Cláusula veintisiete

capitulo catorce

Esa noche dormimos en lados opuestos de la cama.

—¿Crees que fui capaz? —pregunté en la oscuridad.

Adrián tardó en responder.

—No lo sé —admitió—. Y eso me aterra.

Las lágrimas cayeron en silencio.

Porque el verdadero enemigo no era la amenaza externa.

Era la posibilidad de perder la fe el uno en el otro.

La caída fue pública.

Demasiado pública.

Los titulares no tardaron en aparecer:

“Sospechas de fraude interno en Montenegro Holdings: la esposa del CEO bajo investigación.”

Sentí náuseas.

—Esto se nos fue de las manos —dije, mirando la pantalla.

Adrián no respondió de inmediato. Estaba de pie, junto a la ventana, con el teléfono en la mano y el ceño fruncido.

—El consejo exige una decisión —dijo al fin—. Necesitan un responsable visible.

—¿Un chivo expiatorio?

—Una pausa —corrigió—. Una separación temporal… también ayudaría.

Lo miré como si no lo conociera.

—¿Quieres que me vaya?

—Quiero ganar tiempo —respondió—. Para limpiar tu nombre.

—¿Y mientras tanto qué soy? —pregunté—. ¿Un daño colateral?

Sus hombros se tensaron.

—Valentina… esto es más grande que nosotros.

—No —repliqué, con la voz rota—. lo estás haciendo más grande que nosotros.

Me fui esa misma noche.

No a un hotel de lujo.
No a un lugar protegido por su gente.

Me fui al único sitio donde aún me sentía yo: el viejo departamento que había conservado “por si acaso”.

—¿Estás segura? —preguntó mi madre por teléfono.

—No —respondí—. Pero estoy cansada de sentir que estorbo.

Colgué antes de llorar.

Esa noche, Adrián no llamó.

Ni al día siguiente.
Ni al siguiente.

Y el silencio fue peor que cualquier discusión.

La prueba apareció una semana después.

Un correo anónimo.
Un archivo adjunto.

Dentro, la verdad.

Las firmas falsas.
El desvío de fondos.
Y el nombre que se repetía una y otra vez:

Héctor Montenegro.

El tío de Adrián.
Miembro del consejo.
El hombre que siempre me había mirado como si yo no perteneciera.

Corrí al edificio central.

—Necesitas irte —me dijo la recepcionista, nerviosa—. Él está en reunión.

—Dile que es urgente.

Esperé.

Cuando Adrián apareció, su expresión pasó del cansancio a la sorpresa… y luego al dolor.

—Lo sé —dijo antes de que hablara—. Ya lo sé.

—¿Desde cuándo?

—Desde ayer.

—¿Y no me llamaste?

—Porque sabía que vendrías —respondió—. Y no estaba listo para mirarte a los ojos después de haberte dudado.

El aire se me escapó.

—Me rompiste —dije—. Más que cualquier amenaza.

—Lo sé —susurró—. Y no hay contrato que me salve de eso.




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