Cláusula veintisiete

Capitulo dos

El contrato tenía veintisiete cláusulas.
Yo las había leído todas. Dos veces. Adrián, probablemente, las había memorizado.
—Esta es tu habitación.
Me detuve en seco.
—¿Perdón?
El penthouse de Adrián Montenegro ocupaba el último piso de un edificio de vidrio y acero en la zona más cara de la ciudad. Minimalista. Frío. Carísimo. Exactamente como él.
La habitación que me señalaba era amplia, luminosa, con vista al río. Perfecta.
Demasiado perfecta.
—¿Qué pasa? —preguntó, apoyándose despreocupadamente en el marco de la puerta—. No muerdo… salvo que lo pidan.
—El contrato dice “convivencia conyugal” —repliqué—. No dice “cada uno en su ala del castillo”.
—Y la cláusula ocho aclara “convivencia sin obligación de intimidad”. —Sonrió—. Créeme, es mejor así.
El comentario me picó más de lo que quería admitir.
—No te preocupes —dije, entrando a la habitación—. No tengo ningún interés en compartir cama contigo.
—Me alivia —respondió—. Dormir contigo sería… complicado.
Me giré, fulminándolo con la mirada.
—¿Complicado para quién?
—Para ambos —contestó sin perder la calma—. Esto es un acuerdo, Valentina. No una fantasía romántica.
Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.
Esa noche
No pude dormir.
La casa estaba demasiado silenciosa. Demasiado grande. Demasiado ajena.
Salí al pasillo y encontré luz en el despacho. Adrián estaba allí, sin saco, mangas de la camisa arremangadas, concentrado frente a la pantalla.
—Trabajas mucho para alguien recién casado —comenté desde la puerta.
—Y tú espías mucho para alguien que dice odiarme.
—No te espío. —Crucé los brazos—. Quería agua.
—La cocina está al otro lado.
—Ya lo sé.
Nos quedamos mirándonos. El aire se tensó.
—Mañana tenemos la primera aparición pública como matrimonio —dijo finalmente—. Conferencia de prensa a las diez.
—¿Tan pronto?
—Mientras antes creamos la imagen de pareja estable, mejor.
—¿Imagen? —arqueé una ceja—. ¿Eso soy para ti?
—Por ahora, sí.
La honestidad brutal dolió más que cualquier insulto.
—Y tú para mí eres solo el hombre que compró a mi familia.
Sus ojos se endurecieron.
—No compré nada —replicó—. Salvé una empresa que se estaba hundiendo.
—A cambio de control.
—A cambio de supervivencia.
El silencio volvió a instalarse. Esta vez, más pesado.
—Buenas noches, Valentina.
—Buenas noches… esposo.
La palabra quedó flotando entre nosotros como una amenaza.
Adrián fue el primero en apartar la mirada.
Yo regresé a mi habitación con el corazón acelerado y una certeza incómoda clavándose en mi pecho: odiarlo iba a ser fácil. Ignorarlo, no tanto.
Dormí a ratos. Sueños fragmentados. Voces, contratos, flashes de cámaras y esos ojos oscuros mirándome como si siempre supiera algo que yo no.
A la mañana siguiente
El penthouse despertó antes que yo.
Cuando salí de la habitación, vestida con un traje gris que gritaba profesional, no esposa, el aroma a café recién hecho llenaba el aire. Adrián estaba en la cocina, apoyado en la encimera, revisando su celular como si ese fuera su territorio natural.
—Buenos días —dijo sin mirarme.
—No —respondí—. Solo días.
Alzó una ceja, divertido, y me tendió una taza.
—Aprende rápido. Eso me gusta.
No la acepté.
—Dime algo —dije—. ¿Ensayaste lo que vamos a decir hoy o también eso lo decides tú solo?
Dejó el celular y por fin me observó con atención. De arriba abajo. Evaluando. Calculando.
—Diremos la verdad —contestó—. La versión que conviene.
—Claro —ironizé—. Porque ahora compartimos verdades.
Se acercó lo suficiente como para invadir mi espacio personal.
—Escucha bien, Valentina. No importa cuánto nos detestemos puertas adentro. Afuera somos un equipo.
—No soy tu socia emocional.
—No —admitió—. Eres mi esposa. Y eso es mucho más útil.
Sentí un escalofrío que me negué a reconocer.
—Sonríe, habla poco y no contradigas —continuó—. Yo me encargo del resto.
—¿Y si no lo hago?
Su sonrisa fue lenta. Peligrosa.
—Entonces empezarán a preguntarse por qué nos casamos tan de repente. Y créeme… no quieres eso.
Lo odié con una intensidad renovada.
—Te equivocas —dije—. Si algo sale mal, caeremos juntos.
Por un segundo, algo parecido a respeto cruzó su mirada.
—Eso —murmuró— ya lo sabía.
Diez minutos después
El ascensor descendía mientras los flashes nos esperaban abajo. Adrián me ofreció el brazo otra vez. Dudé. Luego lo tomé.
Su mano se cerró con seguridad sobre la mía.
—Recuerda —susurró—. Pareja estable.
—Recuerda tú —respondí sin mirarlo—. Esto es temporal.
Las puertas se abrieron.
Cámaras. Voces. Preguntas.
Y en medio del caos, Adrián se inclinó hacia mí y, por primera vez, sonó peligrosamente sincero:
—No subestimes lo que puede pasar en dos años.
Sonreí para las cámaras.
Pero por dentro, supe que tenía razón.
Y eso fue lo que más miedo me dio




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