El lunes por la mañana, el mundo se sentía diferente. Todavía podía sentir el calor de las manos de Dante en mi cintura y el sabor de sus labios. Caminaba por el campus con una sonrisa que intentaba ocultar, sintiéndome por primera vez dueña de mi propio caos.
Hasta que un sobre amarillo aterrizó sobre mi libro de Derecho Internacional en la biblioteca.
Levanté la vista. Mateo estaba allí, con su suéter de cachemira perfectamente planchado y una sonrisa que me revolvió el estómago.
—Ábrelo, Val. Son unas tomas muy artísticas. Deberías considerar cambiar de fotógrafo.
Con los dedos temblorosos, abrí el sobre. Eran fotos. Yo entrando al edificio de Dante el miércoles por la tarde. Yo saliendo a la mañana siguiente, con la misma ropa y el cabello ligeramente revuelto, despidiéndome de él en el portal. Las fotos no mentían: no era una visita de estudio. Era una visita de alcoba.
—¿Qué quieres, Mateo? —susurré, sintiendo cómo el aire se volvía pesado.
—Quiero que dejes de hacer el ridículo con ese delincuente —dijo él, inclinándose sobre la mesa—. Si tu padre ve esto, se acabó la beca, se acabaron las cenas elegantes y, sobre todo, se acabó tu futuro perfecto. Imagina el titular: "La hija del Juez Méndez en un antro de mala muerte con el hijo de un estafador".
—Dante no es un estafador —siseé, cerrando el puño.
—Sus antecedentes dicen lo contrario. El punto es este: vas a dejar a Silva hoy mismo. Públicamente. Y vas a volver conmigo. Le diremos a tus padres que te diste cuenta de tu error y que yo te ayudé a "recuperar el camino".
—Estás enfermo.
—Estoy cuidando lo que es mío —respondió él con frialdad—. Tienes hasta la salida de clase. Si no cortas con él frente a todos en la plaza central, estas fotos estarán en el despacho de tu padre antes de las cinco.
Mateo se alejó, dejándome con el corazón en la garganta. Miré las fotos. Eran la prueba de que había roto todas las reglas de mi padre, pero también eran el recuerdo de la única noche en la que me había sentido libre.
Salí de la biblioteca corriendo y busqué a Dante. Lo encontré cerca de su moto, riendo con unos amigos. Al verme, su expresión cambió de inmediato. Sus ojos se iluminaron de esa manera que me hacía sentir que era la única persona en el mundo.
—Méndez, te echaba de menos —dijo, acercándose para rodear mi cintura, pero yo me aparté.
Sus manos quedaron en el aire. El dolor que cruzó su rostro fue un tajo en mi pecho.
—Dante, tenemos un problema —le dije con la voz quebrada, mostrándole el sobre—. Mateo nos siguió. Tiene pruebas de lo del apartamento. Si mi padre ve esto...
Dante tomó las fotos. Su mandíbula se apretó tanto que creí que sus dientes se romperían. Sus nudillos se volvieron blancos al arrugar el sobre.
—Ese hijo de perra —gruñó—. Valeria, no dejes que te asuste. Yo me encargaré de él.
—¿Cómo? ¿A golpes? —mis ojos se llenaron de lágrimas—. Si le pegas, solo le darás más razones a mi padre para odiarte. Mateo tiene el poder de destruirnos a los dos, Dante. Mi beca, tu casa... todo.
Dante me miró, y por primera vez vi miedo en él. No miedo por él mismo, sino miedo de perderme.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó en un susurro.
—No lo sé. Pero Mateo quiere que rompamos ahora mismo, en la plaza. Frente a todos.