Clan Dracul: La entrevista - Libro 4

Capítulo 6

El ambiente del salón cambió. Drácula cerró los ojos y, por un instante, las antorchas crepitaron con una intensidad violenta, como si el fuego mismo recordara el calor de aquella época.

—Amanda —pronunció el nombre con una suavidad que cortaba—. Ella no buscaba el poder. Ella era el poder, aunque en ese entonces servía vino en copas de plata.

FLASHBACK

6 siglos atrás, en la taberna de las sombras, el aire dentro del establecimiento era una mezcla embriagadora de incienso, almizcle y el olor metálico de la sangre fresca que se guardaba en decantadores de cristal. No era un lugar para humanos. Era un refugio para aquellos que necesitaban alimentarse sin el asedio de las antorchas de la aldea.

Drácula estaba sentado en una mesa apartada, en la zona más oscura. A su lado, una joven Bárbara, cuya presencia ya imponía un silencio inquietante entre los comensales, observaba el lugar con aburrimiento depredador.

—Este lugar es lento, padre —murmuró Bárbara, jugando con un puñal de hueso sobre la madera—. ¿Por qué hemos venido aquí?

—Porque a veces —respondió Drácula con voz profunda— el monstruo necesita recordar qué se siente ser un cliente.

En ese momento, ella apareció.

No hubo música, ni el mundo se detuvo, pero el aire se cargó de una estática pesada. Una mujer caminaba entre las mesas con una bandeja de plata, moviéndose con una gracia que no era servil, sino felina. Su cabello era oscuro como el pecado y sus ojos… sus ojos tenían el brillo de alguien que ya lo había visto todo y no tenía miedo de nada.

Se detuvo frente a la mesa del Conde.

—Vino de la cosecha del sur para el señor —dijo ella. Su voz no era una súplica, era un desafío—. Y algo más fuerte para la pequeña guerrera.

Bárbara levantó la mirada, sorprendida por la audacia. Nadie llamaba "pequeña" a una Dracul y vivía para contarlo. Pero antes de que Bárbara pudiera reaccionar, la mujer dejó las copas con una precisión quirúrgica.

Drácula la observó. No era solo su belleza, que era evidente y afilada; era su aura. Amanda no servía mesas porque tuviera que hacerlo; lo hacía porque era el mejor lugar para observar las debilidades de los poderosos.

—Tienes una forma peculiar de servir, mujer —dijo Drácula, su voz bajando una octava—. ¿Sabes quién soy?

Amanda se enderezó, sosteniendo la bandeja contra su cadera. No retrocedió ni un centímetro. Una media sonrisa, peligrosa y magnética, apareció en sus labios.

—Sé que eres el hombre que cree que es dueño de la noche —respondió ella, clavando sus ojos en los de él—. Pero aquí, en esta mesa, solo eres un hombre con sed. Y yo soy la única que sabe qué tipo de sangre realmente te calma el alma.

El silencio en la taberna se volvió absoluto. Bárbara soltó el puñal, fascinada.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Drácula, sintiendo por primera vez en siglos que alguien le hablaba de igual a igual.

—Amanda —respondió ella. Dio un paso más cerca, invadiendo el espacio personal del Conde, algo que nadie se atrevía a hacer—. Y si vas a seguir mirándome así, vas a tener que pedir otra botella. Porque no pienso irme a ningún lado.

Drácula no respondió de inmediato. Miró a su hija, que sonreía con una malicia nueva, y luego volvió a Amanda. En ese restaurante oscuro, rodeado de monstruos, el Rey de los Vampiros acababa de encontrar algo que no sabía que existía: una mujer que no quería su corona, sino su fuego.

PRESENTE

Drácula abrió los ojos y me miró de nuevo en el salón principal.

—Esa noche —dijo con voz ronca— no cenamos. Esa noche, entendí que Catalina había sido mi paz... pero Amanda sería mi guerra.

Se acercó un paso más a mí.

—Bárbara la amó desde el primer segundo. Porque Amanda no intentó ser su madre. Intentó ser su cómplice.

Apagué la grabadora un segundo para procesar la imagen: el gran Conde Drácula, el soberano de las sombras, sentado en una mesa de madera pegajosa mientras una mesera le sostenía la mirada sin pestañear.

—Es una imagen difícil de digerir —dije, volviendo a encender el dispositivo—. Usted, en la cima de su poder, y ella… sirviendo copas.

Drácula soltó una risa corta, un sonido seco que retumbó en las vigas del techo. —El poder es una ilusión de los que no tienen nada más. Amanda tenía algo mejor: no le importaba quién soy yo.

—Hablemos de ese momento —insistí, dando un paso hacia él—. Usted estaba allí con Bárbara. Su única hija en ese entonces. La niña que usted protegía con una ferocidad casi asfixiante. ¿Cómo reaccionó Bárbara al ver que una desconocida desafiaba a su padre en público?

Drácula se acercó a una de las chimeneas apagadas, pasando sus dedos largos por la piedra fría.

—Bárbara… —murmuró— Bárbara siempre ha tenido un instinto para el peligro. Esa noche, cuando Amanda le puso la copa frente a ella, mi hija no buscó su garganta. Buscó su aprobación.

FLASHBACK

Bárbara, con apenas unos siglos de existencia, pero con la arrogancia de mil años, agarró la muñeca de Amanda antes de que esta pudiera retirar la bandeja. La presión fue suficiente para romper el hueso de cualquier humano, pero Amanda ni siquiera parpadeó.



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En el texto hay: vampiros, entrevista

Editado: 13.05.2026

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