La cena en el apartamento transcurría con una calma inusual. Pablo pinchaba sus guisantes con parsimonia y Lian intentaba concentrarse en su plato, agradeciendo el silencio que raramente encontraban en aquel piso. Sin embargo, la paz se hizo añicos en un segundo.
La puerta de entrada se abrió de un golpe tan violento que el marco pareció vibrar. Rubén apareció en el comedor con el pelo revuelto, el rostro desencajado y una mirada cargada de una furia que no parecía propia de él. Pablo soltó el tenedor, con los ojos muy abiertos, y se atrevió a intervenir:
—E-e-e... ¿qué pasa, Rubén? ¿Estás bien?
Rubén se detuvo en seco, clavando los ojos en Pablo con un desprecio absoluto. —¿Qué coño te importa, gilipollas? ¡Déjame en paz! —bramó, con la voz quebrada por la ira—. ¡Ojalá se mueran todas las mujeres del mundo, son todas iguales!
Sin decir nada más, dio media vuelta y se encerró en su habitación, dejando un portazo que hizo retumbar los cuadros de las paredes. Pablo y Lian se quedaron petrificados en la mesa. El silencio que siguió fue tenso y pesado.
—Seguro que Clara le ha dejado —susurró Pablo finalmente, volviendo a mirar su plato con una mezcla de incomodidad y lástima.
—Ya... —respondió Lian, sintiendo un escalofrío.
Lian terminó de cenar con la mente en otro lugar. Tras cepillarse los dientes con rapidez para evitar cualquier contacto innecesario en el pasillo, se retiró a su cuarto. Se tumbó en la cama, buscando refugio en la pantalla de su móvil mientras hacía scroll infinito en TikTok, pero el sonido que empezó a filtrarse a través de la pared le hizo soltar el teléfono.
Eran sollozos. Rubén no estaba solo gritando; estaba llorando con una desesperación que Lian nunca le había conocido. Se escuchaba su voz al otro lado de la pared, claramente en una llamada telefónica, con el tono roto y suplicante:
—¿Qué he hecho mal? —se escuchaba decir a Rubén entre hipidos—. Le he dado todo... ¿Cómo has podido engañarme así? ¿Qué he hecho para merecer esto?
Lian se quedó inmóvil, mirando hacia la pared. Una punzada de culpabilidad le golpeó el pecho; a nadie le deseaba ese dolor, ni siquiera a alguien que le había hecho la vida imposible. Pero, al mismo tiempo, el recuerdo de las burlas de Rubén, sus humillaciones constantes y esa actitud de superioridad le venían a la cabeza. Por un lado, te lo has buscado, pensaba Lian con amargura, por todo lo que me has hecho pasar.
Sin embargo, al cerrar los ojos, la imagen de Adrián apareció en su mente. Pensó en la fragilidad que Adrián le había mostrado y en la profunda conexión que estaban empezando a construir. Una certeza absoluta se instaló en su interior: Si alguna vez llegara a estar con Adrián, si tuviera la suerte de tener algo tan valioso como lo que él me ofrece, nunca le haría daño. Nunca le engañaría.
Se giró hacia la pared, escuchando cómo el llanto de Rubén se transformaba en un quejido sordo. Lian se cubrió con las mantas, sintiendo que, a pesar de compartir piso, vivía en un universo totalmente distinto al de los demás. Su lealtad —y su corazón— ya no estaban allí, sino en un ático del centro de Madrid, lejos de la toxicidad y el dolor de aquella habitación contigua.