Después de la cena con mis padres, no pude dormir. Las palabras de Dante se repetían en mi cabeza como un disco rayado. "Ella se olvida de que tiene derecho a cometer errores".
Dante no había ido a clase el lunes. Ni el martes. Para el miércoles, la ansiedad me estaba carcomiendo. Ignoré la voz de mi cabeza que decía que no era mi problema y conduje hasta su edificio.
Subí las escaleras de dos en dos. Cuando llegué a su puerta, escuché un ruido sordo desde adentro. Como algo metálico chocando contra el suelo. Golpeé tres veces.
—¡Silva, abre! Soy yo.
Silencio.
—Dante, si no abres voy a llamar a la policía o a derribar esta puerta de un taconazo.
La puerta se abrió apenas unos centímetros. Dante no llevaba su máscara de suficiencia. Tenía el cabello más revuelto que de costumbre, los ojos inyectados en sangre y una mancha de grasa cruzándole la mejilla. Pero lo que me detuvo el corazón fue su expresión: estaba agotado. Realmente agotado.
—No es un buen momento, Méndez —dijo con la voz rota.
—Me importa un bledo.
Lo empujé suavemente y entré. El apartamento estaba a oscuras, excepto por la lámpara de su mesa de trabajo. En el suelo, la escultura de engranajes que me había gustado estaba hecha pedazos. Él la había destrozado.
En la mesa, había una carta con un sello legal. La tomé antes de que él pudiera detenerlo. Era una notificación de desalojo para su madre.
—Mi padre... —comenzó Dante, sentándose pesadamente en el sofá y cubriéndose la cara con las manos—. Gastó todo el dinero en apuestas antes de largarse. Ella no me lo dijo hasta que fue demasiado tarde. He estado intentando arreglarlo, buscando turnos dobles en el taller, pero no es suficiente. El contrato... el dinero que acepté de ti era para esto, Valeria.
Se me hizo un nudo en la garganta. El chico arrogante que yo creía que solo quería divertirse, estaba cargando con el mundo entero sobre sus hombros.
—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté, arrodillándome frente a él.
—Porque se supone que soy el desastre, ¿recuerdas? —soltó una risa amarga que me dolió más que un grito—. No el héroe de la historia.
Dante se inclinó hacia delante, apoyando la frente en mi hombro. Fue un gesto tan vulnerable, tan falto de artificio, que me quedé sin aliento. Por primera vez, no hubo reglas. No hubo contrato.
Lentamente, rodeé su cuello con mis brazos. Sus manos buscaron mi cintura, apretando mi blusa con una desesperación silenciosa. Podía sentir su respiración errática contra mi cuello.
—No tienes que ser el héroe todo el tiempo, Dante —susurré, acariciando su cabello—. A veces, solo tienes que dejar que alguien más sostenga las piezas mientras tú descansas.
—Méndez... —murmuró mi nombre como si fuera un secreto prohibido.
Se separó apenas unos centímetros, lo suficiente para que nuestras miradas se cruzaran. En la penumbra, sus ojos ámbar estaban nublados de dolor, pero también de algo más. Una verdad que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta.
Él bajó la vista a mis labios y, por primera vez, no hubo una "cláusula de emergencia" ni un ex novio mirando. Solo estábamos nosotros dos, rodeados de metal roto y verdades a medias.
Dante acortó la distancia, pero no me besó. Rozó su nariz con la mía, un gesto de una intimidad tan pura que me hizo temblar más que cualquier beso.
—Vete, Valeria —dijo en un susurro contra mis labios—. Vete antes de que decida que no quiero que esto sea falso.
Pero yo no me moví. Por primera vez en mi vida, quería cometer un error. Y quería que ese error tuviera su nombre.