El día que me casé con el hombre que más odiaba, llovía.
No una lluvia romántica, de película. Llovía como si el cielo estuviera enfadado conmigo, como si supiera que estaba a punto de cometer el error más grande de mi vida… y quisiera dejar constancia.
—No sonrías —le susurré entre dientes a mi futuro esposo—. Esto no es gracioso.
Él sí sonreía. Claro que lo hacía. Adrián Montenegro, traje negro impecable, mirada afilada y esa expresión de superioridad que llevaba usando conmigo desde hacía tres años.
—Relájate, Valentina —respondió sin mirarme—. Si vas a ser mi esposa, al menos aparenta que no quieres asesinarme frente al juez.
Apreté los dedos alrededor del ramo.
Blanco. Ridículamente blanco. Como si no supiera que todo esto era una farsa.
—No voy a ser tu esposa —repliqué—. Voy a ser tu error administrativo.
Adrián giró por fin el rostro hacia mí. Ojos oscuros. Demasiado tranquilos. Demasiado seguros.
—Llámalo como quieras. El contrato dice otra cosa.
El contrato.
Esa palabra maldita que me había traído hasta este despacho gris, con olor a papel mojado y café frío, a punto de firmar un matrimonio que ninguno de los dos quería… pero que ambos necesitábamos.
El juez carraspeó.
—Si están listos…
No lo estaba.
Pero asentí.
Porque la alternativa era perderlo todo.
Tres meses antes
—Esto es una locura.
Mi madre dejó la carpeta sobre la mesa con un golpe seco. Dentro estaba el resumen financiero de la empresa familiar. O lo que quedaba de ella.
—Esto es una quiebra, Valentina —corrigió—. Y si no hacemos algo, el apellido Rivas desaparece en menos de seis meses.
Miré los números sin verlos realmente.
Había crecido entre esas paredes. Había jurado que nunca permitiría que la empresa terminara en manos equivocadas.
—¿Y qué se supone que hagamos? —pregunté.
Mi madre dudó.
Eso ya era mala señal.
—Montenegro Holdings quiere invertir.
Sentí el estómago caerme a los pies.
—No.
—Escúchame…
—¡No! —me puse de pie—. Adrián Montenegro es un buitre. Quiere absorbernos, despedir a medio mundo y quedarse con el nombre.
—Quiere una fusión —corrigió ella—. Pero con una condición.
El silencio se volvió espeso.
—¿Qué condición?
Mi madre no me miraba a los ojos cuando habló:
—Un matrimonio.
Reí. Una risa breve, incrédula.
—Dime que estás bromeando.
—No lo hago.
—¿Con él? ¿Con ese hombre que me ha hecho la vida imposible en cada junta, que cuestiona cada decisión mía solo porque puede?
—Precisamente por eso —respondió—. Montenegro quiere estabilidad, imagen pública… y control.
Control.
Esa era su palabra favorita.
—No soy moneda de cambio.
—Eres la única heredera —dijo con suavidad—. Y si no aceptamos, perdemos todo.
De vuelta al presente
—¿Acepta usted, Valentina Rivas, contraer matrimonio con Adrián Montenegro…?
Miré al hombre a mi lado.
Al enemigo.
Al socio forzado.
Al extraño que estaba a punto de convertirse legalmente en mi esposo.
Nuestros ojos se cruzaron.
Por una fracción de segundo, algo oscuro pasó por su mirada. Algo que no supe nombrar.
—Acepto —dije.
—¿Acepta usted, Adrián Montenegro…?
—Acepto.
El mazo golpeó la mesa.
—Quedan legalmente unidos.
Unida.
A él.
Adrián se inclinó hacia mí cuando todos comenzaron a levantarse.
—Tranquila —murmuró—. Solo son dos años.
Lo miré con odio puro.
—Voy a hacerte la vida imposible.
Su sonrisa se ensanchó, peligrosa.
—Eso, Valentina… —susurró— es exactamente lo que espero.
Los flashes nos recibieron como una emboscada. Periodistas, cámaras, murmullos. La lluvia seguía cayendo, insistente, empapando el dobladillo de mi vestido mientras Adrián me ofrecía el brazo con una cortesía que sabía a veneno.
—Sonríe —murmuró—. Recuerda: matrimonio feliz, empresas estables.
Apreté la mandíbula y apoyé mi mano en su brazo. Su cuerpo estaba firme, caliente, como si no le afectara nada de lo que acababa de ocurrir. Como si casarse conmigo fuera solo otro movimiento estratégico.
—No te emociones —le susurré—. No pienso interpretarte el papel de esposa enamorada.
—Lástima —respondió con voz baja—. Te queda bien el blanco cuando estás furiosa.
Lo fulminé con la mirada justo cuando las cámaras captaron la imagen. Perfecto. Mañana los titulares dirían que estábamos locamente enamorados.
El auto nos esperaba con el motor encendido. Apenas la puerta se cerró, me aparté de él como si quemara.
—Establezcamos reglas —dije sin rodeos.
Adrián se aflojó la corbata, observándome con esa calma exasperante.
—Adelante. Me encantan las reglas.
—Dormitorios separados. Vida privada separada. Nada de decisiones unilaterales sobre la empresa Rivas.
—Montenegro–Rivas —corrigió—. Ya es nuestra.
Ignoré el comentario.
—Y cuando esto termine —continué—, firmamos el divorcio y cada uno sigue con su vida.
Él apoyó el codo en el respaldo y sonrió de lado.
—Claro. Si sobrevives.
—¿Eso fue una amenaza?
—Una predicción.
El auto avanzó entre el tráfico, dejando atrás el juzgado y cualquier posibilidad de marcha atrás.
—Dos años pasan rápido —añadió—. Siempre y cuando no te metas en problemas.
Reí sin humor.
—Adrián, yo soy el problema.
Sus ojos brillaron, interesados por primera vez desde que lo conocía.
—Lo sé.
Llegamos al edificio que ahora, según los papeles, también era mi casa. Un ático moderno, frío, diseñado para impresionar, no para vivir. Muy él.
El ascensor subió en silencio. Demasiado silencio.
—No creas que me voy a doblegar —dije de pronto—. No porque estemos casados. No porque lo diga un contrato.
—Nunca pensé que lo harías —respondió—. Si lo hicieras, me decepcionarías.
Las puertas se abrieron.
Antes de que pudiera avanzar, Adrián me tomó del brazo. No fuerte. Justo lo suficiente.
—Una cosa más, Valentina.
—¿Qué?
Se inclinó, tan cerca que pude oler su perfume, sentir su voz contra mi oído.
—Esto empezó como un negocio —susurró—. Pero no cometas el error de pensar que voy a perder.
Lo miré, desafiante, con el corazón golpeándome el pecho.
—Ni se te ocurra pensar que yo sí.
Nos soltamos al mismo tiempo.
La guerra acababa de empezar.
Y esta vez, el campo de batalla era un matrimonio.
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Editado: 02.02.2026