Clan Dracul: Lazos sangrientos - Libro 2

Capítulo 11

Henry

La habitación estalló en un caos de sombras y gruñidos. No hubo advertencia, solo el sonido de la carne chocando y el crujir de la madera podrida. Lalo y Luis se lanzaron como proyectiles contra los cuatro mercenarios, bloqueando cualquier intento de que estos se acercaran a las sillas donde los niños, aún vendados, gritaban de terror.

- ¡Fuera de mi camino!

Rugió Lalo, hundiendo su puño en el pecho de uno de los robustos vampiros, atravesando el esternón con un ruido seco.

Luis, con una agilidad letal, decapitó a otro con un movimiento circular de sus garras. Estaban cumpliendo su parte: mantener a los niños a salvo de la carnicería principal. Mientras tanto, yo solo tenía ojos para el monstruo de Aranza.

Aranza se movió con una velocidad antinatural, intentando clavarme una daga de plata que sacó de su bota, pero mi rabia era más rápida. La tomé de la muñeca y la estampé contra la pared, haciendo que todo el marco de la casa temblara.

- ¡Te di todo!

Gritó ella, sus ojos inyectados en sangre.

- ¡Te hice eterno y me pagas con esto!

- Tú no me diste nada que yo quisiera.

Siseé, apretando su garganta hasta que sus vértebras crujieron.

- Tú me arrebataste la luz, Aranza. Me convertiste en un cadáver caminante, pero hoy voy a asegurarme de que el tuyo no se levante nunca más.

Ella me pateó en el abdomen, lanzándome hacia atrás, y se lanzó sobre mí con una furia demente. Rodamos por el suelo lleno de escombros, desgarrándonos la piel, mordiendo y golpeando. El olor a nuestra propia sangre impregnaba el aire. Aranza intentó usar su poder de la privación, pero mi voluntad era superior; la detuve antes que lo hiciera, estampé mi mano en su rostro.

- ¡Henry, detente! ¡Podemos reinar juntos! —suplicó ella, con la cara bañada en sangre negra.

- Reinarás en el infierno.

Respondí.

La tomé por el cabello y la obligué a mirarme. Sus ojos, antes llenos de burla, ahora solo reflejaban un miedo primario. Con un movimiento seco y brutal, clavé mis manos en su pecho. Sentí su corazón frío y duro bajo mis dedos. Con un grito que desgarró mis cuerdas vocales, tiré hacia afuera.

El cuerpo de Aranza se sacudió violentamente por última vez antes de quedar inerte. El silencio que siguió fue sepulcral. La obsesión de décadas, la mujer que había destrozado mi familia, no era más que un cadáver vacío entre mis manos.

Me puse de pie, jadeando, cubierto de polvo y sangre. Lalo y Luis habían terminado con los mercenarios; los cuerpos de los guardaespaldas yacían esparcidos por la habitación como basura.

Miré a Edward y Darcy. Seguían amarrados, temblando, gritando por su madre. Me moría por correr hacia ellos, quitarles las vendas y decirles que su padre los había salvado. Pero recordé las palabras de Katherine. Recordé el odio en su mirada. Si ellos me veían ahora, si sabían que yo era su rescatador, la frágil paz de sus vidas se rompería. Katherine nunca me lo perdonaría, y ellos... ellos no estaban listos para ver al monstruo en el que me había convertido para salvarlos.

- Llévenselos.

Le dije a Luis, con la voz rota.

- Ahora.

- ¿Henry? ¿No vas a hablarles?

Preguntó Luis con tristeza.

- No. Llévenlos a casa. Que piensen que fueron ustedes. Que lleguen a los brazos de su madre sin saber que estuve aquí. Es mejor así.

Luis asintió solemnemente. Lalo desató a los niños con cuidado, manteniendo sus voces bajas para no ser reconocidos, mientras yo me ocultaba en la sombra más profunda de la habitación.

- ¡Tío Luis! ¡Sácanos de aquí!

Gritaba Darcy mientras la cargaban.

- Tranquilos, pequeños, ya pasó. Están a salvo.

Susurró Liam, cubriendo sus ojos para que no vieran los cadáveres.

Vi cómo salían de la casa. Vi a mis hijos alejarse, sanos y salvos, de vuelta a la luz, a la mansión, a Katherine. Me quedé solo en la casa en ruinas, con el cadáver de Aranza a mis pies.

Había salvado a mi familia, pero el precio era seguir siendo el fantasma que los cuida desde la oscuridad. Recogí una pequeña rama de pino que había caído en el suelo y la apreté en mi puño. Mi redención no tenía público, pero por primera vez en cuatro años, sentí que podía respirar.

* * * * * *

Katherine

El vacío en mi alma era una herida abierta, un abismo negro que amenazaba con devorar la casa entera. Despertar del desmayo fue como emerger de un océano de brea; el dolor en mis sienes era un eco lejano comparado con la agonía de no sentir el vínculo de mis hijos cerca. Estaba de pie en medio del salón destrozado, con la mirada perdida en la entrada, apretando los puños hasta que mis garras perforaron mis propias palmas. Mi padre, me observa en silencio, respetando la tormenta que habita en mí.

Entonces, el aire cambió. El aroma a ozono de una teletransportación y el olor familiar de Luis y Lalo inundaron el vestíbulo.



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En el texto hay: vampiros

Editado: 20.02.2026

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