Cláusula de emergencia

El fantasma de los suéteres de cachemira

Faltaban solo tres horas para la cena con mis padres y yo sentía que mis nervios estaban a punto de provocar un cortocircuito. Dante y yo caminábamos por el pasillo principal de la facultad; él con su habitual paso despreocupado y yo revisando mi reloj cada treinta segundos.

—Si no dejas de mirar ese reloj, voy a quitártelo y lanzarlo a la fuente —murmuró Dante, metiendo las manos en los bolsillos.

—Es una cuestión de puntualidad, Silva. Algo que tú...

Me quedé muda. El aire se escapó de mis pulmones al ver quién venía en dirección contraria. Era Mateo. Llevaba uno de esos suéteres de cachemira azul claro que yo solía decirle que le quedaban bien, y caminaba con esa seguridad insoportable de quien cree que todavía tiene las llaves de mi casa... y de mi vida.

Mateo se detuvo frente a nosotros, bloqueándonos el paso. Sus ojos recorrieron a Dante con una mezcla de desdén y burla.

—Valeria —dijo, ignorando por completo a Dante—. Me enteré de los rumores. Es una broma de muy mal gusto, incluso para ti.

—No es una broma, Mateo —respondí, tratando de que mi voz no sonara tan aguda como me sentía—. Estamos apurados.

—¿"Estamos"? —Mateo soltó una carcajada seca—. Por favor, Val. Este tipo no sabe ni usar una servilleta de tela. ¿Qué crees que dirá tu padre cuando lo vea? Te va a durar un asalto. Estás usando a este... espécimen para llamar mi atención, pero es patético.

Sentí el calor de la humillación subiéndome por el cuello. Mateo siempre sabía dónde golpear. Pero antes de que pudiera replicar, sentí una mano firme y posesiva rodeando mi cintura.

Dante me atrajo hacia él con una brusquedad que me pegó a su costado. Su brazo era como una barra de hierro, cálido y sólido.

—Es curioso que menciones a su padre, Mateo —la voz de Dante había cambiado. Ya no era sarcástica, era una advertencia pura y dura—. Porque resulta que Valeria prefiere a alguien que la defienda de tipos arrogantes como tú, en lugar de a alguien que la trate como un trofeo de segunda mano.

—Tú no sabes nada de ella, Silva —escupió Mateo, dando un paso hacia delante.

Dante no retrocedió ni un milímetro. Al contrario, se inclinó hacia Mateo, su mandíbula marcada por la tensión.

—Sé lo suficiente —Dante bajó la mano de mi cintura para entrelazar sus dedos con los míos, apretando con fuerza—. Sé que le gusta el café negro, que odia que la interrumpan cuando lee y que besa... —Dante se detuvo, mirándome a los ojos con una intensidad que me hizo olvidar cómo se llamaba Mateo— ...besa como si fuera lo único que la mantiene viva.

Dante me miró y, antes de que yo pudiera procesar la mentira, depositó un beso lento y sonoro en mi sien, quedándose ahí un segundo más de lo necesario. Sus labios estaban calientes contra mi piel.

—Vámonos, nena —dijo Dante, mirándolo a Mateo con una sonrisa triunfante—. No queremos llegar tarde a la cena con tu familia. Tenemos mucho que celebrar.

Mateo se quedó petrificado, con la cara roja de furia, mientras Dante me guiaba por el pasillo. No me soltó hasta que estuvimos fuera del edificio, cerca de su motocicleta.

Cuando finalmente me soltó, me sentí extrañamente fría.

—Eso fue... —empecé a decir, tratando de recuperar el aliento.

—Necesario —me cortó él, volviendo a su máscara habitual, aunque sus ojos seguían oscuros—. El tipo es un idiota, Valeria. Si vas a fingir que me amas, tienes que empezar a creértelo un poco más. Tu cara de pánico casi nos delata.

—¡Me tomó por sorpresa! —protesté—. Y lo que dijiste... lo de los besos...

Dante se puso el casco y me lanzó el mío.

—Es lo que la gente espera oír, Méndez. No te hagas ilusiones. Ahora sube. Tenemos un Juez que engañar y mi paciencia con los tipos en suéter de cachemira se agotó por hoy.

Subí a la moto, rodeando su cintura con mis brazos por necesidad, pero esta vez, no me sentía tan segura de que todo fuera "solo actuación". La forma en que me había sujetado frente a Mateo no se sintió como un contrato. Se sintió como una guerra.




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