El avión despegó y con él, cualquier ilusión de control.
—Maldivas —murmuré al ver el destino en la pantalla—. Muy discreto.
—La prensa ama los clichés —respondió Adrián—. Y nosotros necesitamos credibilidad.
—¿O escapismo?
No respondió.
El vuelo fue largo. Silencioso. Cargado de todo lo que no decíamos. Cuando el avión aterrizó, ya estábamos agotados… y peligrosamente vulnerables.
La suite tenía una sola cama.
—Pide que traigan otra —dije de inmediato.
—No hay tiempo —respondió él—. Los fotógrafos están abajo. Necesitan fotos entrando juntos.
—Siempre el espectáculo.
—Siempre el riesgo.
Sonreímos para las cámaras. Tomados de la mano. Perfectos.
Cuando la puerta se cerró detrás de nosotros, la sonrisa murió.
—Dormiré en el sofá —dije.
—No seas ridícula —contestó—. No voy a tocarte si no quieres.
—¿Y si quiero?
La pregunta salió sola.
Sus ojos se oscurecieron.
—Entonces no deberíamos quedarnos solos.
El silencio se apoderó de la suite.
No era incómodo.
Era peligroso.
—Siempre huyes cuando las cosas dejan de ser seguras —dije, sin mirarlo—. Cuando ya no puedes esconderte detrás del contrato.
Adrián se pasó una mano por el cabello, tenso.
—Huyo cuando sé que algo puede destruirnos.
—¿O cuando puede importarte demasiado?
Se giró hacia mí entonces. La máscara había caído. No había ejecutivo brillante, ni esposo de portada. Solo un hombre al borde.
—¿Sabes qué es lo que más miedo me da, Valentina? —preguntó—. Que si esta vez pierdo el control… no quiera recuperarlo.
Mi pecho se cerró.
—Yo ya lo perdí —confesé—. Hace tiempo.
El sonido del mar entraba por la terraza abierta. Constante. Hipnótico. Como si el mundo insistiera en empujarnos hacia adelante.
—Dime que no sientes nada —dijo—. Mírame y dímelo, y duermo en el sofá sin volver a mencionarlo.
Lo miré.
No pude.
Di un paso hacia él. Luego otro.
—No quiero fingir aquí —susurré—. No en este lugar. No contigo.
Su respiración se volvió irregular.
—Valentina… si cruzamos esto, no hay marcha atrás.
—Nunca la hubo.
Fue él quien me besó esta vez. Sin contención. Sin cálculo. Como si cada beso anterior hubiera sido solo un ensayo para este.
Me sostuvo el rostro con ambas manos, como si temiera que desapareciera. Yo me aferré a su camisa, como si el mundo entero pudiera romperse si lo soltaba.
Cuando nos separamos, nuestras frentes quedaron juntas.
—Mañana —dijo—. Mañana tendremos que enfrentar la realidad.
—Mañana —acepté—. Pero esta noche…
No terminé la frase.
No hizo falta.
Las luces de la suite quedaron encendidas. El contrato, olvidado sobre la mesa. Las cámaras, lejos.
Y por primera vez desde que empezó todo,
no éramos un espectáculo.
No éramos una estrategia.
Éramos dos personas eligiéndose.
Aunque esa elección pudiera costarnos absolutamente todo.
Editado: 05.02.2026