Henry
Suspiro profundamente frente a la puerta de la casa de Nicolás. Extraño tanto a ese rubio. Recuerdo que fue el primero que conocí en un festival de música country hace más de una década. Desde ese día nos convertimos en hermanos de corazón. Nunca habíamos peleado, ni siquiera cuando se unió al clan Dracul por su amor a Bárbara. Pero pasó lo de la llegada de las Dracul, luego mi propia conversión y traición, y todo cambió. Yo cambié. Ahora me encuentro frente a su casa, un fugitivo de mi propia locura, sin saber qué decir.
Antes de tocar, lo pienso muy bien. Es posible que Bárbara Dracul abra la puerta, por lo que sé están recién casados. Espero que no me abra, después de Katherine ella es la que más miedo da. Su frialdad es una pared que no puedo atravesar.
Doy tres toques suaves a la puerta.
En cinco segundos se abre, pero no veo a nadie. Alguien se aclara la garganta. Bajo la mirada lentamente para ver a una pequeña niña, como de unos seis años, bastante rubia, con mejillas sonrojadas y ojos azules como el mar. Me mira seria, sin decir palabra alguna. Se nota que es hija de Bárbara y Nicolás.
—Hola, linda. ¿Eres la hija de Nicolás?
Pregunto lo obvio, sintiendo mi boca seca.
—Usted ha llegado a mi casa. Primero tiene que decirme quién es y es posible que le diga quién soy.
Se cruza de brazos con una madurez que me desarma. Tiene la personalidad de su madre, sin duda.
—Lo siento, pequeña, tienes razón.
Me disculpo con ella.
Soy Henry Socarras, amigo de tu papá desde hace muchos años. ¿Ya puedo saber tu nombre?
—Mía Ortiz Dracul.
Dice con orgullo sus dos apellidos, recalcando el poder de su linaje.
—Un gusto en conocerte, Mía.
Sigue mirándome con la misma seriedad cuando abrió la puerta. Esta niña me ha puesto nervioso.
—¿Se encuentran tus padres?
Pregunto, al no recibir otra palabra de ella.
Abre la boca para hablar, pero justo en ese momento una presencia fría y poderosa se posa tras ella. No sé si mirar a otro lado al ver cómo me mira Bárbara. Sus ojos azules son hielo puro.
—¿Qué haces aquí? No eres bienvenido en este hogar.
Su voz es baja y cortante, y se siente el odio hacia mí.
—Hola, Bárbara. He venido a hablar con ustedes. Espero y me puedan escuchar. Solo pido un minuto.
—Has hecho mucho daño, Henry. Nos has avergonzado y has puesto en peligro a mi hermana. ¿Por qué te escucharíamos?
—Solo escúchenme y lo sabrán. Pero me gustaría hacerlo por individual.
Se ha quedado pensativa, midiendo el riesgo.
—Te doy un minuto.
Se hace a un lado, tomando a su hija de la mano.
Entro, detallando un poco la casa. Es más grande de lo que se ve, es muy cálida.
—Nicolás, te necesito en la entrada.
Su voz retumba por todos lados, llamando a su esposo con autoridad.
—¿Qué pasa, Barbie?
Bastaron milisegundos para que llegara. Se tensa al verme. Es claro que no esperaba encontrarme aquí en su casa.
—¿A qué has venido?
Pregunta con dureza, el dolor en su voz es real.
—Necesito hablar contigo. Por la amistad que teníamos, no me digas que no.
Necesito recuperarlos como sea. Ellos son mi familia, mi verdadera familia, no el monstruo de Aranza.
—Bien, pasa a mi despacho.
Mira a Bárbara, buscando su permiso, aunque sé que él también está dispuesto a escucharme por nuestra historia.
—Dile a la empleada que nos lleve dos copas de vino de sangre O+
—Enseguida, amor.
Bárbara se fue junto a su hija.
—Tu hija es muy linda.
Trato de aligerar la tensión.
—Gracias. Salió hermosa a su mamá, al igual que mi otra hija que se llama Melissa, tiene dos años.
—Se te creció la familia.
Digo con una punzada de envidia y tristeza, pensando en mis propios hijos.
—Como siempre quise, espero tener más hijos.
Hablábamos mientras lo sigo a su despacho. El ambiente se vuelve formal, y sé que el momento de la verdad ha llegado.
*
- Ponte cómodo.
Nicolás me pasa el vino de sangre traído por la empleada que claramente es vampiro como todos nosotros. Me siento frente a él en un sillón cerca a unos instrumentos, ver eso me da tanta nostalgia, el grupo se acabó por mi culpa.
- Tienes cinco minutos para que me digas a que has venido porque ya dimos en conclusión que no te volveríamos ver por toda la eternidad.
Su mirada es sin expresión.
- Eres el primero con el que me quiero disculpar, estoy tan arrepentido de todo lo que dije e hice. No debí irme en contra de ustedes, les di la espalda.