Me senté frente al Conde, ajustando el volumen de la grabadora. El ambiente en el salón había cambiado; ya no se sentía la tensión eléctrica de Amanda ni la paz doméstica de Danielle. Había un aire de precisión, casi clínico, cuando el nombre de la tercera mujer surgió en la conversación.
—Conde —comencé, observando cómo las llamas se reflejaban en sus ojos—, hemos recorrido gran parte de su historia, pero hay un encuentro que ocurrió hace cinco siglos y que parece romper con todos sus esquemas habituales. No fue en una taberna, ni en un campo de batalla. Fue en un lugar donde la vida y la muerte de su especie se analizan bajo una lupa.
—¿Cómo fue que conoció a Cameron? He oído que ella no era una mujer común, sino una mente dedicada a la ciencia médica para los de su clase.
Drácula dejó escapar una pequeña sonrisa, una llena de un respeto intelectual que rara vez mostraba.
—Hace quinientos años —comenzó el Conde, reclinándose en su trono—, mis hijas mayores, Bárbara y Danielle, cometieron un error de juventud. Alimentarse de cualquiera es un riesgo que incluso un Dracul puede pagar caro. Habían tomado la sangre de un criminal, una esencia cargada de toxinas y una oscuridad moral que empezó a enfermarlas. No tuve más remedio que llevarlas al hospital para vampiros.
El Conde cerró los ojos, reviviendo la escena.
—Entramos en aquel recinto que olía a antiséptico y a sangre filtrada. Mis hijas se sentían realmente mal, debilitadas. Fue entonces cuando ella apareció por el pasillo, con una bata blanca que contrastaba con nuestra oscuridad y una autoridad que no necesitaba elevar la voz. Su nombre es Cameron.
>Ella era la médico de guardia. No se amilanó al verme. Mientras otros bajaban la cabeza ante mí, ella me ordenó que me hiciera a un lado para poder examinar a mis hijas. Su enfoque era puro, científico, fascinante.
>Atendió a Bárbara y a Danielle con una paciencia y una destreza que me cautivaron. No veía monstruos, veía pacientes. Analizó la sangre del criminal en sus sistemas como quien resuelve un complejo acertijo matemático.
>Al verla trabajar, algo en mí se encendió. No era el deseo salvaje que sentí con Amanda, sino una admiración profunda por su inteligencia y su control.
—¿Y qué pasó después de que sus hijas estuvieron fuera de peligro? —pregunté, intrigada por la faceta de "galán" del vampiro más temido.
Drácula soltó una carcajada breve.
—Bárbara y Danielle, a pesar de su malestar, siempre han sido muy astutas. Notaron mi mirada. Notaron que, por primera vez en siglos, yo no tenía una respuesta ingeniosa. Así que, en cuanto Cameron terminó de darles las indicaciones para su recuperación, no dudé: la invité a salir.
—¿Allí mismo, en el hospital?
—Allí mismo. Y mis hijas, con una coordinación perfecta que solo ellas poseen, fingieron que se sentían mucho mejor de repente. Dijeron que podían volver solas al castillo y, sin darme tiempo a reaccionar, me dejaron completamente solo con la doctora Cameron en medio del pasillo.
—Fue una encerrona de sus propias hijas —comenté riendo.
—La mejor que han planeado —admitió el Conde—. Cameron me miró por encima de sus gafas, ajustó su estetoscopio y, tras un silencio eterno, aceptó. Fue el inicio de una historia donde la medicina y la eternidad se dieron la mano.
Me quedé pensando en esa imagen: el soberano de las tinieblas esperando una respuesta en un pasillo de hospital.
—Dígame, Conde... ¿cómo fue esa primera cita con una mujer que veía el mundo a través de la ciencia?
Drácula se recostó en su trono, dejando que un suspiro de nostalgia escapara entre sus labios. La luz de las antorchas parecía suavizarse al recordar aquel primer encuentro que desafió su naturaleza puramente mística.
—Esa primera cita no fue en un carruaje de oro ni bajo la luna carmesí —continuó el Conde—. Fue en un pequeño bar cerca del hospital, un lugar que ella frecuentaba entre turnos dobles.
>Imagínate la escena: el Empalador sentado en una mesa de madera barata, rodeado de enfermeros cansados y el olor a sándwiches de lombrices tostadas. Cameron no me trató como a una deidad. De hecho, pasó los primeros quince minutos explicándome la bioquímica exacta de por qué la sangre de aquel criminal había causado una reacción hemolítica en mis hijas.
>Me hablaba de glóbulos, de patógenos y de la evolución de nuestra especie desde una perspectiva celular. Me gustó su mente antes de gustarme su rostro.
>Cuando intenté usar mi encanto habitual, ella simplemente me tomó el pulso y me dijo que mi ritmo cardíaco era fascinantemente bajo, incluso para un vampiro de mi edad. Me desarmó con un termómetro y una mirada analítica.
Hizo una sonrisa seca.
—Cameron no solo era médico; era una visionaria —dijo el Conde, con un brillo de orgullo—. Ella creía que nuestra inmortalidad no era una maldición mágica, sino una anomalía biológica que podía ser comprendida y mejorada.
>Pasaba sus noches en el laboratorio del hospital, investigando curas para enfermedades que solo nos afectan a nosotros. Era metódica, fría bajo presión, pero con un corazón que latía por la preservación de la vida, incluso de la vida eterna.