Cláusula veintisiete

capitulo seis

El beso no debía existir.

Lo supe en el segundo exacto en que ocurrió.
En el primero todavía estaba sorprendida; en el segundo, ya estaba perdida.

Adrián no me besó con prisa. Me besó como si hubiera estado conteniéndose durante semanas. Como si el control que siempre lo definía se hubiera resquebrajado solo conmigo.

—Esto es un error —murmuré contra sus labios.

—Lo sé —respondió—. Pero no me detengas.

No lo hice.

Fue peor cuando nos separamos. Cuando la realidad volvió a colarse entre nosotros.

—No puede volver a pasar —dije, retrocediendo—. Tenemos un contrato. Una cláusula veintisiete que nos arruina si perdemos la cabeza.

—No voy a perderla —dijo él—. Solo… necesito tiempo.

—El tiempo no es nuestro aliado.

Esa noche dormí sin dormir.

Al día siguiente, el penthouse estaba silencioso. Demasiado silencioso. Como si el beso hubiera dejado un rastro invisible que llenaba cada rincón, recordándome lo cerca que habíamos estado de cruzar un límite que no debía existir.

Adrián apareció en la cocina, impecable, con su expresión habitual de control absoluto. Pero había algo distinto: una tensión contenida en sus hombros, en la manera en que sostenía la taza de café, en la mirada que evitaba encontrar la mía.

—Buenos días —dijo, sin la usual frialdad—. Espero que hayas dormido… algo.

—Más o menos —respondí, sin mirarlo—. No estoy acostumbrada a que los hombres me besen como si fueran dueños de mis decisiones.

Sus labios se tensaron en una línea fina.

—Entonces no te acostumbres —dijo—. Esto fue… un accidente.

—Un accidente —repití con sorna—. Claro. Porque un beso así es exactamente lo que pasa por accidente.

—A veces los accidentes dicen más que cualquier plan —murmuró, mirándome directo esta vez.

Sentí un escalofrío. Uno que no tenía nada que ver con la temperatura del apartamento.

—Esto no cambia nada —dije, intentando imponerme—. El contrato sigue vigente. Dos años, cláusula veintisiete. Y no pienso perder.

—Ni yo —contestó—. Pero a veces me pregunto si perder juntos sería tan terrible.

Me reí, amarga.

—Déjame adivinar. Esa es tu forma de decir “me gustó el beso”?

—Eso sería demasiado honesto —replicó—. Demasiado peligroso.

El silencio cayó entre nosotros. Pesado. Lleno de palabras no dichas, de promesas que nadie se atrevía a formular en voz alta.

Esa noche, me acosté con los ojos abiertos, repasando cada segundo, cada roce, cada respiración compartida. Y por primera vez, entendí que el contrato no solo nos unía legalmente. Nos estaba enseñando lo que era realmente peligroso: desear lo prohibido, en contra de toda razón y previsión.

Y eso… era solo el principio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.