Clase aparte

Capítulo 20

Al cruzar el umbral del apartamento, Lian contuvo el aliento, esperando escuchar los gritos de Rubén o la risa estridente de Clara. Pero, para su sorpresa y alivio, solo encontró el sonido del televisor emitiendo una serie de intriga a bajo volumen. Pablo estaba hundido en el sofá, con una bolsa de ganchitos a medio terminar sobre el regazo.

Lian soltó un suspiro largo, dejando caer la mochila con pesadez al suelo. El silencio de la casa, habitualmente opresivo, se sentía esta vez como un refugio.

—Ey, por fin apareces —dijo Pablo sin quitar la vista de la pantalla, aunque con un tono curioso—. Ayer ni rastro de ti. Rubén ha estado preguntando un par de veces, supongo que para seguir con la tontería de siempre, pero le he dicho que te dejara en paz. ¿Qué tal el día? ¿Y dónde te metiste toda la noche?

Lian se acercó a la cocina para servirse un vaso de agua, sintiendo cómo el frío del cristal calmaba sus manos. Tenía la imagen de Adrián tan grabada en el cerebro que le costaba encontrar una respuesta que no sonara a confesión.

—He estado... fuera —respondió Lian, tratando de mantener la voz estable—. Lo he pasado bien, la verdad. He estado con una amiga.

Al decir la palabra "amiga", sintió un pequeño pinchazo en el pecho, una mentira por omisión que le pesaba. Aún no tenía el valor para contarles que no era una chica, ni para abrir la puerta de su sexualidad en ese salón donde tantas veces se había sentido juzgado.

Pablo dejó de masticar y, por primera vez, giró la cabeza hacia él. Una sonrisa sincera, de esas que no tenían nada de burla, se dibujó en su rostro.

—Pues me alegro, tío —dijo Pablo con sencillez, encogiéndose de hombros—. Ya era hora de que salieras de este bucle de trabajar y encerrarte aquí. Me parece genial.

Lian se quedó bloqueado por un segundo ante la reacción de Pablo. Esperaba un interrogatorio, algún comentario sarcástico al estilo de Rubén, o que intentara sacarle información sobre quién era esa misteriosa persona. Pero Pablo volvió a centrarse en la televisión, quitándole importancia al asunto, como si estuviera genuinamente contento por él.

—Ya ves... —se limitó a decir Lian, recostándose contra la encimera.

Se quedó allí, observando a su compañero mientras la luz azul de la serie le iluminaba la cara. El alivio le recorría el cuerpo. No tener que dar explicaciones, no tener que defenderse de las críticas ni de las miradas de desprecio, era un respiro.

Se despidió con un gesto y se dirigió a su habitación, cerrando la puerta tras de sí con el pestillo. Una vez en la penumbra, se descalzó y se dejó caer en la cama. El contraste entre la vida allí dentro y lo que había vivido en el ático era abismal, como si fueran dos realidades paralelas. Por primera vez, el apartamento no le parecía una cárcel, sino simplemente un lugar de paso. Cerró los ojos, dejando que el agotamiento ganara la partida, con el recuerdo del gesto de Adrián en el coche como el único pensamiento necesario para conciliar el sueño. No importaba lo que Rubén dijera mañana; él guardaba su propio mundo bajo llave, y por ahora, eso era más que suficiente.




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