Cláusula veintisiete

capitulo ocho

El golpe llegó cuando menos lo esperaba.

Una mañana, el nombre de Adrián estaba en todos los titulares… junto al de otra mujer.

“Montenegro y la heredera Vega: ¿nuevo romance?”

El café me supo amargo.

—¿Quién es ella? —pregunté esa noche, mostrándole la noticia.

—Una aliada estratégica —respondió—. Nada más.

—Claro —me reí sin humor—. Siempre tan profesional.

—No tienes derecho a reclamarme nada —dijo—. No somos reales.

La frase dolió más de lo que debería.

—Entonces no me beses —exploté—. No me mires como si te importara. No me hagas creer cosas que no existen.

—No te prometí nada.

—Pero tampoco fuiste honesto.

Nos gritamos.
Nos herimos.
Nos dijimos verdades que no estábamos listos para escuchar.

Esa noche, dormí sola.
Y por primera vez, lloré por un hombre que se suponía que no debía importarme.

Al día siguiente, el penthouse parecía más frío que nunca. Los muros que antes solo marcaban distancia ahora gritaban traición. Cada sonido, cada sombra, me recordaba que Adrián y yo habíamos cruzado límites que ninguno estaba dispuesto a admitir.

—Valentina —dijo, entrando en la sala con el periódico en la mano—. Antes de que digas algo… déjame explicarlo.

—Explícame —respondí, controlando la voz—. Cómo es posible que tu “aliada estratégica” aparezca en todos los titulares mientras yo… existo solo como un accesorio.

—No fue lo que parece —murmuró—. Vega está interesada en una fusión corporativa. Nada personal.

—Nada personal —repitió mi mente, burlona—. Y tus besos de ayer tampoco.

Se tensó, y por un instante lo vi. No el hombre calculador, sino alguien atrapado entre lo que quería y lo que debía hacer.

—No quiero herirte —dijo finalmente—. Pero hay límites que no puedo ignorar.

—¿Límites? —lo interrumpí—. Los únicos límites que existen entre nosotros los creamos tú y yo.

Sus ojos se endurecieron, pero no por rabia. Por frustración. Por miedo.

—Valentina, si crees que esto es fácil para mí… estás equivocada. Cada vez que te miro, cada vez que… —se detuvo, respirando hondo—. Cada vez que te beso, tengo que recordar que perder el control puede costarnos todo.

Mi corazón dio un vuelco.

—Todo —susurré, casi sin voz—. Incluso tú.

Se acercó, peligrosamente cerca, pero no lo suficiente. No quería ceder. No podía.

—Exactamente —dijo, con la mirada clavada en la mía—. Por eso mantengo las distancias. Por eso finjo. Por eso te niego incluso cuando… no puedo.

El silencio volvió, pesado y absoluto.

—Y sin embargo —añadí, con rabia contenida—. Aquí estamos, rompiendo todas tus reglas.

Él bajó la mirada, evitando mi fuego.

—Sí —murmuró—. Aquí estamos. Y eso es lo que más miedo me da.

Esa noche, mientras me recostaba sola en la cama, entendí algo que no podía negar:

El contrato nos había unido legalmente,
pero lo que habíamos empezado a sentir nos tenía atrapados de verdad.

Y por primera vez desde el principio, comprendí que perderlo todo ya no me aterraba. Lo que me aterraba era perderlo a él…




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