El sábado amaneció con un sol brillante y un aire que pedía playa. Pablo, intentando sacar a Rubén del pozo de autocompasión en el que se había hundido tras la ruptura, organizó una escapada a una cala escondida, un rincón de difícil acceso que casi nadie en Madrid conocía.
El viaje fue una mezcla extraña de silencios y esfuerzos forzados por sonar alegres. Al llegar, la cala resultó ser un paraíso: aguas cristalinas, acantilados de piedra clara y apenas un puñado de personas. Mientras Pablo y su novia corrieron al agua entre risas, Rubén se quedó sentado en la arena, con la mirada perdida en la línea donde el mar se fundía con el cielo. Lian, sintiendo una extraña compasión, decidió acercarse.
—El agua está helada, pero dicen que te quita todas las penas —comentó Lian, sentándose a una distancia prudente.
Rubén soltó un bufido, pero no se mostró hostil. —No creo que haya agua en el mundo suficiente para quitar esto, Lian. Pero gracias por venir —respondió, sorprendiendo a Lian con un tono de voz genuinamente cansado.
Después de charlar brevemente sobre lo mal que había gestionado el trabajo últimamente, ambos decidieron finalmente refrescarse. Mientras Lian se quitaba la camiseta, sintió un vacío en el pecho. Su mente se desvió inevitablemente hacia el ático del centro. Se imaginó a Adrián caminando por esa misma arena, preguntándose cómo se vería con el torso desnudo. Sin duda, sus músculos estarían definidos, con esa elegancia natural que lo caracterizaba; se veía perfecto en su mente, bajo ese sol, caminando hacia él. La idea le provocó un calor que poco tenía que ver con la temperatura ambiente.
Tras pasar unas horas entre el agua y las rocas, el hambre apretó y abrieron las mochilas con bocadillos. Poco después, Pablo, su novia y un Rubén algo más animado decidieron subir hasta un chiringuito cercano para comprar helados, dejando a Lian solo en la toalla.
Fue entonces cuando la tentación se volvió irresistible. Lian sacó el teléfono de la mochila y abrió el chat con Adrián.
«Hola...», escribió, pero lo borró enseguida. «¿Cómo estás?», volvió a teclear, pensando en si le habría vuelto a pasar algo con su padre. Lo borró de nuevo.
Sus dedos temblaban ligeramente, cargados de una nostalgia que le quemaba por dentro después de haber estado juntos hace tan poco tiempo. Finalmente, se decidió por la honestidad más absoluta:
"Ojalá estuvieras aquí conmigo. Te echo de menos."
Presionó enviar y dejó el teléfono sobre la toalla, con el corazón latiéndole con fuerza, esperando una vibración que confirmara que Adrián había leído sus palabras. Sin embargo, los minutos pasaron y el móvil permaneció en silencio, con la pantalla negra bajo el sol de mediodía. Lian no podía saber que, en aquel momento, el dispositivo de Adrián yacía en un cajón bajo llave en la oficina de su padre, confiscado como castigo, y que su mensaje se quedaría flotando en el vacío digital, esperando a un dueño que, en ese instante, no tenía forma alguna de alcanzarlo.
Lian se recostó, cerrando los ojos y sintiendo la brisa del mar, ignorando que el silencio de Adrián no era indiferencia, sino una barrera mucho más oscura y autoritaria de lo que él jamás habría imaginado. Se quedó allí, esperando una respuesta que no llegaría en mucho tiempo, mientras el sol de la tarde comenzaba a bajar sobre la cala solitaria.