Clan Dracul: La entrevista - Libro 4

Capítulo 13

Drácula se recostó en su sillón, dejando que el humo de la chimenea dibujara formas caprichosas en el aire. Sus ojos se entrecerraron, y por un momento, la frialdad del despacho se disipó para dar paso a un recuerdo vibrante, lleno de luces y música que no pertenecían al silencio de su castillo.

—Hace dos siglos, el mundo ya no era el mismo —comenzó el Conde—. La modernidad empezaba a asomarse, y mis hijas... mis hijas estaban más inquietas que nunca. Ellas fueron las arquitectas de mi perdición.

FLASHBACK: Transilvania, Siglo XIX

El aire de la ciudad estaba cargado de una excitación eléctrica. Carruajes y personas a pie se agolpaban frente a un teatro majestuoso. Drácula caminaba envuelto en un abrigo de seda negra, flanqueado por sus cuatro hijas, quienes lucían radiantes y decididas.

—Padre, deja de fruncir el ceño —dijo Eleanor con su dulzura habitual, tomándolo del brazo—. Es la voz más hermosa de Europa. Necesitabas salir del castillo.

—Es una pérdida de tiempo —gruñó Drácula, observando la marea humana frente al teatro—. Mira a toda esa gente. ¿Acaso esperas que me quede aquí parado, mezclado con la plebe? ¿Tenemos que hacer fila?

Bárbara, que caminaba con paso marcial y una sonrisa de suficiencia, soltó una carcajada. —Por favor, padre. Somos las Dracul. No hacemos fila. Tenemos acceso VIP; entraremos por la puerta principal antes que nadie.

—Mejor así —respondió él con altivez—. Drácula no hace fila por nadie.

Al entrar, el teatro brillaba con miles de velas y lámparas de gas. El silencio cayó como un telón cuando una figura solitaria emergió desde las sombras del escenario. Era ella: Belinda Moore.

Drácula se quedó petrificado en su asiento. No era una simple mujer; era una visión. Su piel parecía tallada en porcelana bajo las luces, y cuando abrió la boca para cantar, su voz no era humana; era un hilo de oro que se enredaba en el alma de los presentes.

—Es... —el Conde no terminó la frase. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra y a la guerra, estaban cautivados por una belleza que solo podía describir como la de una diosa.

Al finalizar el concierto, entre aplausos ensordecedores, sus hijas no le dieron opción. Lo arrastraron por los pasillos laterales hacia la zona privada.

—¡Vamos, papá! —exclamó Perrie, con sus ojos analíticos brillando de entusiasmo—. ¡Tenemos acceso para las fotos!

—¿Fotos? ¿Con una mortal? —intentó protestar, pero las cuatro mujeres más poderosas de su vida ya lo habían empujado al interior del camerino de la estrella.

Allí estaba ella, secándose el sudor de la frente con un pañuelo de seda. Al verlas, Belinda sonrió, una sonrisa que iluminó la habitación más que cualquier lámpara. Las chicas se abalanzaron con una emoción que Drácula rara vez veía en ellas.

—¡Eres increíble! —dijo Danielle con respeto—. Somos tus más grandes admiradoras.

—Muchas gracias, de verdad —respondió Belinda con una voz suave—. Me alegra que hayan disfrutado el espectáculo. ¿Cómo se llaman estas hermosas damas?

Una a una, las cuatro se presentaron con orgullo. Belinda las escuchaba con atención, hasta que sus ojos se posaron en la figura imponente que permanecía al fondo, en las sombras.

—¿Y él? —preguntó ella, curiosa.

Drácula dio un paso al frente, la luz bañó su rostro pálido y anguloso. La conexión fue instantánea. El aire en el camerino se volvió pesado, como si la realidad misma se tensara entre ellos dos.

—Soy Lucían Dracul —dijo él, con una voz que hizo vibrar las copas de cristal sobre la mesa.

Belinda arqueó una ceja, manteniendo la mirada. No bajó la vista, algo que casi nadie se atrevía a hacer. —¿Dracul? Solo conozco una familia con ese nombre en las leyendas de esta tierra... y dicen que son vampiros.

Perrie intervino con una sonrisa astuta: —Dinos, Belinda... ¿crees en ellos?

—Creo en lo que leo —respondió la cantante, sin rastro de miedo—. He leído mucho sobre ellos, pero nunca he visto uno.

Drácula dio un paso más, quedando a escasos centímetros de ella. El aroma a rosas de Belinda inundó sus sentidos. —Entonces —dijo él en un susurro—, hoy es tu noche de suerte. Estás conociendo a la familia de vampiros más antigua y poderosa que existe.

Belinda soltó una risa nerviosa, incrédula. Pero entonces, al unísono, las cuatro hermanas se miraron y dejaron que sus colmillos se extendieran, sus ojos cambiando a ese tono carmesí que marcaba su linaje.

—Somos la familia Dracul —sentenció Bárbara—. Los creadores del imperio.

El color abandonó el rostro de Belinda por un segundo, pero no retrocedió. Miró a las chicas y luego volvió a clavar sus ojos en Lucian, comprendiendo finalmente la magnitud de la presencia frente a ella.

—¿Entonces tú...? ¿Tú eres...? —balbuceó.

Drácula, con una elegancia que solo siglos de nobleza pueden otorgar, extendió su mano enguantada hacia ella y volvió a presentarse, esta vez sin máscaras:

—Mucho gusto, Belinda Moore. Soy Lucian Dracul... más conocido como el Conde Drácula.

De vuelta al presente



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En el texto hay: vampiros, entrevista

Editado: 29.05.2026

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