No hablamos durante dos días.
Dos días de silencios cargados, de miradas evitadas, de puertas cerradas.
Hasta que la vida decidió empujarnos al mismo espacio.
El ascensor se detuvo entre pisos.
—Genial —murmuré—. Justo contigo.
—Respira —respondió Adrián—. Ya llamé a mantenimiento.
Las luces parpadearon.
El espacio se volvió más pequeño.
Más íntimo.
—¿Te pasa algo? —preguntó tras unos minutos.
—Nada.
—Mientes fatal.
Me apoyé contra la pared.
—Tomás me traicionó —dije de repente—. Me usó para conseguir información de la empresa. Cuando lo descubrí… ya era tarde.
Adrián no dijo nada.
—Desde entonces —continué— detesto que me miren como un trofeo. Como algo que se puede poseer.
—No era mi intención —dijo finalmente—. Pero tampoco voy a disculparme por sentir.
Lo miré.
—¿Sentir qué?
El ascensor se sacudió levemente.
—Celos —admitió—. Y eso me molesta más que cualquier cosa.
Mi corazón dio un salto traicionero.
—No deberías sentirlos —susurré—. Esto no es real.
—Tal vez para ti no.
La frase me atravesó.
—¿Y para ti sí?
No respondió.
Las luces se encendieron de golpe. El ascensor volvió a moverse.
Cuando las puertas se abrieron, ninguno de los dos se movió.
—Valentina… —dijo—. Esto es peligroso.
—Lo sé.
Pero no fui yo quien dio el primer paso.
Fue él.
Y cuando sus labios rozaron los míos por primera vez, supe que el contrato había quedado oficialmente roto… aunque ninguno de los dos estuviera listo para admitirlo.
No fue un beso suave.
Fue contenido. Tenso. Como si ambos estuviéramos midiendo el daño incluso mientras lo causábamos.
Cuando me aparté, lo hice con dificultad. Adrián apoyó una mano en la pared detrás de mí, sin tocarme, como si necesitara algo sólido para no volver a cruzar esa línea.
—Esto no debió pasar —dije, con la voz baja.
—No —admitió—. Pero pasó.
Las puertas del ascensor se cerraron de nuevo para seguir su recorrido, como si nada hubiera ocurrido. Como si el mundo no acabara de cambiar de eje.
—No podemos repetirlo —añadí.
Adrián soltó una risa breve, amarga.
—Eso es lo más peligroso que podrías decir ahora.
Salimos sin mirarnos, cada uno tomando direcciones opuestas dentro del penthouse. Esa noche no hubo discusiones. Tampoco palabras. Solo una tensión espesa, casi física, ocupando cada rincón.
Dormí poco.
Soñé peor.
A la mañana siguiente
El café estaba frío cuando llegué a la cocina. Adrián ya estaba allí, traje oscuro, expresión cerrada, profesional otra vez. El muro había vuelto a levantarse.
—Tenemos junta con el directorio a las nueve —dijo—. Vendrán los inversionistas extranjeros.
—¿También eso estaba planeado? —pregunté.
—Todo lo está —respondió—. Excepto lo de ayer.
Agradecí la claridad. Dolía menos así.
La junta fue un éxito. Números sólidos. Confianza renovada. Aplausos medidos. Adrián y yo funcionando como una maquinaria perfectamente aceitada. Demasiado bien.
—Son una pareja formidable —comentó uno de los directores—. Se complementan.
—Gracias —respondí automáticamente.
Adrián no dijo nada. Pero su rodilla rozó la mía bajo la mesa. Apenas. Un recordatorio silencioso.
Cuando terminó, lo enfrenté en el pasillo.
—Esto tiene que parar —dije—. No podemos mezclarlo todo.
—Tarde —contestó—. Ya lo hicimos.
—Entonces dime algo —lo desafié—. ¿Qué quieres realmente?
Me miró como si esa fuera la pregunta más peligrosa de todas.
—Quiero que no me mires como si yo fuera otro Tomás.
—No lo hago.
—Sí lo haces —replicó—. Y quiero que confíes en que, si estoy aquí, no es para usar lo que sientes en tu contra.
Me quedé en silencio.
—No soy bueno con medias tintas, Valentina —añadió—. Si cruzo una línea, no sé fingir que no lo hice.
—Entonces no la cruces —susurré.
Se acercó lo justo.
—Eso depende de ti más de lo que crees.
Esa noche, al cerrar la puerta de mi habitación, entendí algo con una claridad que asustaba:
El beso no había roto el contrato.
Había revelado su verdadera cláusula oculta.
Una que no hablaba de empresas, ni de plazos, ni de control.
Hablaba de elección.
Y por primera vez desde que todo empezó,
no estaba segura de cuál iba a hacer.
Editado: 05.02.2026