La caída de Héctor fue silenciosa, pero devastadora.
Denuncia interna.
Investigación formal.
Expulsión del consejo.
La prensa cambió de tono.
“Valentina Rivas, exonerada.”
Demasiado tarde.
—Quédate —me pidió Adrián esa noche—. No por la empresa. Por mí.
Lo miré largamente.
—Te amé incluso cuando dudaste de mí —dije—. Pero ahora no sé si puedo volver a confiar.
—Dame la oportunidad —respondió—. Sin contratos. Sin cláusulas. Sin fingir.
Negué con la cabeza.
—Aún no.
Me fui.
Y esta vez, fue él quien se quedó solo.
Pasaron meses.
El contrato seguía vigente, pero el matrimonio existía solo en los papeles.
Aprendí a vivir sin él.
A trabajar sin su sombra.
A sanar… aunque doliera.
Hasta que una noche, recibí una invitación.
Cena privada. Edificio Montenegro. Último piso.
No debía ir.
Fui igual.
El edificio Montenegro estaba casi vacío cuando llegué.
El ascensor subió en silencio, como si supiera que lo que me esperaba arriba no era una simple cena.
Las puertas se abrieron.
Adrián estaba de pie, solo, frente a las ventanas que daban a la ciudad iluminada. No llevaba traje. No había periodistas. No había testigos.
Solo él.
—Pensé que no vendrías —dijo sin girarse.
—Yo también —respondí.
La mesa estaba servida, pero intacta. Dos copas. Una botella cerrada.
—No es una cena —añadió—. Es una despedida… o un comienzo. Tú decides.
Me acerqué despacio.
—Habla.
Respiró hondo, como si cada palabra fuera a costarle algo.
—El contrato termina en seis meses. Podría esperar. Podría seguir fingiendo. Mantener la imagen. El poder. El imperio.
Se giró al fin y me miró de frente.
—Pero no puedo seguir viviendo en una mentira si eso significa perderte para siempre.
Sacó una carpeta. Reconocí el formato de inmediato.
—¿Qué es eso? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—La disolución anticipada del matrimonio —respondió—. Firmada por mí.
Mi corazón se aceleró.
—Si firmas esto —continuó—, pierdo el control mayoritario. El consejo se me va encima. La prensa me destroza.
—¿Por qué harías algo así?
Su voz se quebró apenas.
—Porque por primera vez en mi vida… alguien importa más que todo lo demás.
Me tendió la carpeta.
—No te pido que vuelvas conmigo. No te pido perdón esperando recompensa. Solo quiero que sepas que te elijo. Incluso si tú no me eliges a mí.
Las lágrimas me nublaron la vista.
—Adrián… —susurré—. Me enseñaste a no confiar en promesas.
—Entonces no te prometo nada —respondió—. Solo hechos.
Tomó la pluma.
Firmó.
Sin dudar.
El silencio fue ensordecedor.
—¿Eso es todo? —pregunté.
—Eso es todo —asintió—. Ahora eres libre. Siempre lo fuiste… pero ahora también en el papel.
Me acerqué a la mesa. Miré la firma. El gesto definitivo.
—¿Sabes qué es lo más cruel? —dije—. Que cuando dudaste de mí, pensé que no podría volver a amarte.
Levantó la vista, expectante. Dolido. Preparado para perder.
—Y aun así… nunca dejé de hacerlo.
Di un paso más.
—Te odié. Te deseé. Te amé incluso cuando me rompiste. Pero hoy… hoy te veo.
Mis dedos rozaron los suyos.
—Y te elijo.
Su respiración se cortó.
—Sin contratos —añadí—. Sin cláusulas. Sin miedo.
Me tomó el rostro con cuidado, como si yo pudiera desaparecer.
—¿Estás segura?
—Nunca lo estuve tanto.
El beso no fue urgente.
Fue profundo.
Elegido.
Esta vez no había testigos.
Ni amenazas.
Ni fingimientos.
Solo dos personas que, después de todo el dolor, decidían quedarse.
Editado: 05.02.2026