Clan Dracul: Lazos sangrientos - Libro 2

Capítulo 15

Katherine

Cuatro años en el mundo de los humanos puede parecer un suspiro para un vampiro, pero para una madre que espera el regreso de sus hijos, han sido una eternidad de minutos contados. Hoy, el aire del aeropuerto de Sibiu no huele a combustible ni a prisa mortal; para mí, huele a reencuentro.

Estamos todos aquí. El clan Dracul ha invadido la terminal VIP. Mis hermanas, Nick, Gabriela y los primos están repartidos por la sala, pero yo no puedo dejar de mirar la pantalla de llegadas. El vuelo 902 procedente de Nueva York ha aterrizado.

- ¡Oh, por Drácula! ¡Oh, por Drácula! ¡Ya pasaron cuatro años y mis bebés llegan hoy!

Exclamé, apretando mis manos con tanta fuerza que mis uñas se enterraban en mis palmas.

- Ahhhh, qué emoción, ya los quiero ver. Estoy muy ansiosa... ¿Por qué no salen rápido?

Eleanor, siempre tan elegante y contenida, puso una mano firme sobre mi hombro, tratando de anclarme al suelo.

- Tranquila, hermanita, ya van a salir.

Me susurró con una sonrisa compasiva.

- Relájate, Katherine. Ya los verás. Respira antes de que provoques una tormenta eléctrica en medio del aeropuerto.

- Ay, Ele, trato de relajarme, de verdad que trato.

Respondí, moviendo el pie rítmicamente contra el suelo.

- Pero estoy muy ansiosa. Ya quiero abrazarlos nuevamente. Me imagino lo grandes que deben estar...

De pronto, las puertas automáticas se deslizaron. El flujo de pasajeros aumentó y mi visión de vampiro se agudizó, filtrando cada rostro hasta que, unos segundos después, una chica salió caminando con una gracia que cortaba la respiración. Llevaba un vestido blanco inmaculado con detalles de cerezas rojas, un contraste vibrante con su piel de porcelana.

Mis ojos se abrieron de par en par y el mundo se quedó en silencio. No podía ser... es Darcy. Ya no es mi niña pequeña; es una mujer joven de dieciséis años, con una belleza letal y una elegancia que Nueva York solo terminó de pulir. Mis ojos empezaron a humedecerse y, por primera vez en años, las lágrimas rodaron sin control. Ella me vio entre la multitud, su rostro se iluminó con una sonrisa deslumbrante y empezó a correr hacia mí.

- ¡Mami!

Gritó, lanzándose a mis brazos. El impacto casi me hace retroceder.

- No sabes cuánto te extrañé.

- ¡Mi princesa!

La estreché contra mí, aspirando su aroma, mezclado ahora con un perfume sofisticado.

- También te extrañé tanto, mi vida.

Nos separamos un poco para mirarnos, ambas llorando de felicidad. Ella me limpió una lágrima con su dedo, asombrada de verme así de vulnerable.

- Mírate, estás tan hermosa, mi amor.

Le dije, admirando su porte.

- Pero... ¿y tu hermano? ¿Dónde está? Quiero verlo, necesito abrazarlo ya.

- Ah, ya viene.

Respondió Darcy con una risita, saludando a sus tíos que se acercaban.

- Se quedó un momento en el baño, ya sabes cómo es de vanidoso con su cabello ahora.

Asentí, dejando que el resto de la familia la rodeara entre besos y exclamaciones. Me di la vuelta, escaneando la salida con desesperación, cuando sentí un toque firme y cálido en mi hombro. Al girarme, el aliento se me escapó de los pulmones. Edward estaba frente a mí.

- Ahhhhh... no lo puedo creer... ¡Ed, eres tú!

Exclamé con un grito ahogado.

Era altísimo, con los hombros anchos y esa mirada intensa y profunda que heredó de su padre. No esperé ni un segundo y lo abracé con una fuerza sobrenatural.

- Mamá... me... asfixias.

Logró decir entrecortado, soltando una risa ronca que me sorprendió por lo grave que era.

- ¡Oh, lo siento, mi amor!

Lo solté un poco, pero mantuve mis manos en sus brazos, como si temiera que fuera un espejismo.

- Tranquila, mamá.

Me sonrió, y vi en su gesto esa mezcla de nobleza y astucia que siempre lo caracterizó.

- Mírate... estás muy guapo. Estás tan grande...

Sonreí, recorriendo su rostro con la mirada.

- Estás hermoso, hijo. Eres todo un hombre.

- Y ni se diga de ti.

Respondió él, mirándome de arriba abajo con una ceja arqueada.

- Estás más hermosa que nunca. De verdad, mamá, estás muy sexy con ese conjunto de cuero y seda. Si no fueras mi madre, te pediría que fueras mi novia.

- ¡Ay, Ed!

Sentí que mis mejillas se calentaban.

- Me haces sonrojar, hijo. Qué cosas dices.

Solté una risita nerviosa, acomodándome el abrigo. Edward rió, disfrutando de haberme dejado sin palabras por un momento.

- Ven, mejor vamos con los demás, que te mueren por ver. Pilar está que se sale de la piel de la ansiedad por abrazarte.



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En el texto hay: vampiros

Editado: 20.02.2026

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