Cláusula de emergencia

Código de honor

Dante no se quedó de brazos cruzados. Mientras yo sentía que mi mundo se desmoronaba, él se convirtió en un estratega gélido.

—Escúchame, Valeria —me dijo, tomándome por los hombros para que dejara de temblar—. No vas a romper nada. No vas a volver con ese imbécil. Él cree que juega con ventaja porque tiene el papel, pero se olvida de que vivimos en el siglo XXI. Todo lo que está en ese sobre salió de un teléfono.

—Dante, no podemos...

—Tú ve a clase —me interrumpió, dándome un beso rápido y urgente en la frente—. Actúa normal. Dile a Mateo que lo harás, dale esperanzas. Gáname dos horas.

Dante desapareció hacia la zona de los talleres mecánicos. Allí no solo se arreglaban motores; era el refugio de los marginados de la universidad: genios de la informática que preferían el anonimato y mecánicos que sabían abrir cualquier cerradura.

Dante irrumpió en el pequeño cubículo de Leo, un chico con gafas gruesas y tres monitores que era capaz de hackear el sistema de la universidad solo por diversión.

—Leo, necesito un favor. De los que no se preguntan —dijo Dante, tirando el sobre arrugado sobre la mesa—. El objetivo es Mateo Rossi. Necesito acceso a su nube, a su teléfono y a cualquier respaldo de estas fotos. Y lo necesito antes de que termine el segundo bloque de Derecho.

Leo revisó las fotos y soltó un silbido. —Vaya, Silva. Te has buscado un enemigo con mucho dinero. Entrar en su teléfono será como saltar una valla de alta tensión.

—Entonces corta la luz, Leo. Haz lo que tengas que hacer.

Mientras tanto, yo estaba en clase de Economía, sintiendo que el aire se me escapaba. Mateo estaba sentado tres filas atrás, observándome con la satisfacción de un cazador que ya tiene a su presa en la red. Me envió un mensaje: "Faltan 60 minutos, Val. Espero que estés ensayando tu discurso de despedida".

A las 12:45, el campus estaba lleno de gente. Mateo se levantó de su asiento y me interceptó en el pasillo hacia la plaza central.

—Es la hora, preciosa. Vamos a darles a todos lo que quieren ver.

Salimos al patio. Yo buscaba desesperadamente a Dante entre la multitud, pero no lo veía por ninguna parte. Mateo me empujó suavemente hacia el centro de la plaza, donde todos los grupos de estudio solían reunirse.

—¿Y bien? —me presionó Mateo al oído—. ¿Lo haces tú o saco mi teléfono y envío el correo a tu padre ahora mismo?

Tomé aire, lista para sacrificarlo todo, cuando mi teléfono vibró en mi bolsillo. Un mensaje de Dante: "Mira la pantalla gigante del pabellón de deportes. Tres, dos, uno..."

De repente, el enorme monitor LED que solía anunciar los partidos de fútbol de la universidad parpadeó. No apareció el horario de clases. Apareció un video de seguridad del bar de la semana pasada: Mateo, borracho, alardeando con sus amigos sobre cómo iba a "chantajear a la princesita Méndez para recuperar su herencia". Y luego, capturas de pantalla de sus propios mensajes privados donde admitía haber seguido a una compañera y haberle tomado fotos sin su consentimiento.

El silencio en la plaza fue absoluto.

Mateo palideció. Sacó su teléfono frenéticamente, intentando borrar algo, pero su pantalla estaba bloqueada con un mensaje en letras rojas: "ARCHIVOS ELIMINADOS. SALUDA A LA POLICÍA DEL CAMPUS".

Dante apareció entre la multitud, caminando con esa calma letal que me hacía temblar. Se detuvo frente a Mateo, que parecía haber encogido diez centímetros.

—Parece que tus "fotos artísticas" han tenido un problema técnico, Rossi —dijo Dante, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Y tus archivos digitales ahora están en manos del decano. Chantajear a una estudiante es motivo de expulsión inmediata, ¿sabías?

—Tú... tú no puedes hacerme esto —tartamudeó Mateo, mirando a su alrededor mientras la gente empezaba a grabarlo y a abuchearlo.

Dante se inclinó hacia él, bajando la voz lo suficiente para que solo nosotros lo escucháramos.

—Te lo dije en la cafetería: no sabes nada de Valeria. Pero yo sí sé de ti. Y si vuelves a acercarte a ella, lo que ha salido en esa pantalla será solo el tráiler de la película de tu ruina.

Dante me tomó de la mano —no por el contrato, no para las cámaras, sino frente a todo el mundo— y me sacó de allí. Mateo se quedó solo, en medio de la plaza, rodeado de su propio fracaso.

Cuando estuvimos lo suficientemente lejos, Dante me llevó tras el edificio de la biblioteca y me apretó contra la pared, rodeándome con sus brazos.

—¿Estás bien? —preguntó, con una preocupación genuina que me hizo querer llorar.

—Lo has borrado todo... —susurré, todavía sin creerlo—. ¿Cómo?

—Tengo amigos en lugares oscuros, Méndez. Pero sobre todo... —me tomó el mentón para que lo mirara—... Tengo razones muy grandes para no dejar que nadie te haga daño. Ni siquiera tu padre. Ni siquiera yo mismo.




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