Clase aparte

Capítulo 23

El sol de la tarde comenzó a teñirse de un naranja más intenso, anunciando que la jornada en la cala llegaba a su fin. Lian seguía estirado sobre la arena, con el teléfono guardado en el fondo de la mochila, pero con la mente fija en la pantalla negra. La ausencia de respuesta empezaba a picarle como una espina; no era solo la falta de comunicación, sino la inquietud de saber que, para alguien tan puntual y atento como Adrián, no contestar durante tantas horas era casi un pecado.

Sus amigos regresaron poco después, riendo por alguna tontería del chiringuito. Rubén, aunque seguía marcado por la tristeza, se veía más relajado tras el baño y el azúcar del helado.

—¡Venga, que si no queremos pillar atasco de vuelta a Madrid, mejor empezamos a recoger! —exclamó Pablo, sacudiéndose la arena de las piernas.

Lian ayudó a recoger las toallas y los restos de comida, pero sus movimientos eran lentos, como si una parte de él se hubiera quedado atrás, esperando una señal que no llegaba. Durante el trayecto de vuelta, mientras los demás cantaban canciones de la radio y bromeaban, Lian se quedó mirando por la ventanilla. El paisaje de la sierra se transformaba en el asfalto gris de la periferia de la capital, y cada kilómetro que lo acercaba a casa era un kilómetro que lo alejaba de la esperanza de recibir una notificación.

Al llegar al piso, el ambiente era pesado, cargado del calor acumulado durante el día. Lian se encerró en su cuarto casi de inmediato, diciendo que estaba agotado. Necesitaba estar solo. Se tumbó en la cama, con el móvil en la mano, y revisó el mensaje una vez más. "Ojalá estuvieras aquí conmigo. Te echo de menos."

La frase se le antojaba ahora demasiado directa, casi vulnerable. ¿Y si ha pensado que soy demasiado intenso? ¿Y si se ha arrepentido de todo?, se preguntaba, recorriendo las dudas de siempre.

Se levantó para ir a por un vaso de agua y, al pasar por el espejo del pasillo, se detuvo. Tenía el pelo algo más claro por el sol y la piel ligeramente bronceada, pero sus ojos denotaban una preocupación que no lograba disimular. Se llevó una mano a la mejilla, donde Adrián le había dado aquel beso la tarde anterior. Ese recuerdo seguía siendo su ancla. En medio de toda la incertidumbre y el silencio de Adrián, la sensación de aquel contacto —la calidez de su piel, el roce breve de sus labios— seguía viva, quemándole suavemente como una promesa.

Él no me ignoraría por voluntad propia, se dijo a sí mismo, intentando convencerse. Adrián no es de los que dejan a la gente colgada sin razón.

Se quedó mirando el móvil, esperando que, de repente, la pantalla se iluminara. Acarició la superficie de cristal con el pulgar, deseando que ese pequeño aparato pudiera traerle un poco de paz. En ese momento, Lian no necesitaba palabras grandilocuentes ni grandes gestos; solo necesitaba saber que, en el otro lado de la ciudad, los ojos grises de Adrián seguían buscándolo tanto como él buscaba los suyos.

Se tumbó de nuevo, abrazando la almohada, y dejó que la noche cayera sobre Madrid. No sabía que su mensaje seguía esperando, invisible, en una bandeja de entrada inaccesible, pero en su corazón, guardaba la firme determinación de que, pasara lo que pasara mañana, no se quedaría de brazos cruzados. Se durmió soñando con el aroma amaderado del pijama de Adrián y con la convicción de que, aunque el mundo entero quisiera separarlos, ellos ya habían cruzado una línea que no tenía vuelta atrás.




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