Si mi padre viera el edificio donde vive Dante Silva, probablemente llamaría al departamento de salud pública.
No era una zona peligrosa, pero tenía ese aire de abandono artístico que tanto me ponía de los nervios. Las paredes del pasillo olían a pintura fresca y a humedad, y el ascensor hacía un ruido metálico que me obligó a subir las escaleras por miedo a morir antes de cumplir mi parte del trato.
—Bienvenida a la guarida, Méndez —dijo Dante, abriendo la puerta con una patada suave mientras sostenía una bolsa con café para llevar.
Me detuve en el umbral, apretando mi bolso contra mi costado.
—¿Vives en una biblioteca o en un taller mecánico? —pregunté, parpadeando para procesar lo que veía.
El apartamento era un desorden fascinante. No había muebles de diseño, solo estanterías hechas con cajas de madera rebosantes de libros —de verdad, muchísimos libros— y una mesa enorme llena de piezas de metal, herramientas y bocetos. No era basura; era... trabajo.
—Es un estudio. Aquí es donde paso el tiempo cuando no estoy fingiendo que me importa lo que dicen los profesores —respondió él, tirando sus llaves sobre una pila de revistas.
Me acerqué a la mesa de trabajo. Había una escultura a medio terminar hecha de engranajes y piezas de reloj. Era hermosa, intrincada y extrañamente triste.
—¿Tú hiciste esto? —pregunté, estirando la mano para tocarla.
—Regla número cinco del contrato, Valeria: no toques mis cosas sin permiso.
Dante apareció detrás de mí, quitándome la mano con suavidad pero con firmeza. Su cercanía en un espacio tan pequeño se sentía diez veces más intensa que en la cafetería. Aquí no había público. No había nadie ante quien fingir.
—Lo siento —susurré, sintiéndome extrañamente pequeña—. Solo... no sabía que eras artista.
—No lo soy. Solo me gusta entender cómo encajan las piezas de las cosas que están rotas —dijo él, y su voz sonó diferente, más honesta—. Siéntate. Tenemos que construir nuestra "historia de amor" antes de que tu padre me someta a un detector de mentiras.
Me senté en el único sofá disponible, que estaba cubierto por una manta de lana gris. Dante se sentó en el suelo, frente a mí, apoyando la espalda contra la estantería.
—Bien —dije, sacando mi libreta de notas—. Datos básicos. ¿Cuándo es tu cumpleaños?
—14 de noviembre. Escorpio. El signo de los vengativos, según dicen.
—Anotado. ¿Comida favorita?
—Cualquier cosa que no tenga que cocinar yo. Pero si quieres ganar puntos con mi madre si alguna vez la conoces, di que odio las aceitunas. Es un rasgo hereditario.
Pasamos la siguiente hora intercambiando información como si estuviéramos estudiando para un examen final. Aprendí que odia el color amarillo, que prefiere la lluvia al sol y que tiene una cicatriz en el hombro de cuando intentó arreglar un motor a los diez años.
—Tu turno, Méndez —dijo él, cerrando la distancia entre nosotros al inclinarse hacia delante—. ¿Por qué te asusta tanto fallar? Y no me des la respuesta diplomática. Dime la verdad.
—No me asusta fallar —mentí automáticamente.
Dante soltó una risa seca.
—Mentira. Te tiemblan las manos cada vez que tu teléfono vibra y ves que es un mensaje de tu padre. Tienes pánico a no ser la mejor de la clase porque crees que, si no eres perfecta, no eres nada.
Me quedé helada. Era como si me hubiera arrancado la ropa en medio de la calle. Nadie me había hablado así nunca. Nadie se había atrevido a ver debajo de la armadura.
—Eso no es parte del contrato, Silva —dije, con la voz temblorosa de rabia—. Solo necesitas saber que mi color favorito es el azul marino y que soy alérgica a las nueces.
Dante se levantó lentamente, quedando a pocos centímetros de mí. La luz de la tarde entraba por el ventanal sucio, iluminando las motas de polvo que flotaban entre nosotros.
—Si vamos a engañar a un Juez de la Corte Suprema, tengo que saber qué es lo que te hace llorar, Valeria. Porque en algún momento de esta farsa, vas a estar a punto de quebrarte, y yo soy el que tendrá que sostenerte.
—No necesito que me sostengas —le espeté, levantándome también.
—Eso ya lo veremos.
Estábamos tan cerca que podía contar sus pestañas. El silencio en el apartamento era absoluto, cargado de una tensión que no tenía nada que ver con el odio y todo que ver con la atracción prohibida que ambos estábamos tratando de ignorar.
De repente, el teléfono de Valeria sonó sobre la mesa. El nombre "MAMÁ" brillaba en la pantalla.
—Es ella —dije, sintiendo el pánico de siempre—. Quiere la cena. Quiere conocerte... este viernes.
Dante tomó el teléfono y me lo entregó, rozando mis dedos con los suyos.
—Contesta, "cariño" —susurró con esa sonrisa peligrosa—. Dile que el amor de su vida está deseando conocerla.