Clan Dracul: La entrevista - Libro 4

Capítulo 8

El castillo de Dracula me recibió con la misma severidad de siempre, pero ahora las sombras me contaban una historia distinta. Crucé el salón principal, evitando la mirada de Drácula, que seguía en su trono como un centinela eterno, y me dirigí hacia el ala este, una zona donde los gritos de guerra de Bárbara no suelen llegar.

Allí, en un invernadero de cristal reforzado que desafiaba el frío exterior, encontré a Danielle. Estaba sentada frente a un tablero de ajedrez, pero no jugaba contra nadie. Solo observaba las piezas con una quietud que hacía que el mundo a su alrededor pareciera moverse a cámara rápida.

—Has hablado con ella —dijo Danielle sin levantar la vista. No era una pregunta; era una deducción basada en el cambio de mi propia energía.

—He hablado con ella —confirmé, sentándome al otro lado del tablero—. Me contó sobre Viena. Sobre el perdón.

Danielle movió un peón blanco, un centímetro apenas. Su rostro era una obra maestra de serenidad; no tenía las cicatrices emocionales de su padre ni el fuego destructivo de su madre. Era, simplemente, agua profunda.

—El perdón es una palabra que los humanos usan para cerrar heridas —comentó con voz suave, paciente—. Para nosotros, el perdón es simplemente una reclasificación de los hechos. Amanda ya no es una traidora, ni una madre, ni una enemiga. Es, simplemente... una mujer que tomó una decisión.

La miré de cerca. Danielle no desprendía la ferocidad de los otros Dracul. Su presencia era constante, como el latido de un corazón que nunca se acelera.

—Su padre dice que usted es la cautela del clan —le dije—. Su madre dice que usted es el incendio que ella sembró y que él no vio venir. ¿Quién es usted, Danielle?

Ella levantó la mirada por primera vez. Sus ojos eran oscuros, pero tenían un brillo de sabiduría que hacía que los seiscientos años parecieran una rabieta adolescente.

—Soy la que se quedó cuando todos los demás querían irse —respondió—. Soy la que aprendió a amar a un padre herido y a una hermana rota, mientras esperaba a que una madre "muerta" decidiera aparecer en una ópera. Soy el eje que evita que esta familia se despedace.

—Hablemos de su vida fuera de estos muros —insistí—. Amanda me dijo que está casada. Que encontró a alguien que no conoce los secretos de este clan. ¿Cómo mantiene ese equilibrio?

Danielle esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible.

—Mi marido es mi ancla en la realidad. Mientras mi familia se preocupa por imperios de sangre y venganzas milenarias, él se preocupa por el ciclo de las estaciones y la armonía de una casa. Casarme con él fue mi mayor acto de rebelión. No fue por amor a la humanidad, fue por amor a la paz.

Se recostó en su silla, observando el invernadero.

—Mi madre pensó que su abandono me destruiría. Mi padre pensó que su sobreprotección me salvaría. Ambos se equivocaron. Yo me salvé sola, usando el silencio de uno y la ausencia de la otra para construir una fortaleza donde nadie, ni siquiera ellos, puede entrar sin mi permiso.

Acerqué la grabadora. El silencio de Danielle era magnético, pero sabía que detrás de esa calma estratégica había un plan que ni siquiera Amanda había terminado de comprender.

—¿Qué piensa hacer ahora? —pregunté—. Ahora que todas las cartas están sobre la mesa.

Danielle tomó a la reina negra del tablero y la colocó justo al lado del rey.

—Mi padre quiere herederos, mi madre quiere una revolución y Bárbara quiere sangre.

Hace una pausa.

—Yo solo quiero que entiendan una cosa —concluyó Danielle, mirándome fijamente—. El Clan Dracul no sobrevive por el fuego de sus reyes, sino por la paciencia de quienes limpian las cenizas. ¿Algo más que preguntar?

Me acomodé en la silla del invernadero, dejando que el sonido del viento golpeando los cristales llenara el espacio por un momento. Danielle seguía ahí, con esa calma que resultaba casi más intimidante que la furia de su hermana mayor.

—Danielle —comencé, bajando la voz—, hemos hablado de planes, de estrategias y de perdón. Pero quiero retroceder. Amanda se fue cuando tenías solo seis meses. Creciste en estos pasillos, bajo la sombra de un hombre que el mundo entero teme. ¿Cómo fue esa niñez? ¿Cómo es crecer sin una madre y tener como única figura paterna al vampiro más peligroso de la historia?

Danielle dejó la pieza de ajedrez en la mesa y entrelazó sus dedos. Por un segundo, su mirada pareció viajar siglos atrás, hacia los rincones más oscuros del castillo.

—Crecer con el conde Drácula no es como crecer con un padre; es como crecer al pie de un volcán —respondió con una serenidad cortante—. Siempre sabes que el fuego está ahí, pero aprendes a caminar por las laderas sin quemarte.

>Mi padre no es un hombre de cuentos antes de dormir. Sus lecciones son sobre linajes, sobre la fragilidad de los humanos y sobre el peso de nuestro apellido. Durante mucho tiempo, yo fui solo un recordatorio de lo que él no podía controlar.

>Para mí madre no era una persona, era un concepto abstracto. Era el espacio vacío en las cenas, la silla donde nadie se sentaba. Mientras otros niños soñaban con brazos que los protegieran, yo aprendí a protegerme a mí misma en las bibliotecas. No extrañaba a mi madre porque no puedes extrañar el sol si siempre has vivido en una cueva; simplemente te adaptas a la oscuridad.



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En el texto hay: vampiros, entrevista

Editado: 13.05.2026

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