Cláusula de emergencia

Extra

Si alguien me hubiera dicho hace un año que pasaría mi primer aniversario oficial en un tejado, rodeada de cajas de pizza y herramientas, probablemente le habría lanzado mi código civil a la cabeza.

Pero aquí estaba.

—Silva, si me caigo de aquí, mi padre te procesará por negligencia —dije, tratando de mantener el equilibrio mientras subía por la escalera de incendios del edificio de Dante.

—Confía en mí, Méndez. ¿Cuándo te he fallado? —Dante apareció en el borde del tejado, ofreciéndome la mano. Sus dedos estaban manchados de tinta, lo que significaba que había estado escribiendo algo.

Cuando finalmente logré subir, me quedé sin palabras. El tejado no era solo cemento y antenas. Dante había extendido una manta vieja pero limpia, había una hilera de luces de Navidad que funcionaban con una batería de coche y, en el centro, una caja de madera que servía de mesa.

—No es una cena en el Ritz —dijo él, rascándose la nuca con un gesto de timidez que rara vez mostraba—. Pero desde aquí no se oye el tráfico y las estrellas se ven... aceptables.

Me senté en la manta, sintiendo la brisa fresca de la noche.

—Es perfecto, Dante.

Comimos pizza directamente de la caja y hablamos de todo lo que había pasado. De cómo Mateo había sido transferido a otra universidad después del escándalo, y de cómo yo finalmente había empezado a usar zapatillas de deporte para ir a las clases de los viernes.

De repente, Dante se puso serio. Buscó en el bolsillo de su chaqueta y sacó un sobre pequeño, idéntico al que usamos para el contrato original.

—He redactado una adenda —dijo, tratando de sonar formal, aunque sus ojos brillaban de diversión.

Abrí el sobre. Dentro había una sola tarjeta con letra imprenta, clara y decidida:

CONTRATO DE VIDA (Anexo A) Regla Cero: Queda terminantemente prohibido que Valeria Méndez vuelva a dudar de que es la persona más increíble que este desastre de hombre ha conocido. Vigencia: Permanente. Firma: Dante Silva.

Sentí que los ojos se me humedecían. Pasé los dedos por el papel, dándome cuenta de que este era el único documento que realmente quería firmar por el resto de mi vida.

—Me parece que la cláusula es un poco ambiciosa, Silva —susurré, acercándome a él.

—Bueno, soy un hombre de grandes ambiciones —respondió, acortando la distancia—. Y ahora que no hay reglas de 30 centímetros... creo que voy a aprovechar mi tiempo.

Dante me besó bajo el cielo nocturno de la ciudad, un beso que no necesitaba testigos, ni fotos, ni aprobación de nadie. Porque en nuestro mundo, las reglas se habían roto hace mucho tiempo para dejar paso a algo mucho mejor: nosotros.




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