Clan Dracul: La entrevista - Libro 4

Capítulo 7

Dejé atrás la solemnidad pétrea del castillo y el peso del orgullo de Drácula. Si quería la verdad, no podía buscarla en el centro del imperio, sino en los márgenes donde el fuego aún quema. Me tomó semanas rastrear un rastro que llevaba siglos borrado, hasta que el rastro se convirtió en una presencia.

No estaba en un castillo. Estaba en una villa modernista, oculta tras una cortina de hiedra y tecnología punta a unos metros del castillo. Aquí, el aire no olía a polvo y pergamino, sino a naturaleza, a gardenias frescas y a un peligro mucho más eléctrico.

La encontré en la terraza, de espaldas, observando cómo la luna se reflejaba en la niebla. Llevaba un vestido de seda que parecía hecho de humo. No necesitó girarse para saber que yo estaba allí.

—Lucian siempre fue un hombre de palabras lentas y castillos pesados —dijo Amanda. Su voz era exactamente como la recordaba el Conde: un incendio envuelto en terciopelo—. Supongo que ya te contó su tragedia. La del gran señor abandonado con una niña en brazos.

Se giró lentamente. No tenía la mirada melancólica de Catalina, ni la ferocidad defensiva de Bárbara. Tenía una mirada de una claridad absoluta. Una mirada que te hacía sentir que el mundo entero era una partida de ajedrez que ella ya había ganado.

—Amanda —dije, ajustando mi grabadora—. He cruzado un campo lleno de guardias para escuchar la versión que no está en los libros de Drácula.

Ella soltó una risa cristalina, pero fría. Caminó hacia una pequeña mesa donde reposaba una copa de cristal con un líquido espeso y oscuro.

—Los libros de Drácula son aburridos porque él necesita ser el héroe o el mártir —dio un sorbo, observándome por encima del borde del cristal—. Cuéntame, ¿qué te dijo sobre mi partida? ¿Qué me aburrí? ¿Que soy una madre sin alma que dejó a una criatura de seis meses por un horizonte nuevo?

—Dijo que usted era su guerra —respondí—. Y que dejó a Danielle porque el castillo se volvió un sepulcro.

Amanda dejó la copa con un golpe seco. Sus ojos brillaron con una luz antigua.

—Danielle —susurró, y por primera vez vi una grieta en su máscara—. Mi pequeña y paciente Danielle. Lucian no entiende nada. Nunca lo entendió. No me fui porque el castillo fuera un sepulcro. Me fui porque si me quedaba, el destino de Danielle ya estaba escrito por la mano de su padre. Y yo no traje una hija al mundo para que fuera el "equilibrio" de nadie.

Se acercó a mí, invadiendo mi espacio con esa misma audacia que usó en la taberna hace seis siglos.

—¿Quieres saber por qué me fui realmente? —preguntó, bajando la voz hasta que fue apenas un susurro cargado de veneno y verdad—. ¿Quieres saber qué decía la carta que él nunca te mostró completa? Siéntate. Vamos a hablar de lo que significa amar a un monstruo y por qué, a veces, la mayor prueba de amor es volverse el villano de la historia.

Encendí la grabadora, mientras escuchaba algunos búhos. La otra cara de la moneda está a punto de mostrarse.

Amanda me invitó a sentarme con un gesto elegante de su mano. El viento nocturno agitaba las cortinas de la villa, y por un momento, el lujo que se ve aquí parecía una máscara tan elaborada como la de la taberna de hace seiscientos años.

—Lucian te dio la versión del mártir —comenzó Amanda, cruzando sus largas piernas—. La del padre abandonado que tuvo que criar a una niña con la ayuda de su hija mayor. Es una historia conmovedora, ideal para alimentar el rencor de Bárbara y la indiferencia de Danielle.

—Él dice que usted se fue por aburrimiento —le recordé, observando cómo el led rojo de la grabadora captaba cada matiz de su voz—. Que el horizonte le pesaba más que su propia sangre.

Amanda soltó una carcajada amarga.

—¿Aburrimiento? Yo amaba el caos de Lucian. Amaba la forma en que el castillo vibraba cuando peleábamos. No me fui porque estuviera aburrida, me fui porque lo amaba demasiado para destruirlo.

Me incliné hacia adelante, intrigada. —¿Destruirlo? ¿Cómo podría su permanencia haber destruido a Drácula?

—No a él —corrigió ella, y su mirada se volvió de acero—. A ellas. A Bárbara y, sobre todo, a Danielle. Lucian es como un sol negro; todo lo que orbita cerca de él termina quemándose o convirtiéndose en un satélite muerto que solo refleja su luz. Mira a Bárbara: es su guerrera, su mano derecha, su sombra. Yo no quería eso para mi hija.

Suspira lentamente.

—La carta que dejé en la cama junto a Danielle no era un adiós —continuó Elizabeth—. Era una declaración de guerra contra el destino. Sabía que si me quedaba, Andrew intentaría moldear a Danielle para que fuera el puente entre su pasado con Catalina y su futuro conmigo. La convertiría en una herramienta de equilibrio, en una mente estratégica al servicio de su corona.

—Y eso es exactamente en lo que se convirtió —murmuré—. Una mujer cautelosa, serena y paciente que vive para el clan.

Amanda apretó los labios. —Se convirtió en eso porque mi ausencia le dio un vacío que llenar con su propia voluntad. Si yo me hubiera quedado, habríamos peleado por su alma cada noche. La habríamos despedazado entre mis incendios y la rigidez de su padre. Me fui para que Danielle tuviera algo que Lucian no puede dar: un misterio que resolver por sí misma.



#118 en Fanfic
#72 en Paranormal
#35 en Mística

En el texto hay: vampiros, entrevista

Editado: 13.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.