Drácula se reclinó en su trono, y por un momento, el fuego de la chimenea pareció arder con una luz menos agresiva, casi cálida. Sus dedos largos trazaron el relieve del reposabrazos mientras su mirada se perdía en un punto lejano de la historia.
—Para entender a Rebecca, debemos retroceder cuatro siglos —comenzó el Conde, y su voz adquirió un matiz aterciopelado—. El mundo estaba cambiando, pero este castillo seguía siendo un monumento al rigor y al miedo. Yo ya había conocido la pasión destructiva, el deber político y la frialdad científica. Creía que no quedaba nada que pudiera sorprenderme en la naturaleza de una mujer.
Asiento muy entretenida por lo que viene.
—Fue en el siglo XVII —continuó—. No la conocí en una corte, ni en un hospital, ni en un campo de batalla. La conocí en un pequeño claro del bosque, justo en los límites de mis tierras, donde el sol lograba filtrarse entre los robles centenarios.
>Ella estaba sentada allí, rodeada de flores silvestres, con una serenidad que parecía detener el tiempo. Rebecca no pertenecía a la nobleza ni buscaba el poder. Tenía una dulzura que no era debilidad, sino una forma de resistencia contra la crueldad del mundo.
>Cuando me acerqué, cualquier otra persona habría huido o se habría arrodillado por terror. Ella simplemente levantó la mirada, me sonrió como si fuera un viejo amigo y me ofreció un espacio a su lado. Me desarmó con una sola palabra, sin saber que estaba hablando con el monstruo que las aldeas temían.
Acomodo la grabadora, fascinada por el cambio en el lenguaje corporal de Drácula.
—Conde, cuesta imaginar una figura tan dulce dentro de un clan marcado por la sangre y la guerra. ¿Cómo fue que aquella dama, con esa esencia tan pura, terminó convirtiéndose en su cuarta mujer?
—Fue el contraste lo que me cautivó —admitió Drácula—. Ella veía belleza donde yo solo veía utilidad. Me enseñó que incluso una criatura de la noche puede apreciar la fragilidad de un pétalo. Pero su dulzura no era ignorancia; Rebecca entendía perfectamente la oscuridad que me rodeaba, y aun así, decidió caminar a mi lado.
>Su llegada al castillo fue como abrir una ventana en una cripta. No trajo nuevas leyes ni ejércitos; trajo una armonía que confundió a mis generales y suavizó, por un tiempo, incluso los corazones de mis tres hijas mayores.
Sonrío imaginando todo.
—Pero no nos adelantemos —dijo el Conde, haciendo una pausa deliberada—. Rebecca fue un regalo que el destino me hizo hace cuatrocientos años, una mujer que demostró que se puede ser vampira y conservar un alma de luz.
Siento un escalofrío de curiosidad. —Dígame, Conde... ¿cómo fue esa transformación? ¿Cómo se convierte a alguien tan dulce en un ser eterno sin destruir esa luz?
Drácula cerró los ojos por un instante, y el silencio en el salón se volvió tan profundo que se podía escuchar el crujir de la madera consumiéndose en la chimenea. Parecía que el simple hecho de evocar a Rebecca requería un esfuerzo diferente al de los otros recuerdos; no era la reconstrucción de una batalla, sino la de un sentimiento.
—Hace cuatro siglos, el mundo era un lugar brutal —retomó el Conde, con una voz que vibraba con una suavidad inusual—. La vida humana era corta, amarga y llena de privaciones. Yo caminaba por mis tierras como un juez implacable, rodeado de muros de piedra y corazones de hierro. Mis otras mujeres habían sido pilares de poder, pero Rebecca fue algo que no pude clasificar. Ella era, en esencia, la antítesis de todo lo que yo representaba.
Me acomodo bien para escuchar esta gran historia.
—Sucedió en un otoño particularmente dorado. Yo estaba cazando, pero no por hambre, sino por el simple placer de la persecución. Me alejé del castillo lo más que pude y llegué a una zona de la montaña donde la maleza se abría para revelar una pequeña cabaña rodeada de huertos. Allí estaba ella, Rebecca. Estaba curando el ala de un ave pequeña con una delicadeza que me obligó a detenerme.
>Cuando mis ojos se cruzaron con los suyos, no vi el reflejo del monstruo. Vi una curiosidad serena. Ella no sabía de títulos ni de leyendas negras. Para ella, yo solo era un viajero cansado con los ojos más tristes que jamás hubiera visto. Me habló sin el protocolo que asfixiaba mis días; me habló de la tierra, del ciclo de las estaciones y de la importancia de la compasión.
>Regresé a ese claro día tras día. Me sentaba en silencio a verla trabajar, fascinado por cómo alguien que poseía tan poco podía desprender tanta luz. Me di cuenta de que mi castillo, con toda su riqueza y su historia, era un lugar vacío. Quería esa luz dentro de mis muros. Quería que esa dulzura fuera eterna.
No me saco de la mente la imagen de un Drácula, sentado en un huerto escuchando a una mujer hablar de pájaros y flores, rompía todos los esquemas.
—Conde, es difícil procesar esto. Usted es el depredador máximo. ¿Cómo pudo convivir esa dulzura con la necesidad de sangre? ¿Cómo se convierte a alguien tan puro en... una de ustedes?
—Esa fue mi mayor lucha —confesó Drácula, y su mirada se volvió sombría—. Temía que el abrazo de la eternidad apagara su brillo. Pero Rebecca me sorprendió una vez más. Cuando finalmente aceptó unirse a mí y recibir el don de la sangre, su naturaleza no cambió; se expandió.
> Su dulzura no desapareció al entrar aquí. Ella trataba a los sirvientes del castillo con una humanidad que ellos nunca habían conocido. Su alimentación nunca fue violenta; era casi un acto de comunión, de una elegancia y suavidad que dejaba a sus donantes en un estado de paz, no de terror.