Cláusula veintisiete

capitulo dieciseis

Dos años después

Nunca creí en los finales perfectos.

Creí en los finales reales.

El edificio ya no se llamaba Montenegro Holdings.
Ahora decía Rivas & Montenegro en letras sobrias, sin ostentación.

—¿Estás nerviosa? —me preguntó Adrián, ajustándose el saco.

—Un poco —admití—. No todos los días se inaugura una nueva etapa.

Sonrió. Esa sonrisa que ya no era arrogante, sino honesta. Construida a base de errores, pérdidas… y elecciones.

—Te ves increíble —dijo.

—No empieces —me reí—. Llegamos tarde.

Caminamos juntos hacia la sala de conferencias. Esta vez sin cámaras ocultas, sin contratos secretos, sin cláusulas escritas con miedo.

Todo lo que teníamos ahora… lo habíamos elegido.

Un recuerdo

La Cláusula Veintisiete había sido el origen de todo.

El límite.
La amenaza.
El punto de quiebre.

A veces pienso que fue irónico.

Porque al final, esa cláusula no nos quitó nada.

Nos enseñó que el amor no se puede firmar.
Solo se puede decidir.

Ahora

—Señoras y señores —comencé, frente al público—. Esta empresa nació de una fusión forzada. De desconfianza. De miedo.

Miré a Adrián.
Él me sostuvo la mirada.

—Hoy estamos aquí porque elegimos algo distinto. Transparencia. Respeto. Y, sobre todo, personas antes que poder.

Aplausos.

Adrián tomó la palabra después.

—Aprendí que controlar no es lo mismo que proteger —dijo—. Y que el verdadero liderazgo empieza cuando uno se atreve a perder… para ganar algo real.

Nuestros dedos se entrelazaron.

La pregunta

Esa noche, en el mismo penthouse donde todo había empezado, Adrián se arrodilló frente a mí.

—Esta vez no hay contrato —dijo—. No hay presión. No hay plazos.

Sacó un anillo sencillo. Hermoso.

—Solo una pregunta. ¿Quieres casarte conmigo… porque me eliges?

Las lágrimas me ganaron.

—Sí —respondí—. Solo porque te elijo.

Meses después, firmamos un último documento.

No en un despacho frío.
No con abogados mirando.

En casa.
Descalzos.
Riéndonos.

El papel decía:

“Cláusula Veintisiete: elegirnos cada día, incluso cuando sea difícil.”

No era legal.

Era mejor.

Porque esta vez, el amor no fue una obligación.

Fue una decisión.

FIN




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