El problema de fingir un matrimonio es que, tarde o temprano, alguien se lo cree.
En mi caso, fue el mundo entero… menos yo.
La gala benéfica era el evento perfecto para consolidar la imagen de “pareja poderosa”. Vestido largo, flashes, copas de champagne y sonrisas calculadas.
—Estás hermosa —murmuró Adrián, inclinándose hacia mí.
—No empieces —respondí sin mirarlo—. Recuerda que esto es teatro.
—Claro —dijo—. Solo actuación.
Pero su mano en mi espalda no era parte del guion.
Ni la forma en que sus dedos se deslizaron apenas, marcando mi piel desnuda.
—Montenegro —dijo una voz masculina detrás de nosotros—. No esperaba verte tan… doméstico.
Me giré y lo vi.
Tomás Ferrer.
Ex socio. Ex casi algo. Ex herida mal cerrada.
—Tomás —saludé, tensa—. Qué sorpresa.
Sus ojos recorrieron a Adrián con una sonrisa ladeada.
—Así que tú eres el famoso marido.
—El mismo —respondió Adrián, sin soltarme—. ¿Nos conocemos?
—No oficialmente —dijo Tomás—. Pero conozco muy bien a tu esposa.
Demasiado bien.
Sentí cómo el cuerpo de Adrián se tensaba.
—¿Ah sí? —preguntó—. Qué curioso. Valentina no suele hablar de su pasado.
—Hay pasados que es mejor olvidar —intervine rápido.
Tomás rió.
—Siempre tan diplomática. —Luego me miró con algo que parecía nostalgia—. Me alegra verte bien.
Adrián apretó la mandíbula.
—Disculpa —dijo—. Nos reclaman para una foto.
Me llevó lejos con una firmeza que no admitía discusión.
—¿Quién era ese? —preguntó apenas estuvimos solos.
—Nadie importante.
—No te creo.
—No es asunto tuyo.
Se acercó demasiado.
Demasiado.
—Todo lo que te rodea es asunto mío mientras dure este matrimonio —dijo en voz baja—. No vuelvas a dejarme en ridículo.
—¿Ridículo? —me reí sin humor—. ¿Eso fue lo que sentiste? ¿Celos?
—No seas absurda.
—Lo estabas —insistí—. Y no tienes derecho.
Sus ojos ardían.
—No me gusta que otros hombres crean que pueden reclamar lo que es mío.
El silencio cayó como un golpe.
—No soy tuya —dije, con la voz temblándome de rabia—. No me compres, no me reclames, no me confundas.
Me alejé antes de que pudiera responder.
Pero por primera vez…
yo también estaba confundida.
Volví a la gala con una sonrisa clavada a la fuerza y el pulso desordenado.
El murmullo, la música, las risas… todo sonaba lejano. Sentía la mirada de Adrián sobre mí incluso cuando no lo veía. Como una presión constante entre los omóplatos.
Tomás reapareció a los pocos minutos, copa en mano.
—¿Huyó tu esposo o lo hiciste tú? —preguntó con media sonrisa.
—No empieces —advertí—. No es el momento.
—Nunca lo es contigo —respondió—. Veo que eso no cambió.
—Yo sí cambié.
—¿Seguro? —sus ojos se deslizaron con demasiada familiaridad—. Porque sigues eligiendo guerras que no son tuyas.
Antes de que pudiera responder, una mano firme rodeó mi cintura.
Adrián.
—¿Interrumpo? —preguntó con cortesía helada.
—En absoluto —dijo Tomás—. Solo me estaba poniendo al día.
—Eso no será necesario —replicó Adrián—. Mi esposa y yo no tenemos secretos.
Lo miré.
Mentira descarada.
Tomás alzó las manos en señal de rendición.
—Entonces me retiro. Cuídala —añadió, mirándome a mí—. Siempre lo hice.
Se fue.
El silencio entre Adrián y yo se volvió insoportable.
—No vuelvas a hablar con él —ordenó.
—No me des órdenes.
—No es una orden. Es una advertencia.
—¿Desde cuándo te importan mis advertencias?
Me soltó la cintura, pero no dio un paso atrás.
—Desde que entendí que Ferrer no es solo pasado.
—No sabes nada de mí —dije—. Ni de mis decisiones.
—Sé lo suficiente —respondió—. Sé que te mira como si aún tuviera derechos.
—No los tiene.
—Entonces compórtate como si eso fuera verdad.
El descaro me hizo hervir la sangre.
—¿Te escuchas? —susurré—. Esto es exactamente lo que no debía pasar.
—¿El qué?
—Que empieces a sentirte con poder sobre mí.
Sus ojos se oscurecieron.
—El poder lo firmaste tú.
—Firmé un contrato. No tu posesión.
Por un instante, pensé que iba a responder con frialdad. Con lógica. Con una de sus frases calculadas.
Pero no.
—No me mires así —dijo de pronto, en voz baja—. No cuando otros hombres lo hacen con hambre.
Tragué saliva.
—Eso no es mi problema.
—Claro que lo es —replicó—. Porque si yo empiezo a olvidarme de que esto es solo un acuerdo… tú vas a ser la primera en pagar el precio.
Algo se quebró en mi pecho.
—Entonces aléjate —pedí—. Antes de que cruces una línea que no se pueda borrar.
Me sostuvo la mirada varios segundos. Demasiados.
Luego dio un paso atrás.
—Vámonos —dijo—. Ya cumplimos.
El trayecto en auto fue silencioso. Denso. Cada uno atrapado en sus propios pensamientos, evitando mirarse como si hacerlo fuera peligroso.
Al llegar al penthouse, fui directa a mi habitación.
—Valentina —me llamó desde el pasillo.
No me detuve.
—Esto no se nos puede ir de las manos.
Me giré entonces.
—Ya se nos fue —respondí—. La diferencia es que tú crees que puedes controlarlo.
Cerré la puerta.
Apoyé la espalda contra ella, respirando con dificultad.
Porque lo peor no era Adrián.
Ni Tomás.
Ni el contrato.
Lo peor era admitir que, por primera vez desde que empezó todo,
no sabía exactamente qué estaba fingiendo…
y qué no.
Editado: 05.02.2026