Dante no me llevó a un café acogedor. Me llevó a "El Garaje", un local de hamburguesas grasientas y música rock a todo volumen que estaba en las afueras del campus, justo el tipo de lugar que yo evitaba para no manchar mis blusas de seda.
—Silva, esto es antihigiénico —dije, mirando con desconfianza el taburete de cuero roto.
—Esto es auténtico, Méndez. Relaja el cuello antes de que te dé un espasmo.
Se sentó y, antes de que pudiera protestar, me atrajo hacia el asiento contiguo. Esta vez no hubo contacto de muñecas; pasó su brazo por encima del respaldo de mi silla, rodeando mis hombros sin tocarme del todo, pero lo suficiente para que cualquier persona en el local pensara que estábamos juntos.
—Mira a tu izquierda —susurró cerca de mi oído.
Lo hice. En la mesa del fondo estaba el equipo de debate. Mis compañeros. Los mismos que me miraban como si fuera una estatua de hielo. Al vernos, tres de ellos dejaron de hablar y se quedaron con la boca abierta.
—¿Ves? —Dante sonrió, y juro que sentí el calor de su aliento en mi mejilla—. Mañana, todo el mundo sabrá que la Reina de Hielo ha bajado al infierno para estar con el demonio. Es la narrativa perfecta.
El camarero llegó y Dante pidió por los dos: dos hamburguesas dobles y una porción de patatas fritas que probablemente tenían más calorías que toda mi dieta semanal.
—No voy a comer eso con las manos —sentencié.
—Oh, sí vas a hacerlo. Porque si pides un tenedor, la mentira se acaba. Los novios de Dante Silva no comen hamburguesas con cubiertos, Valeria.
Me quedé mirándolo, lista para soltar un discurso sobre los modales, pero me detuve al ver un libro que asomaba por el bolsillo de su chaqueta. No era un cómic, ni una revista de motos. Era un ejemplar desgastado de Meditaciones de Marco Aurelio.
—¿Lees filosofía estoica? —pregunté, sorprendida.
Dante se tensó un poco, como si lo hubiera atrapado cometiendo un crimen. Empujó el libro más al fondo de su bolsillo y recuperó su máscara de indiferencia.
—Lo uso para equilibrar las mesas cojas —mintió, pero no le creí.
—"La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos" —recité en voz baja—. No parece la lectura de alguien que solo quiere ver el mundo arder, Silva.
Él me miró fijamente. Por un segundo, el ruido del local desapareció. Sus ojos buscaron algo en los míos, una grieta, un punto de encuentro.
—A veces, para que algo nuevo crezca, el mundo tiene que arder, Méndez —respondió con una seriedad que me erizó la piel.
De repente, una voz chillona rompió el momento.
—¡Dante! ¡No me dijiste que vendrías hoy!
Una chica con el pelo teñido de azul y demasiados piercings se acercó y, sin previo aviso, se sentó en el regazo de Dante. Sentí una punzada extraña en el pecho. No eran celos —no podían ser celos—, era... irritación por la falta de respeto al espacio personal.
Dante no la apartó de inmediato, pero sus ojos se clavaron en los míos, desafiándome. Recordé el contrato. Regla III: Protección de la imagen pública.
Era mi turno de jugar.
Me incliné hacia delante, tomé una de las patatas fritas llenas de grasa y, con una sonrisa que esperaba que pareciera enamorada y no asesina, miré a la chica.
—Hola. Soy Valeria, la novia de Dante —dije, enfatizando la palabra—. Y creo que estás sentada sobre su pierna lesionada. ¿Verdad, cariño?
Dante soltó una carcajada ronca, y antes de que pudiera reaccionar, me tomó por la nuca y me acercó a él.
—Es verdad, Rox. Y Valeria es muy... territorial —Dante me miró con una chispa de triunfo—. Te dije que te ensuciarías las manos, preciosa.
La chica se levantó ofendida y se fue. Dante no me soltó. Sus dedos se hundieron suavemente en mi cabello y, por un segundo, olvidé dónde estábamos.
—Buen trabajo, Méndez —susurró— Pero para la próxima, intenta que no parezca que quieres estrangular a la competencia.
—Solo seguía el contrato —logré decir, aunque mi respiración era errática.
—Claro. El contrato.
Dante soltó mi nuca, pero su mano bajó hasta mi cintura y se quedó allí durante toda la comida. Y lo peor de todo no fue la grasa de la hamburguesa, ni la música alta, ni las miradas de mis compañeros.
Lo peor fue que, por primera vez en mi vida, no quería que se cumpliera la regla de los treinta centímetros.