Henry
Apenas cierro la puerta tras nosotros, la atmósfera cambia. El silencio es absoluto, roto solo por nuestra respiración pesada. La pegué contra la madera de la puerta, mis manos atrapando sus muñecas por encima de su cabeza. El olor de su perfume mezclado con el aroma de su sangre de vampiro es una droga que me está volviendo loco.
- Katherine.
Jadeo, pegando mi frente a la suya.
- Han sido cuatro años de agonía. He vivido como un vigilante de la noche, vigilando tu sombra, muriendo cada vez que te veía sufrir. Sé que cometí errores que marcarían una eternidad, pero no puedo seguir siendo el fantasma en tu vida.
Ella intenta apartar la cara, pero la inmovilizo con un movimiento brusco. No es una lucha de odio, es una danza de poder.
- No me pidas perdón otra vez, Henry.
Siseó ella, sus colmillos empezando a asomar.
- El perdón no se dice, se siente.
- Entonces no te pido perdón. Te pido tu vida. Te pido que seas mi reina, Katherine Dracul... Sé que suena absurdo después de todo, pero quiero que seas mía ante el mundo. Sé mi novia, sé mi compañera, sé la razón por la que este monstruo no se pierda en la oscuridad.
Ella se quedó inmóvil, sus ojos clavados en los míos. El desafío en su mirada se fundió con una vulnerabilidad feroz.
- Si dices que sí.
Continúo, bajando la voz a un tono gutural.
- No habrá marcha atrás. Te reclamaré con cada fibra de mi ser.
- Sí.
Susurra ella y el sonido fue como el gatillo de una bala.
Nos besamos. El beso que siguió no fue suave. Fue una colisión de dos fuerzas de la naturaleza que llevaban demasiado tiempo contenidas. Mis colmillos rozaron su labio inferior, sacando una gota de sangre que saboreé con un hambre desesperada. Ella soltó un gemido que era mitad protesta y mitad éxtasis, y sus manos se enredaron en mi cabello, tirando con una fuerza que me obligó a soltar un gruñido.
La cargo, envolviendo sus piernas alrededor de mi cintura, y la llevo hacia la habitación mientras nuestras ropas caen al suelo como jirones de una vida pasada. La telequinesis de ella hace que las luces se apaguen y las cortinas se cierren solas; el único resplandor era el de la luna filtrándose por las rendijas.
La arrojé sobre la cama y me lancé sobre ella con una agresividad animal. No hay espacio para la delicadeza. Somos depredadores reclamando su territorio. Sus uñas se clavan en mi espalda, abriendo surcos que sanan al instante mientras yo entierro mi rostro en su cuello, sintiendo la vibración de su risa ronca.
- Muérdeme.
Ordena ella, con una voz que era puro mando.
- Demuéstrame que eres capaz de tomar lo que es tuyo.
No necesité que me lo dijera dos veces. Mis colmillos perforaron su piel en un movimiento preciso y voraz. El sabor de su sangre inundó mi boca: era fuego líquido, una descarga de poder y recuerdos que me hizo estremecer. Ella responde clavando sus propios colmillos en mi hombro, un intercambio de esencia que sella nuestro pacto más allá de las palabras.
Nuestros cuerpos se entrelazan en una lucha de poder, donde cada movimiento es una conquista. El deseo vampírico es una tormenta de sentidos amplificados; cada roce quema, cada mordida es una promesa. Hicimos el amor con la furia de quienes han regresado de la muerte, con una intensidad que hace que las vigas del apartamento crujieran y el aire se volviera eléctrico.
En el clímax de nuestra unión, cuando nuestras almas parecieron fundirse en un solo grito de triunfo y agonía, supe que no había vuelta atrás. Ella es mi sangre y yo soy su sombra. Katherine se aferró a mí mientras el mundo exterior desaparecía, dejándonos solos en nuestro propio paraíso de sombras y piel.
Cuando finalmente nos detuvimos, jadeando y cubiertos por el sudor y la esencia del otro, ella se recostó en mi pecho. El silencio ya no era pesado; era una tregua bendita.
- Eres un idiota, Henry.
Susurra, trazando los restos de la mordida en mi hombro.
- Pero eres mi idiota.
Sonrío en la oscuridad, sabiendo que la cacería ha terminado, pero que nuestra verdadera batalla por el futuro apenas comienza.
* * * * * *
Katherine
El frío de la madrugada comenzó a colarse por las rendijas de los ventanales, pero el calor que emanaba del cuerpo de Henry, pegado al mío, era suficiente para mantener a raya cualquier invierno. Abrí los ojos lentamente, sintiendo el peso de la seda de las sábanas y el rastro de sus mordidas en mi cuello, marcas que ya estaban sanando pero que aún vibran bajo mi piel.
Me quedo inmóvil un momento, observando el techo del apartamento. Una parte de mí, la parte Dracul que nunca duerme, ya estaba calculando el siguiente movimiento. ¿Qué vendría ahora? Al salir de este refugio de sombras y deseo, la realidad me golpearía con la fuerza de una estaca. Mis hijos. Mi padre. El clan.
Estiro mi mano y acaricio su mejilla, obligándolo a salir de su letargo. Henry soltó un gruñido bajo y abrió los ojos, esos ojos esmeralda que ahora me miran con una devoción casi dolorosa.