El pasillo volvió a quedarse en silencio después de que Catalina se fuera. Pero no duró mucho. Era un silencio artificial, una pausa dramática antes de que la verdadera tormenta reclamara su lugar.
—¿Ya terminó el drama maternal? —dijo una voz desde el fondo, cargada de un sarcasmo que cortó el aire como una cuchilla.
Giré. Y ahí estaba ella. Bárbara Dracul.
Apoyada contra la pared, con una media sonrisa que no era precisamente amigable… pero tampoco distante. Era peligrosa. Elegante. Y completamente consciente del efecto que causaba. Si Catalina era la luna fría y Drácula la piedra del castillo, Bárbara era el fuego que consumía ambos.
—Supongo que ahora es mi turno —añadió, acercándose lentamente. Su forma de caminar no era normal; no era solo segura, era calculada. Cada paso parecía diseñado para recordar que ella era la dueña del suelo que pisaba.
—Si quieres —respondí, levantando la grabadora—, aunque no tengo claro si vienes a colaborar… o a complicar las cosas.
Bárbara sonrió, y sus dientes brillaron en la penumbra. —Ambas.
Se sentó frente a mí en una banca de piedra sin que la invitara. Pierna cruzada, espalda recta, mirada fija. No esperaba preguntas; ella dominaba el espacio.
—Acabo de hablar con tu madre —dije, buscando una reacción.
Bárbara no se inmutó, pero su sonrisa cambió apenas, volviéndose un poco más afilada. —¿Y sobreviviste?
—Sí.
—Interesante. —Hubo un silencio breve.
—Me contó cómo se fue… y por qué.
Bárbara bajó la mirada un segundo. Solo uno. Pero fue suficiente para ver la sombra de la niña que corría por las paredes buscando una madre. —Siempre hay una razón bonita para las decisiones feas —murmuró. Eso no sonaba como perdón; sonaba a una cicatriz que todavía tiraba de la piel.
—¿La odiaste?
Bárbara soltó una pequeña risa, seca y carente de humor. Levantó la mirada, y vi el destello rojo en sus pupilas—. La odié, la busqué, la imaginé muerta, la imaginé viva… la culpé de todo. Y aún así… cuando la tuve enfrente…
Silencio.
—No pude matarla.
Su voz no fue débil. Fue honesta, con esa honestidad brutal de quien ya no tiene nada que ocultar. —Porque es tu madre.
Bárbara negó suavemente. —Porque se parece demasiado a mí. —Eso era mucho más profundo que el instinto filial; era el reconocimiento de la misma oscuridad.
—Ahora están bien.
Ladeó la cabeza, divertida por mi elección de palabras. —“Bien” es una palabra muy optimista. Pero sí… estamos en paz.
Eso, viniendo de la mujer que casi desmiembra a su madre en un callejón, era un avance monumental. Pero yo no estaba allí solo para hablar de traumas familiares. Bárbara era el puente hacia el presente del clan.
—Hablemos de ti —propuse.
Su sonrisa volvió, más amplia, más peligrosa. —Por fin.
—Eres muy diferente a lo que esperaba.
—¿Más encantadora?
—Más letal.
Bárbara inclinó levemente la cabeza, aceptando el cumplido. —Gracias.
—Hay algo que quiero preguntarte —dije, bajando el tono—, y no tiene que ver con tu padre… ni con tu madre.
Eso la interesó. Lo vi en cómo se tensó su postura, como una pantera detectando un nuevo rastro. —Entonces sí vale la pena.
—Tu relación con tu esposo.
El silencio que siguió no fue incómodo, pero estuvo cargado de una energía distinta. —Nicolás… —murmuré.
El nombre cambió algo en ella. No fue una suavidad repentina, pero sí una atención absoluta, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
—Así que ya llegamos ahí… —dijo, acomodándose en el asiento. Más relajada, más presente—. Dicen que no eras así antes. No tan… abierta.
Bárbara sonrió de lado, perdida en un recuerdo que claramente no compartía con nadie. —No lo era, hasta que lo conocí.
—¿Cómo empezó? —La miré fijamente—. Porque por lo que sé… no fue una historia tranquila.
Bárbara soltó una risa baja, oscura. —¿Tranquila? —Negó—. Casi lo mato la primera vez.
Eso no me sorprendía, conociendo su historial. —¿Y él?
Sus ojos brillaron con una luz salvaje. —Casi lo logra conmigo.
—Interesante forma de empezar una relación.
—Es la única que funciona conmigo. —Bárbara se inclinó ligeramente hacia adelante, invadiendo mi espacio personal—. No fue amor a primera vista, fue… reconocimiento.
—¿De qué?
Su sonrisa creció, revelando una satisfacción casi depredadora. —De alguien que no iba a romperse conmigo. La mayoría huye… o intenta controlarme.
—¿Y él?
Bárbara sostuvo mi mirada con una intensidad que me hizo querer retroceder. —Se quedó y peleó.
Hubo un silencio distinto, más intenso, donde las palabras sobraban. Entendí que Nicolás no era su "otra mitad", era su contrapeso.