El Gran Salón de la universidad brillaba bajo miles de luces blancas. Era el baile de fin de curso, el evento donde las apariencias lo eran todo. Yo estaba frente al espejo, ajustándome un vestido de seda color esmeralda que desafiaba la sobriedad que mi padre siempre esperaba de mí.
Mi teléfono vibró sobre el tocador. Un mensaje de Dante: "Estoy fuera. Prepárate, Méndez. Esta noche vamos a darles algo de qué hablar de verdad".
Cuando bajé las escaleras del salón, el murmullo de la música pareció detenerse. Sabía lo que veían: a la estudiante de honor, la futura jueza, la chica que nunca se despeinaba. Pero entonces lo vi a él.
Dante estaba junto a la entrada, apoyado contra una columna de mármol. No llevaba el traje azul marino de la cena; llevaba un traje negro, sin corbata, con los primeros botones de la camisa abiertos y esa chaqueta de cuero que se negaba a dejar atrás. Se veía peligroso, fuera de lugar y absolutamente increíble.
Caminé hacia él ignorando las miradas y los susurros de Mateo y su grupo de amigos. Cuando llegué a su altura, Dante se enderezó y me ofreció su mano.
—No hay cámaras, Valeria —susurró, buscándome los ojos—. No hay contrato. Si cruzamos esa puerta de la mano, ya no habrá vuelta atrás. Todo el mundo sabrá que la chica perfecta eligió al desastre.
—No eres un desastre, Dante —le dije, entrelazando mis dedos con los suyos con una firmeza que me sorprendió—. Eres lo único real que me ha pasado en cuatro años.
Entramos al centro de la pista justo cuando empezaba una canción lenta. Él me tomó por la cintura, atrayéndome hacia su cuerpo sin dejar esos "30 centímetros" de seguridad. Mis manos subieron a su nuca, jugando con el cabello de su nuca.
—¿Te acuerdas de la Regla I? —pregunté, sonriendo contra su pecho.
—"Prohibido enamorarse" —respondió él con una sonrisa ladeada, mientras nos movíamos al ritmo de la música—. Creo que esa fue la primera que rompí. Probablemente en el momento en que me lanzaste ese libro de Derecho a la cabeza en la biblioteca.
—Yo la rompí en el momento en que te vi defender a tu madre —confesé—. Me di cuenta de que tu armadura de chico malo era tan falsa como mi vida perfecta.
En ese momento, las puertas del salón se abrieron y vi a mis padres entrar. Mi padre se detuvo en seco al vernos en medio de la pista. El silencio se extendió por el salón mientras el Juez Méndez caminaba hacia nosotros. La música parecía sonar de fondo, muy lejos.
Dante no me soltó. Al contrario, me pegó más a él, enfrentando la mirada de mi padre con la frente en alto.
—Papá —dije, antes de que él pudiera hablar—. Sé lo que vas a decir. Sé que no es lo que planeaste para mí. Pero por primera vez, estoy tomando una decisión que no tiene que ver con mis notas o con tu aprobación.
Saqué del bolso de mano un pequeño papel doblado. Era el contrato original, el de la biblioteca. Frente a mis padres, frente a Mateo y frente a toda la universidad, lo rompí en pedazos pequeños que cayeron como confeti sobre el suelo de mármol.
—Ya no hay contrato —sentencié—. No hay mentiras. Amo a Dante Silva. Y si eso arruina tu plan de perfección, entonces prefiero ser imperfecta.
Mi padre miró los papeles en el suelo, luego miró a Dante y, finalmente, me miró a mí. Vio algo en mis ojos que nunca había visto antes: felicidad real. Soltó un largo suspiro y, para sorpresa de todos, asintió levemente antes de dar media vuelta y dirigirse a la barra de bebidas. Fue su forma de rendirse.
Dante soltó una carcajada de alivio y me levantó en el aire, haciéndome girar mientras la música volvía a subir de volumen.
—¿Y ahora qué, Méndez? —preguntó, bajándome pero sin dejar de abrazarme—. Ya no tienes un contrato que seguir. ¿Qué vas a hacer con tu libertad?
Me incliné y lo besé, un beso que no era para una foto, ni para un ex, ni para un padre. Era un beso que sabía a futuro.
—Creo que voy a empezar por quemar todos mis suéteres aburridos y comprarme una chaqueta de cuero —respondí contra sus labios.
Dante me sonrió, me tomó de la mano y nos dirigimos hacia la salida, dejando atrás el baile, las expectativas y las reglas. Porque al final, la mejor cláusula de emergencia fue la que nos obligó a perder el control.