Cláusula veintisiete

capitulo once

La noche nos encontró en el balcón, con el mar extendiéndose infinito frente a nosotros.

—Nunca quise esto —dijo Adrián de repente—. El matrimonio, el contrato… tú.

—Gracias por la sinceridad —respondí, herida.

—Escucha —continuó—. No quise enamorarme de alguien que puede destruir todo lo que construí.

Mi corazón se detuvo.

—¿Enamorarte?

Se pasó una mano por el cabello, frustrado.

—Hay cosas que no puedo permitirme sentir. No ahora. No contigo.

—¿Por qué?

Tardó demasiado en responder.

—Porque cuando tenía veinte años, confié en la persona equivocada —dijo—. Y casi pierdo todo. Mi padre murió ese año. Yo estaba demasiado ocupado amando… y no vi venir la traición.

Lo miré como nunca antes.
No como el hombre frío y calculador.
Sino como alguien roto.

—No todos traicionan —susurré.

—Los que más amas, sí.

El silencio se llenó de olas y respiraciones contenidas.

—Ven aquí —dije, tendiéndole la mano—. Solo esta noche.

La tomó.

La cama dejó de ser una amenaza… y se convirtió en refugio.

No fue un arrebato.
Fue lento.
Intenso.
Dolorosamente honesto.

Adrián me besó como si temiera perderme. Como si el mundo pudiera acabarse al amanecer.

—Dime que esto no es mentira —le pedí.

—No lo es —respondió—. Pero tampoco es seguro.

Esa noche nos hicimos promesas silenciosas.
De esas que no se dicen… porque romperlas duele menos.

El amanecer trajo la realidad de vuelta.

—No cambia nada —dijo Adrián, vistiéndose—. Seguimos con el contrato.

—¿Eso es todo? —pregunté—. ¿Una noche y volvemos a fingir?

—Es la única forma de sobrevivir.

—¿Sobrevivir a qué?

Me miró con dureza.

—A lo que viene.

Dos horas después, recibí un mensaje anónimo en el celular.

“Si sigues con Montenegro, perderás más que tu empresa.”

Sentí frío.

Muy frío.

Porque por primera vez entendí algo terrible:
nuestro matrimonio no solo era peligroso emocionalmente…
alguien quería destruirnos.

No le mostré el mensaje a Adrián.

No porque no confiara en él… sino porque confiaba demasiado.

Y eso me asustaba.

“Si sigues con Montenegro, perderás más que tu empresa.”
Las palabras seguían brillando en mi mente incluso horas después.

—¿Estás bien? —preguntó Adrián mientras descendíamos al lobby, rodeados de cámaras.

—Perfecta —mentí—. Nunca estuve mejor.

Sonreí. Posé. Fingí.

Como una profesional.

Pero esa noche apenas lo miré.




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