La brisa en el jardín era inusualmente cálida, cargada con el perfume de las flores que Rebecca misma había cultivado. Me siento frente a ella, hipnotizada por la calma que emana la cuarta esposa del Conde. A sus pies, sus bisnietos jugaban con pétalos que parecían flotar por arte de magia.
Rebecca dejó que un pequeño pájaro se posara en su dedo antes de hablar. Su voz era una caricia, pero sus palabras llevaban el peso de siglos de decisiones difíciles.
—Lucían te habrá contado mi partida como una traición —comenzó Rebecca, mirando a los niños—. Y desde su perspectiva, lo fue. Pero la verdad es que el castillo me estaba asfixiando. La oscuridad de los Dracul no es solo física; es una densidad emocional que te consume. Me fui con aquel otro vampiro no porque fuera el amor de mi vida, sino porque él representaba una puerta de salida, una vida que no olía a sangre antigua y a guerras interminables. Necesitaba aire, aunque fuera el aire de un extraño.
—¿Pero por qué no se llevó a Eleanor? ¿Cómo pudo dejar a una bebé de siete meses en el lugar que tanto la asfixiaba?
Rebecca bajó la mirada, y por un momento, la tristeza oscureció su rostro.
—Ese fue mi mayor sacrificio y mi mayor pecado. Sabía que Drácula nunca me dejaría llevarme a una heredera de su sangre. Si lo intentaba, nos daría caza hasta el fin del mundo y Eleanor viviría huyendo. Decidí que era mejor que creciera como una princesa en su propio reino, protegida por sus hermanas y el poder de su padre, a que fuera una fugitiva conmigo. La dejé para que tuviera raíces, aunque eso significara arrancarme el corazón.
—Pasaron cuatrocientos años, Rebecca. Usted rehízo su vida, se convirtió en una empresaria exitosa en el mundo moderno. ¿Cómo volvió a verla?
Rebecca sonrió con una mezcla de ironía y asombro.
—La vida tiene un sentido del humor muy retorcido. Yo dirigía mi empresa de logística internacional y se me habían perdido unos documentos de propiedad vitales, papeles que podrían haber destruido siglos de trabajo. Mi asistente me dijo: "Hay una vampira independiente, una especialista en rastreo que puede encontrar cualquier cosa". La mandé llamar sin preguntar su nombre.
>Cuando la puerta de mi despacho se abrió, el aire se congeló. No necesitaba un análisis de sangre; sabía que era ella. La había observado desde lejos, ocultándome en los bosques de Hunedoara años atrás, viendo cómo crecía junto a sus tres hermanas mayores. Pero tenerla allí, frente a mí... era ver mi propio reflejo, pero con una luz mucho más poderosa.
>Eleanor fue profesional. Usó sus dones para localizar los papeles en cuestión de segundos. Pero yo no podía dejar de mirarla. Seguía cada movimiento de sus manos, la forma en que el sol daba en su cabello... era mi pequeña Eleanor, convertida en una mujer imponente.
—¿Cómo fue el momento en que se lo dijo? Debe haber sido un choque brutal para ella.
—Ella se dio cuenta de mi insistencia —relató Rebecca—. Se detuvo, me miró con esos ojos que todo lo ven y me preguntó: “¿Por qué me mira tanto, señora? ¿Hay algo mal con mi trabajo?'” Y yo, que había guardado el secreto por cuatro siglos, simplemente no pude más. Le dije la verdad, sin anestesia: 2Te miro porque soy tu madre”.
>Eleanor retrocedió como si la hubiera golpeado. Se rió con amargura y me dijo: “Usted delira. Mi madre murió hace siglos, ella era una mortal que no soportó el peso de mi padre”. Esa era la mentira que Drácula le había contado para protegerla... o para castigarme a mí.
>Hubo gritos, hubo llanto. Eleanor no quería aceptar que la mujer que la había abandonado estaba allí, vestida de seda y dirigiendo empresas. Me llamó cobarde, me dijo que no tenía derecho a reclamar nada.
—¿Cómo lograron pasar de ese odio al perdón que veo hoy aquí, en estos jardines?
—Porque Eleanor es mejor que yo —dijo Rebecca, mientras una lágrima cristalina rodaba por su mejilla—. Ella tiene un corazón que, a pesar de ser de vampira, es el más bondadoso que existe. Ella usó su don de Cupido conmigo, pero no para hacerme amar a otro, sino para entender mi propio dolor. Sintió mi arrepentimiento, sintió el vacío que yo también había cargado.
>Le tomó tiempo. Meses de conversaciones, de reproches y de silencios. Pero al final, me perdonó. Me dijo que no podía cambiar el pasado, pero que no quería pasar otros cuatro siglos sin una madre.
Rebecca señaló a los niños que corrían cerca.
—Ella me trajo de vuelta al clan. Ella fue quien convenció a su padre de que yo debía estar aquí. Gracias a su bondad, hoy puedo ser la bisabuela que nunca pensé que sería. Eleanor me devolvió la familia que yo misma tiré por la borda, y ahora paso mis días asegurándome de que ella y sus hijos nunca sientan un segundo de la soledad que yo sentí.
Miro a sus bisnietos. La dulzura de la madre y la bondad de la hija habían creado un refugio de paz en medio de la tormenta de los Dracul.
—Es un milagro de cuatrocientos años —murmuro.
—Es el poder del amor, querida —respondió Rebecca—. Incluso para nosotros, es lo único que realmente nos hace inmortales.
Me quedó en silencio, observando cómo Rebecca acaricia el cabello de uno de sus bisnietos que se había acercado a pedirle un dulce de sangre. La escena era tan idílica que costaba recordar que estaban en el corazón de una de las estirpes más temidas de la historia.