Cláusula de emergencia

Sin cláusulas de rescisión

—Vete, Valeria —repitió él, pero sus manos seguían ancladas a mi cintura, contradiciendo cada una de sus palabras—. Vete antes de que arruine tu vida perfecta.

—Mi vida no es perfecta, Dante —susurré, y esta vez no era la voz de la estudiante de honor la que hablaba—. Mi vida es una vitrina de cristal donde el aire se está acabando. Y tú eres el único que me ha dejado respirar.

Él soltó un suspiro tembloroso, una mezcla de derrota y deseo. Sus ojos recorrieron mi rostro como si estuviera memorizando un mapa antes de perderse en él.

—No hay cámaras aquí, Méndez —advirtió con la voz ronca, una advertencia final—. No hay padres que engañar. No hay contratos. Si me quedo... si hacemos esto... ya no podré fingir que no te deseo desde el primer día que me miraste como si fuera basura.

—Entonces deja de fingir.

Fui yo quien acortó la distancia. Rompí la última barrera, la de los cero centímetros, y uní mis labios a los suyos.

Si el beso en la cafetería fue una actuación, este fue una confesión.

Dante soltó un gruñido bajo y me atrajo hacia él con una urgencia que me hizo perder el equilibrio. Sus manos subieron de mi cintura a mis mejillas, sujetando mi rostro con una intensidad casi dolorosa, como si tuviera miedo de que fuera un espejismo que fuera a desvanecerse si me soltaba.

Sus labios sabían a café amargo y a verdades contenidas. No fue un beso delicado; fue un choque de trenes. Fue la colisión de dos mundos que se suponía que nunca debían tocarse. Me aferré a sus hombros, hundiendo mis dedos en su camiseta, necesitando sentir que esto era real, que el calor que emanaba de él no era parte de mi imaginación.

Dante se separó solo un milímetro, sus labios rozando los míos mientras hablaba.

—Dime que me detenga —pidió, aunque su cuerpo me decía lo contrario—. Dime ahora, Valeria, porque en un segundo voy a olvidar todas las reglas de tu maldito contrato.

—Quema el contrato, Dante —respondí, rodeando su cuello con mis brazos y volviendo a buscar su boca—. Solo... no te detengas.

Él me levantó con una facilidad asombrosa, haciendo que mis piernas se enredaran en su cintura mientras me sentaba sobre la mesa de trabajo, apartando con un brazo algunos bocetos y herramientas que cayeron al suelo con un ruido metálico que ignoramos por completo.

En ese apartamento caótico, rodeados de engranajes rotos y deudas por pagar, Valeria Méndez, la chica que nunca cometía errores, acababa de cometer el más hermoso de todos.

Ya no era una cuestión de imagen. Ya no era un trato para complacer a mis padres.

Era él. Era yo. Y era la absoluta certeza de que, después de este beso, nunca más volvería a ser capaz de mirar a Dante Silva y ver solo a un "novio de alquiler".




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