Seis meses después
El olor a aceite de motor y café barato se había convertido en mi fragancia favorita. Quién lo hubiera dicho.
Estaba sentada en el escritorio metálico del nuevo taller de Dante, rodeada de libros de Derecho Penal y piezas de una transmisión que él me había retado a identificar. El lugar no era lujoso, pero era suyo. Con el dinero del fondo que recuperamos y el trabajo que Dante consiguió como jefe de mecánicos, la casa de su madre estaba a salvo y este pequeño local empezaba a prosperar.
Escuché el sonido ronco de su moto antes de verlo. Dante entró al taller quitándose el casco, con el cabello alborotado y esa sonrisa que todavía lograba que mi pulso se saltara un par de latidos.
—Sigues aquí, Méndez —dijo, dejando el casco sobre la mesa y rodeando el escritorio para quedar frente a mí—. Pensé que a estas horas estarías en la biblioteca nacional preparando tu tesis sobre ética jurídica.
—La terminé hace dos horas —respondí, estirando los brazos—. Y he decidido que mi ética jurídica prefiere pasar la tarde viendo cómo alguien más se ensucia las manos.
Dante me tomó de la cintura y me levantó de la silla como si no pesara nada, sentándome sobre el escritorio, exactamente como aquel día en su apartamento, pero esta vez sin rastros de tristeza en sus ojos.
—Mi madre llamó —comenzó a decir, trazando círculos invisibles en mi rodilla—. Quiere que vayamos a cenar el domingo. Dice que ha aprendido a hacer esa lasaña que te gusta porque, cito textualmente: "Valeria es demasiado elegante para comer solo hamburguesas de El Garaje".
Sonreí, recordando a la madre de Dante. Era tan vibrante y ruidosa como él, pero con una ternura que me había acogido desde el primer día.
—Dile que iré, pero solo si me deja ayudarte a arreglar el jardín. Tu madre tiene una idea muy extraña de lo que significa "descansar".
Dante soltó una carcajada y apoyó su frente contra la mía.
—Hablando de cenas... mi suegro, el Juez, me envió un correo ayer.
Me puse tensa de inmediato. Mi relación con mi padre seguía siendo una obra en construcción. No me había desheredado, pero nuestras conversaciones eran como un tratado de paz muy frágil.
—¿Y qué dice el Honorable Ricardo Méndez?
—Dice que hay una vacante de pasantía en el bufete de uno de sus colegas. Y que, aunque sigo pareciéndole un "sujeto impredecible", admite que mi influencia en tus notas ha sido... interesante. —Dante me miró con una chispa de orgullo—. Te quiere allí, Val. No por él, sino porque sabe que eres la mejor.
Sentí un nudo de alivio en la garganta. Por fin, el reconocimiento no venía de cumplir sus órdenes, sino de ser quien yo quería ser.
—¿Y tú qué piensas? —le pregunté.
Dante se encogió de hombros, acercando su rostro al mío hasta que nuestras respiraciones se mezclaron.
—Pienso que vas a ser la abogada más temida del país. Y que yo seré el tipo que te recoja en una moto ruidosa en la puerta del juzgado solo para ver la cara de infarto de tus colegas.
—Eso suena como un plan sólido.
—Lo es. —Dante buscó en el cajón del escritorio y sacó un sobre pequeño. Me lo entregó con un guiño—. Feliz aniversario de seis meses de libertad, nena.
Abrí el sobre. No era una joya. Eran dos boletos de avión para un viaje de mochileros por la costa. Sin hoteles de cinco estrellas, sin protocolos, sin trajes de etiqueta. Solo nosotros y la carretera.
—¿No hay contrato para esto? —pregunté, riendo mientras lo abrazaba por el cuello.
Dante me besó con una parsimonia que me hizo olvidar dónde estábamos. Un beso que ya no era una cláusula, sino una promesa.
—Solo hay una regla de ahora en adelante, Valeria —susurró contra mis labios.
—¿Cuál?
—Prohibido mirar atrás. El motor está encendido y el tanque está lleno.
Miré hacia la pared del taller, donde el marco con el trozo del contrato roto colgaba junto a una foto nuestra riendo bajo la lluvia. Me di cuenta de que Dante tenía razón. La vida no se trataba de seguir un plano perfecto, sino de saber qué hacer cuando las piezas se rompen.
Y con él a mi lado, yo no tenía miedo de romperme un poco más cada día. Porque ahora sabía que la perfección estaba sobrevalorada, pero el amor... el amor era la mecánica más compleja y hermosa que jamás llegaría a entender.
FIN