Cláusula veintisiete

capitulo siete

El deseo es más peligroso cuando se niega.

Lo descubrí en los pequeños gestos:
en cómo Adrián evitaba tocarme… pero se quedaba demasiado cerca;
en cómo yo fingía indiferencia… mientras memorizaba cada uno de sus movimientos.

—Llegas tarde —comenté una noche.

—Reunión —respondió sin mirarme.

—¿Con quién?

Levantó una ceja.

—¿Ahora te interesa mi agenda?

—No —mentí—. Solo pregunto.

—No lo hagas —dijo con frialdad—. No cruces esa línea.

—¿Cuál? —lo desafié—. ¿La de esposa falsa o la de mujer real?

El silencio fue brutal.

—Esto se está saliendo de control —dijo—. Y no puedo permitirlo.

—Siempre tan calculador —repliqué—. ¿Te asusta sentir?

Me miró como si hubiera tocado una herida.

—No hables de lo que no sabes.

—Entonces explícame —dije, bajando la voz—. Porque desde donde estoy, parece que te aterra perder el control.

Adrián dejó las llaves sobre la mesa con más fuerza de la necesaria. El sonido resonó en el silencio del penthouse.

—No es miedo —respondió—. Es experiencia.

—¿Experiencia en qué? —insistí—. ¿En usar a las personas como variables?

Sus ojos se endurecieron.

—En saber que cuando dejo de pensar, algo se rompe.

—O alguien —añadí.

Se giró hacia mí de golpe.

—¿Eso crees? ¿Que no me importa lo que pase contigo?

No respondí.
No porque no tuviera qué decir, sino porque decirlo habría sido admitir demasiado.

—Este matrimonio —continuó, más bajo— fue una decisión racional. Necesaria. Todo lo que vino después… no lo fue.

—¿Y eso te molesta tanto?

—Me pone en desventaja.

Ahí lo entendí.

No era el deseo lo que lo asustaba.
Era que no podía controlarlo.

—Entonces sigue fingiendo —dije—. Eres bueno en eso.

—No contigo —respondió sin pensar.

El aire se volvió denso. El tipo de silencio que se estira hasta volverse insoportable.

—Mañana me voy de viaje —añadió—. Tres días. Reuniones fuera de la ciudad.

Mi estómago se encogió, traicionero.

—Perfecto —dije—. Espacio. Justo lo que necesitamos.

—Eso espero.

Pasó a mi lado rumbo a su habitación. Rozó mi brazo sin querer… o eso quise creer. El contacto fue breve, pero suficiente para que el cuerpo me ardiera.

—Buenas noches, Valentina.

—Buenas noches, Adrián.

Cerró la puerta.

Me quedé sola en la sala, con una certeza incómoda formándose lentamente:
la distancia no iba a apagar nada.
Solo iba a dejarlo crecer en silencio.

Dos días después

El penthouse seguía igual. Demasiado ordenado. Demasiado vacío.

Trabajé hasta tarde para no pensar. Para no preguntarme con quién estaba. Para no revisar el teléfono cada diez minutos.

Cuando finalmente me rendí y fui a la cocina por agua, encontré la luz encendida.

Y a Adrián.

—¿No te ibas mañana? —pregunté, sorprendida.

—Volví antes.

Se veía cansado. La corbata suelta. La consideré una mala señal.

—¿Por qué?

Me miró largo. Como si decidiera algo peligroso.

—Porque huir no solucionó nada.

El corazón me golpeó con fuerza.

—Entonces no te acerques —advertí—. No si no estás dispuesto a asumir lo que eso significa.

Avanzó un paso.

—Eso es lo que me preocupa.

Otro paso.

—Que si lo hago… no voy a saber detenerme.

—Entonces no lo hagas —susurré, sin moverme.

Se detuvo justo frente a mí. Tan cerca que sentí su respiración.

—Mírame y dime que no quieres lo mismo.

Lo miré.

Y no lo dije.

Porque el deseo, cuando se niega, no desaparece.

Solo espera.

Y esa noche, estaba cansado de esperar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.