Edward
Solo bastan cuatro años para que todo un mundo cambie por completo, para que la infancia se marchite y dé paso a una madurez teñida de escarlata. A mis doce años, ya no veo el mundo con los ojos de un niño; lo veo con la visión térmica y analítica de un depredador en formación.
He pasado mil cuatrocientas noches observando a mi madre, Katherine Dracul. La he visto regresar a la casa con la ropa impregnada de un olor metálico y dulce, el rastro de mortales que ha cazado con una furia y un rencor que parecen no tener fondo. A veces, cuando cree que Darcy y yo dormimos, la escucho destrozar el mobiliario de la biblioteca con su telequinesis, liberando una frustración que tiene un nombre y un apellido grabados en fuego, el nombre de mi padre.
Con respecto a eso, hay algo que quema en mi pecho más que la sed de sangre. Durante todos estos años, le hemos ocultado a mi madre una verdad peligrosa: Darcy y yo lo sabemos todo.
Sabemos de quién somos hijos. Sabemos que él no está en un "viaje diplomático". Gracias a que mis poderes mentales se han agudizado, he podido escarbar en los susurros de las tías y en los pensamientos descuidados de mi tío Luis. Sabemos de la traición, de un clan llamado Brasov y de la herida que desangra el honor de mi madre.
No decirle la verdad nos está matando literalmente. Siento cómo mi energía se drena cada vez que tengo que fingir demencia cuando ella menciona "la lealtad del clan". Pero es mejor dejar las cosas como están; el abuelo dice que la verdad es un arma que solo se debe desenvainar cuando estás listo para matar, y nosotros aún somos cachorros.
Después de la última gran discusión que tuvieron —aquella que mi madre cree que fue el fin de todo— no volvimos a saber de él. Se tomó muy en serio lo de alejarse. Se nota que "le importamos", pienso con un sarcasmo que me amarga la lengua.
Sin embargo, hay noches en las que siento una presencia. A veces, mientras practico mi esgrima en el jardín bajo la luna, noto un par de ojos observándome desde la espesura de los árboles, más allá de los límites de la propiedad. Es una esencia familiar, un rastro de pino y una tristeza tan densa que casi puedo saborearla. Darcy dice que son imaginaciones mías, que el trauma me está haciendo alucinar, pero yo sé que no es así.
- Edward, deja de mirar a la nada y concéntrate.
Me dice Darcy, apareciendo a mi lado con esa intensidad que tanto me recuerda a mi madre.
- Él estuvo aquí anoche, Darcy.
Le susurro, bajando mi espada de entrenamiento.
- Lo sentí cerca del muro del este.
Ella se tensa, y por un segundo, la máscara de indiferencia se le cae.
- Si mamá se entera de que merodea cerca, lo hará cenizas antes de que pueda pedir perdón.
Responde ella, apretando los puños.
- Es mejor que siga siendo un fantasma. Si de verdad nos quiere, que se quede en las sombras donde pertenece. Aquí solo hay espacio para los que no nos traicionaron.
Miro hacia el horizonte, hacia las luces de una Hunedoara que ignora que dos monstruos de doce años están decidiendo el destino de su linaje. Odio a mi padre por lo que le hizo a mamá, pero una parte de mi naturaleza semi-vampira se pregunta qué se siente tener un padre que te sostenga la mano sin que esta esté manchada con la sangre de su propia redención.
*
Caigo rendido al piso de piedra del parque, justo en los límites de nuestra propiedad en Hunedoara. El aire frío de Rumania entra en mis pulmones como cuchillas, pero apenas lo siento. Llevo tres horas seguidas practicando estocadas y movimientos de defensa; no podemos desperdiciar ni un solo día. Los años pasan tan rápido que, cuando queramos ver, ya será el momento de la transición a vampiros impuros. La disciplina es lo único que nos mantendrá vivos en este mundo que parece querer devorarnos.
Tomo aire, sintiendo el sudor frío en mi nuca, y me levanto para buscar la merienda: mi mamá nos preparó unas "colas de ratón" —un dulce tradicional bañado en un jarabe espeso y rojizo— para que recuperáramos energías después del entrenamiento. William y Pilar, mis primos, ríen a unos metros de nosotros, y Darcy está guardando sus dagas de madera. Todo parece extrañamente tranquilo.
Hasta que el aire cambia. Se vuelve denso, cargado de un olor a flores podridas y ozono.
Vemos a una mujer no muy alta, de un cabello rojo encendido como la sangre fresca, acercándose a nosotros con una elegancia depredadora. No viene sola; la escoltan dos hombres robustos, de hombros anchos y miradas vacías. Mis primos se tensan, y Darcy da un paso al frente, pero antes de que podamos reaccionar, el mundo se vuelve un caos de fuerza bruta.
Sin decir una sola palabra, uno de los hombres me atrapa. Siento sus dedos como tenazas de acero. Alza a mi hermana como si fuera una muñeca de trapo, poniéndola sobre sus hombros, mientras el otro me levanta a mí. Trato de zafarme, golpeando su espalda con mis puños, pero es como pegarle a una montaña de granito. Nos dirigen a rastras hacia una camioneta negra que ha aparecido de la nada entre los árboles. A lo lejos, escucho los gritos desesperados de William y Pilar pidiendo ayuda, pero sus voces se apagan cuando nos encierran en el vehículo.
- ¡SUÉLTENOS!