Guardo un momento de respetuoso silencio, midiendo la intensidad del momento, antes de formular la siguiente pregunta con una voz cargada de empatía.
—Katherine... una cosa es la guerrera implacable que arrasaba aldeas y desafiaba a Drácula, pero otra muy distinta es la niña que crecía en este castillo. ¿Cómo te sentías tú cuando te invadía la soledad? Cuando pasabas por esos castigos tan duros, o cuando simplemente necesitabas el abrazo de tu mamá y mirabas a tu alrededor encontrando solo paredes de piedra fría.
Al escuchar la pregunta, Katherine desvió la mirada rápidamente hacia la oscuridad del bosque a través del ventanal. Por primera vez en toda la entrevista, su postura altiva se tensó de una manera diferente; no por rabia, sino por un dolor antiguo y profundo que el tiempo no había logrado borrar. Sus dedos se aferraron con fuerza a la tela de su chaqueta rockera.
—Ese... siempre ha sido el tema que más me ha dolido —confesó, y su voz, usualmente firme y arrastrada, se volvió un hilo más agudo, denotando una vulnerabilidad que rara vez salía a la luz—. Siempre. Puedes gobernar imperios y desatar el caos, pero el vacío que deja una madre es un abismo que ninguna cantidad de sangre o poder puede llenar.
Hizo una pausa larga, tragando saliva. Sus ojos color miel brillaron con una humedad repentina y, a pesar de sus esfuerzos por contenerlo, un par de lágrimas silenciosas rodaron por sus mejillas, reflejando la luz de la luna. Se las limpió rápidamente con el dorso de la mano, con un gesto casi furioso.
—Cuando estaba sola en mi habitación, después de que mi padre me castigaba, me rompía. Me sentaba en el suelo, en la oscuridad, y lloraba por la injusticia de no tenerla, por la rabia de haber sido abandonada, por la maldita necesidad de escuchar su voz diciéndome que todo estaría bien. Era en esos momentos de absoluto aislamiento donde me salían las lágrimas, donde dejaba que el dolor me consumiera.
Katherine enderezó la espalda de golpe y clavó una mirada feroz y herida en mí, recuperando de inmediato su orgullo.
—Pero solo lo hacía cuando estaba completamente sola. Jamás, ni una sola vez, dejé que alguien me viera vulnerable. En el mundo de mi padre, la vulnerabilidad era una debilidad que se pagaba cara, y mi propio orgullo no me permitía mostrarme rota ante mis hermanas o ante él. Me tragaba el llanto, me limpiaba la cara y salía de mi alcoba con la cabeza en alto y la mirada más fría que pudiera fingir. Construí una armadura de crueldad y rebeldía para que nadie descubriera que, por dentro, solo era una hija extrañando desesperadamente a la madre que la dejó atrás.
Asimilo el peso de las lágrimas de Katherine, guardando un segundo de silencio respetuoso antes de lanzar la pregunta que desenterraría el giro más drástico en la historia de su linaje.
—Es una carga inmensa para una niña, Katherine... Pero todo ese dolor se cimentaba sobre una base que, siglos después, resultó ser una mentira. ¿Qué sentiste exactamente cuándo descubriste la verdad? Cuando supiste que tu madre, Belinda, no estaba muerta, sino que tu padre la había convertido en vampira justo al darte a luz, y que ella te abandonó inmediatamente después de nacer.
Katherine clavó los ojos en el suelo, y una sonrisa amarga, cargada de una ironía milenaria, se dibujó en sus labios. El brillo felino de sus ojos color miel se tornó gélido.
—Fue como si me clavaran una estaca hecha de pura traición —respondió Katherine, con una voz que recuperó su firmeza, aunque arrastrando un deje de dolor contenido—. Imagínate enterarte de que el fantasma al que le habías llorado en secreto toda tu vida no era un cadáver, sino un monstruo cobarde. Saber que prefirió huir y dejarme antes que mirarme a la cara... me destrozó y me enfureció a partes iguales. Toda la compasión que llegué a sentir por su supuesta "muerte" se transformó en un odio visceral. Sentí una rabia negra, destructiva. Entendí que mi soledad no había sido una jugada trágica del destino, sino una elección consciente de ella. Me tomó mucho tiempo, muchísimas noches de furia, procesar que la mujer que me dio la vida me consideró una carga de la cual deshacerse apenas abrí los ojos.
Asiento con solemnidad y, mirando hacia el fondo del pasillo donde el clan aguardaba, continua con suavidad.
—El tiempo acomoda las piezas de las formas más extrañas, especialmente para los de su estirpe. ¿Cómo te sientes ahora que la tienes de vuelta? Ahora que el tiempo ha pasado, que ella regresó, que está formalmente casada con tu padre y que es, finalmente, parte de la familia. ¿Cómo es verla interactuar con tus ocho hijos?
Katherine suspiró de manera prolongada, dejando ir parte de la tensión acumulada en sus hombros. Miró de reojo hacia donde Henry y sus hijos esperaban, y su expresión se suavizó por completo.
—Si me hubieras dicho hace docientos años que hoy compartiría el mismo techo con ella, te habría arrancado la cabeza —admitió Katherine, y una risa baja, ahora más madura, escapó de sus labios—. Pero la inmortalidad te obliga a evolucionar o a volverte loco. Verla ahora, casada con mi padre, ocupando el lugar que siempre le correspondió, es... extraño, pero sanador. El resentimiento no desaparece del todo, las cicatrices están ahí, pero he aprendido a perdonar. La madurez de ser madre me obligó a entender que los vampiros poderosos cometemos errores imperdonables cuando nos dejamos cegar por el miedo o el poder.
Una chispa de genuino orgullo y ternura brilló en sus ojos miel al hablar de la nueva faceta de Belinda.