Clase aparte

Capítulo 18

La luz del sol se filtraba con timidez por los enormes ventanales, dibujando rectángulos dorados sobre las sábanas de hilo. Lian abrió los ojos lentamente, sintiéndose desorientado por un segundo hasta que el aroma a limpio y madera vieja lo ubicó. Entonces, lo vio.

Adrián ya estaba despierto, apoyado sobre un codo, observándolo con una intensidad que le cortó la respiración. Sus ojos grises no eran los de siempre; no había en ellos ni rastro de la frialdad corporativa o el dolor de la noche anterior. Eran ojos transparentes, cargados de una gratitud abrumadora. Lian sintió que las mejillas le ardían, pero no pudo evitar devolverle la sonrisa, una sonrisa pequeña y cargada de timidez que hizo que el rostro de Adrián se iluminara como nunca.

—Buenos días —susurró Adrián, con la voz aún ronca por el sueño.

Lian se desperezó, sintiendo la suavidad de las sábanas contra su piel. —¿Qué tal has dormido? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta al ver la relajación en los hombros del otro.

—Bien —respondió Adrián, manteniendo la mirada fija en él, sin apartarla ni un milímetro—. La mejor noche en años. Gracias a ti.

El ambiente estaba cargado, una electricidad silenciosa que los rodeaba como una manta pesada. Lian sintió que su corazón golpeaba contra sus costillas con una urgencia que no podía controlar, y por la forma en que el pecho de Adrián subía y bajaba con rapidez, supo que él estaba exactamente igual. Eran dos corazones a punto de estallar, contenidos tras un muro de prudencia que ninguno de los dos quería, pero aún no se atrevía a derribar.

—Tengo hambre —dijo Lian finalmente, rompiendo el hechizo con un tono de voz inusualmente suave.

—Te prepararé el mejor desayuno que hayas probado nunca —respondió Adrián, incorporándose.

Minutos después, la cocina de diseño se llenó de un sonido rítmico y del aroma a vainilla y café recién molido. Adrián se movía con una destreza impropia de alguien que solía vivir rodeado de personal de servicio. Preparó una torre de pancakes perfectamente dorados, coronados con un toque de sirope y frutos rojos que parecían sacados de una revista de alta cocina. El café que sirvió, un blend oscuro y denso que olía a gloria, nada tenía que ver con las máquinas industriales del McDonald's.

Se sentaron uno frente al otro en la isla de la cocina. Lian tomó un bocado del pancake y cerró los ojos, soltando un suspiro de placer.

—Esto es... ilegalmente bueno —admitió, riendo bajito.

Adrián lo observaba comer, sin apenas tocar su propio plato. Su mirada bajaba a los labios de Lian y luego subía a sus ojos, recorriendo cada gesto con una adoración que decía mucho más que cualquier declaración de amor. Lian, a su vez, no podía dejar de mirar cómo el sol resaltaba la línea de la mandíbula de Adrián y el brillo de sus pupilas.

No hubo besos. No hubo abrazos. Solo el tintineo de los cubiertos contra la porcelana y un silencio compartido que gritaba lo que sus bocas callaban. Cada vez que sus manos se acercaban para alcanzar el azúcar o las servilletas, el aire parecía vibrar. Estaban ahí, en una burbuja perfecta en el corazón de Madrid, sabiendo que fuera de esas paredes la vida los reclamaba con sus problemas y sus sombras, pero disfrutando de un instante en el que, por fin, no eran más que dos chicos desayunando, con el alma expuesta y los ojos diciéndose, sin filtros, que habían encontrado exactamente lo que no sabían que estaban buscando.




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