIIII!!! —gritó, saltando de felicidad y recuperando instantáneamente toda su energía vital.



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En el texto hay: vampiros, entrevista

Editado: 13.05.2026

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