Clase aparte

Capítulo 19

El trayecto de vuelta fue, para Lian, un borrón de sensaciones contradictorias. Aceptó que Adrián lo llevara al trabajo, aunque su parte racional le gritaba que aparecer en ese coche deportivo, siendo quien era, solo iba a alimentar las especulaciones de cualquiera que lo viera. Pero, al mismo tiempo, el simple hecho de compartir ese espacio privado, el silencio cómodo y la cercanía física, lo hacía sentir como si estuviera flotando sobre el asfalto madrileño.

Cuando el coche se detuvo finalmente a unos metros de la entrada del McDonald's —para evitar llamar demasiado la atención, aunque el rugido del motor ya era suficiente publicidad—, el tiempo pareció ralentizarse. Lian puso la mano sobre el tirador de la puerta, sintiendo un vacío repentino al pensar en tener que bajar y volver a ponerse la gorra de uniforme, volviendo a ser "solo el cajero".

—Espera —dijo Adrián de repente, su voz rompiendo el murmullo de la ciudad que entraba por la ventanilla.

Lian se giró, con el corazón acelerado. Adrián se inclinó hacia él. Sus rostros quedaron tan cerca que Lian pudo distinguir las motas más claras en sus ojos grises. Con una parsimonia que cortaba la respiración, Adrián levantó la mano y, con la yema de sus dedos, comenzó a apartar y acomodar los mechones de pelo de Lian que habían quedado desordenados tras la noche en vela. El contacto era eléctrico, un roce suave que recorrió todo el cuero cabelludo de Lian y lo dejó paralizado.

—Así está mejor —murmuró Adrián, con una voz que era casi una caricia.

Lian sintió cómo el calor le subía por el cuello hasta las orejas, tiñéndolo de un rojo intenso. Sin decir nada —porque cualquier palabra hubiera roto el hechizo—, asintió brevemente, abrió la puerta y salió del coche, huyendo casi atropelladamente hacia la entrada del local.

El resto del día pasó como un sueño febril. Lian se movía tras el mostrador de forma automática, pero su mente estaba atrapada en el habitáculo del BMW. Cada vez que el gerente le gritaba o un cliente se quejaba por una hamburguesa fría, Lian ni siquiera se inmutaba. Tenía una sonrisa grabada en el rostro que no podía borrar, una sensación de calidez bajo la piel que parecía una burbuja protectora contra el resto del mundo.

Se encontraba a sí mismo tocándose el pelo, justo donde los dedos de Adrián habían estado, como si pudiera retener la huella de aquel toque. Los compañeros del McDonald’s le preguntaban qué le pasaba, si es que le había tocado la lotería o si por fin se había quitado de encima a sus amigos del piso, pero Lian solo respondía con un encogimiento de hombros y una mirada ausente.

¿Qué está pasando?, se preguntaba mientras limpiaba las mesas en el último turno. ¿Cómo ha podido cambiar todo en tan pocos días?.

Sentía que ya no era el mismo chico que vivía entre discusiones con Rubén y Pablo. Aquel gesto —ese simple acomodar el cabello— había sido más íntimo que cualquier palabra. Se preguntaba si Adrián estaría en su oficina, trabajando en sus planes de expansión, o si, como él, estaría mirando al vacío recordando el desayuno, los pancakes y el silencio entre los dos. Por primera vez en su vida, el trabajo en el McDonald's no le parecía una pérdida de tiempo, sino un puente. Un puente que, tarde o temprano, lo conduciría de nuevo a esos ojos grises. Se miró en el reflejo de la vitrina, ajustándose la gorra, y por un segundo, no vio al joven de Badajoz que se sentía ignorado por el mundo; vio a alguien que, por fin, había sido visto por la única persona que realmente le importaba.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.