El punto de quiebre llegó con una amenaza.
—Si continúan los rumores, la inversión corre riesgo —dijo el abogado—. La imagen del matrimonio debe ser impecable.
—Entonces solucionémoslo —respondió Adrián—. Haremos un viaje. Algo público.
—¿Un viaje romántico? —pregunté, incrédula.
—Una luna de miel tardía —corrigió—. Para la prensa.
—¿Y para nosotros?
Me sostuvo la mirada.
—Eso depende de ti.
Acepté.
Porque ya estaba enamorada.
Y porque, aunque me aterraba admitirlo, aún tenía esperanza.
El viaje fue un desfile de sonrisas calculadas, fotos posadas, manos entrelazadas frente a cámaras… y miradas que decían todo lo que las palabras no podían.
—Recuerda —susurró Adrián mientras subíamos al yate—. Esto es para la prensa.
—Claro —respondí, apretando los dientes mientras sentía cómo mi corazón latía más rápido que la actuación—. Solo actuación.
Pero su mano encontró la mía sin permiso, y por un instante el mundo desapareció. Las olas, los flashes, las cámaras… nada importaba. Solo él.
—¿Y si alguien cree que esto es real? —pregunté, tratando de mantener la distancia.
—Entonces será su problema —contestó, con esa seguridad que me hacía temblar—. Porque lo que siento… no es actuación.
Mi respiración se detuvo.
—No digas eso —susurré, aunque deseaba escucharlo una y otra vez.
—Ya lo dije —replicó, acercándose peligrosamente—. Y tú lo sabes.
El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de naranja y violeta. Nos detuvimos en la proa del yate, mirando el horizonte. Ninguno dijo nada. Todo estaba suspendido entre nosotros: la presión del contrato, las amenazas de los inversionistas, los rumores, la prensa… y un amor que ninguno se atrevía a admitir en voz alta.
—Valentina —dijo finalmente—. No puedo seguir pretendiendo que esto no significa nada.
—Entonces no lo hagas —murmuré, casi temblando.
Se inclinó hacia mí. Esta vez no hubo prisa, no hubo miedo a ser descubiertos por la prensa. Solo él, yo, y un beso que sabía a verdad.
Un beso que rompía reglas, contratos, y muros que habíamos construido con tanto esfuerzo.
Cuando nos separamos, su frente descansó contra la mía.
—Dos años… —dijo con voz ronca—. Pero no sé si quiero esperar tanto.
—Yo tampoco —susurré.
El viento del mar nos rodeaba, frío y real, y por primera vez entendí algo crucial:
El contrato nos unió por necesidad.
El mundo nos miraba como una pareja perfecta.
Pero lo que nos mantenía juntos ahora era imposible de controlar.
Y, por primera vez, no quise controlarlo.
Editado: 05.02.2026