Cláusula de emergencia

El juicio de los Méndez

La mesa del comedor parecía un campo de batalla decorado con cubiertos de plata y porcelana fina. Mi padre, el Juez Ricardo Méndez, estaba sentado en la cabecera, observando a Dante con la misma intensidad con la que examina a un acusado en el estrado. Mi madre sonreía, pero era esa sonrisa de arquitecta que analiza si los cimientos de una estructura —en este caso, mi relación— van a colapsar.

Dante estaba sentado frente a mí. El traje azul marino le quedaba insultantemente bien. Se había peinado el cabello hacia atrás, pero un mechón rebelde caía sobre su frente, recordándome que, debajo de la seda, seguía siendo el mismo chico que arreglaba motores.

—Entonces, Dante —comenzó mi padre, cortando su carne con precisión quirúrgica—. Valeria nos dijo que estudias Ingeniería, pero tus antecedentes en la facultad sugieren que pasas más tiempo en el taller mecánico del campus que en la biblioteca. ¿Es eso cierto?

Sentí un frío helado en el estómago. Mi padre ya había hecho su investigación. Miré a Dante, suplicándole con los ojos que no soltara una grosería.

Dante dejó su copa de vino con una calma que me asombró.

—Es cierto, señor —respondió con voz firme—. La teoría es importante, pero si uno no entiende cómo funcionan las piezas en la realidad, los planos son solo papel mojado. Supongo que en el Derecho es igual: las leyes están en los libros, pero la justicia se ejerce en el mundo real, ¿no?

Mi padre arqueó una ceja. Nadie solía debatirle en su propia mesa.

—Una comparación interesante —dijo mi padre, entrecerrando los ojos—. Pero la realidad es que mi hija tiene un futuro brillante y planeado. Necesita a alguien que sume a ese orden, no que sea una distracción caótica. ¿Qué es lo que ves en ella, exactamente? ¿O es simplemente el desafío de "corromper" a la mejor de la clase?

El silencio que siguió fue asfixiante. Podía oír el tic-tac del reloj de pared. Me disponía a intervenir, pero Dante se me adelantó. Bajo la mesa, sentí su mano buscar la mía. No fue un roce accidental; entrelazó sus dedos con los míos y apretó con fuerza, dándome un anclaje que no sabía que necesitaba.

—Lo que veo en Valeria —empezó Dante, mirándome directamente a los ojos con una intensidad que hizo que se me olvidara cómo respirar— no es a la "estudiante perfecta". Veo a una mujer que carga con el peso de expectativas que no son suyas. Veo a alguien que es tan brillante que asusta, pero que se olvida de que tiene derecho a cometer errores. Ella no es un proyecto para mí, señor Méndez. Es la única persona que ha logrado que me interese algo más que un motor roto.

Mi madre soltó un pequeño suspiro, claramente conmovida. Mi padre se quedó en silencio, procesando la respuesta. Dante no apartó la mirada ni soltó mi mano.

—Dices que la entiendes —continuó mi padre, bajando un poco el tono—. Pero el amor no paga las cuentas ni mantiene el prestigio.

—El prestigio es solo lo que los demás piensan de ti —replicó Dante con una sonrisa ladeada, esa que solía ponerme nerviosa pero que ahora me hacía sentir protegida—. Yo prefiero preocuparme por lo que Valeria piensa de sí misma cuando nadie la está mirando.

La cena continuó, pero la tensión había cambiado de bando. Dante había ganado el primer asalto no siendo un robot educado, sino siendo él mismo.

Cuando terminó la noche y los acompañé a la puerta, mi padre le dio un apretón de manos a Dante. No fue cálido, pero fue un reconocimiento.

—No la hagas perder el tiempo, Silva —sentenció mi padre antes de retirarse.

Nos quedamos solos en el porche, bajo la luz de la luna. El aire fresco de la noche nos golpeó la cara. Dante soltó mi mano, y de repente sentí que me faltaba algo.

—Lo hiciste —susurré, todavía aturdida—. Los convenciste.

Dante se aflojó el nudo de la corbata, exhalando el aire que parecía haber estado reteniendo durante horas. Se apoyó contra la columna del porche y me miró.

—No los convencí de nada, Valeria. Solo les dije lo que querían oír.

—Lo que dijiste... sobre que me olvido de que tengo derecho a cometer errores... —Lo miré, buscando la burla en su rostro, pero no la encontré—. ¿Eso también estaba en el guion?

Dante se acercó un paso, invadiendo mi espacio personal. En la oscuridad, sus ojos parecían dos pozos de ámbar.

—Eso fue lo único que no pude inventar —dijo en un susurro, inclinándose hasta que sus labios rozaron mi oreja—. Buenas noches, "cariño". Intenta no soñar conmigo.

Se dio la vuelta y caminó hacia su moto, dejándome allí, con el corazón martilleando contra mis costillas y la sospecha de que, si esto seguía así, la que iba a cometer el error más grande de su vida era yo.




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