Cláusula veintisiete

capitulo tres

La prensa estaba hambrienta.

—Valentina, ¿cómo se conocieron?
—Adrián, ¿fue amor a primera vista?
—¿Planes de hijos?

Sonreí hasta que me dolieron los músculos de la cara. Adrián me rodeó la cintura con naturalidad ensayada. Demasiado natural.

—Nos conocimos en un contexto profesional —respondió él—. El respeto mutuo se transformó en algo más.

Mentira.

—Fue inesperado —añadí yo—. Pero cuando sabes, sabes.

Otra mentira.

Sus dedos se tensaron apenas sobre mi piel. Advertencia silenciosa.

—¿Qué opinan de quienes dicen que esto es solo un acuerdo empresarial? —preguntó un periodista.

Adrián sonrió, pero yo sentí cómo se preparaba para la guerra.

—Que subestiman nuestra inteligencia —respondió—. Y nuestra capacidad de elegir.

Me miró al decirlo.
Por primera vez, dudé.

Horas después

—Lo hiciste bien —dijo en el auto—. Convincente.

—No me felicites —respondí—. No somos un equipo.

—Lo somos mientras dure el contrato.

—Dos años —recordé—. Ni un día más.

Adrián asintió.

—Exacto.

Sacó una carpeta del maletín y me la extendió.

—¿Qué es eso?

—Una cláusula adicional —respondió—. No estaba en el documento inicial.

La abrí.

CLÁUSULA VEINTISIETE
En caso de que una de las partes incumpla el acuerdo antes del plazo estipulado, perderá toda participación, derechos económicos y control sobre los activos familiares.

Levanté la vista lentamente.

—Esto no estaba —dije—. Esto es una amenaza.

—Es una garantía.

—¿Para quién?

—Para ambos.

Cerré la carpeta con rabia.

—Eres un bastardo.

—Y tú firmaste —respondió con calma—. Bienvenida al matrimonio, Valentina.

Salí del auto sin mirarlo.

Pero mientras caminaba hacia el edificio, una idea incómoda comenzó a formarse en mi mente:

Adrián Montenegro no estaba jugando a corto plazo.

Y yo… acababa de entrar en un juego donde perder el corazón podría costarme absolutamente todo.

Dormí mal.

No por la cláusula —aunque me perseguía como una sombra—, sino por la certeza que me había instalado en el pecho durante el trayecto desde el auto hasta el ascensor.

Adrián no improvisaba.
Nunca.

Y yo había aceptado jugar en su tablero.

A la mañana siguiente, encontré el penthouse lleno de movimiento. Voces. Pasos. El sonido inconfundible de alguien reorganizando una vida que no le pertenece.

—¿Qué está pasando? —pregunté, deteniéndome en la escalera.

Una mujer elegante, con tablet en mano, me sonrió profesionalmente.

—Buenos días, señora Montenegro. Soy Clara, su asesora de imagen.

Señora Montenegro.

La palabra me golpeó más fuerte de lo esperado.

—¿Asesora de imagen para qué? —exigí saber.

—Para usted —respondió Adrián desde la cocina, como si hablar de mi vida fuera tan normal como pedir café—. Y para mí. A partir de ahora, cada aparición pública cuenta.

—No te di permiso —repliqué.

—No lo necesito —contestó sin alterarse—. Cláusula doce: representación conjunta de la imagen institucional.

Cerré los ojos un segundo.
Los abrí con furia renovada.

—Estás cruzando límites.

—No —dijo, acercándose—. Estoy asegurándome de que ninguno de los dos pierda.

Clara fingió no escuchar mientras me extendía la tablet.

—Tenemos una gala benéfica esta noche —explicó—. Algo sobrio, elegante. Que muestre unidad.

Unidad.

Miré a Adrián.

—Esto no significa que confíe en ti.

Él sostuvo mi mirada, serio.

—Lo sé. Pero confías en que quiero ganar. Y eso, Valentina, nos pone del mismo lado… por ahora.

Esa noche, el vestido era negro.
Espalda descubierta.
Peligroso.

Adrián me observó unos segundos de más cuando salí de la habitación.

—No uses eso —dijo finalmente.

—No me digas qué ponerme.

—No lo hago —respondió—. Te digo que si alguien más te mira como yo acabo de hacerlo, voy a tener un problema.

Me congelé.

—¿Desde cuándo eso te importa?

Su mandíbula se tensó.

—Desde que lo harán público mañana.

Mentiroso.

La gala fue un desfile de sonrisas falsas, copas elevadas y manos demasiado curiosas. Adrián no se separó de mí ni un segundo. Su mano en mi espalda era firme, protectora… posesiva.

—Relájate —murmuró cuando me tensé—. Estás temblando.

—No estoy acostumbrada a que me exhiban.

—Tampoco yo —dijo—. Pero míranos.

Nos miraban.

Todos.

Y por primera vez, entendí el verdadero peligro:
no era perder la empresa.
No era la cláusula.

Era lo fácil que resultaba fingir.
Y lo difícil que empezaba a ser distinguir cuándo dejaba de ser una actuación.

Cuando nos fotografiaron besándonos la mejilla, sus labios rozaron mi piel apenas un segundo más de lo necesario.

Demasiado cerca.
Demasiado real.

—Esto no estaba en el contrato —susurré.

—No —respondió él, sin apartarse—. Pero tampoco está prohibido.

Y en ese instante supe algo con absoluta claridad:

Adrián Montenegro no solo planeaba ganar.

Planeaba que yo no pudiera escapar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.