CAPÍTULO II — El peso de la piedra
El eco de la pluma al desprenderse del papel se extinguió en la penumbra de la biblioteca como el chasquido de una trampa que acababa de dispararse. Victoria permaneció inmóvil frente al escritorio, con los dedos todavía crispados sobre el borde de madera pulida, sintiendo que el aire de la estancia se había vuelto denso, pesado con el olor a cera quemada y salitre que colaba el viento del mar a través de los ventanales góticos.
Liam no se movió de inmediato. Permaneció sentado, con los hombros relajados bajo el chaleco oscuro, observando la firma de ella con una fijeza que rozaba la depravación. Sus ojos oscuros, enmarcados por pestañas densas y una expresión de absoluta soberanía, parecían medir el peso exacto de la derrota moral que acababa de infligirle. No había triunfo efusivo en su postura, sino la fría y metódica satisfacción de quien ha añadido una nueva posesión a sus libros de cuentas.
—Los aposentos del ala oeste ya han sido preparados para vos, Victoria —dijo él, rompiendo el silencio con una voz baja que resonó en las paredes de roble con una autoridad inapelable—. La señora Higgins os aguarda al pie de la escalinata principal para guiaros. No os aconsejo que deambuléis sola por los corredores del torreón norte después de que caiga la noche. Las corrientes de aire en este lugar son traicioneras y hay puertas que es mejor dejar cerradas.
Victoria enderezó el torso con rigidez, obligando a sus facciones a adoptar una máscara de fría indiferencia a pesar del temblor que le recorría la espina dorsal. La mención a las puertas cerradas sonaba menos a una advertencia meteorológica y más a una amenaza velada, un recordatorio físico de los límites que su nueva condición le imponía.
—No temo a las corrientes de aire, señor Vance, ni tampoco a las puertas cerradas de esta casa —respondió con un filo de desafío en la voz, clavando los ojos en su rostro sin parpadear—. Supongo que el contrato no prohíbe respirar el aire de los pasillos o comprobar si las vistas al mar merecen el sacrificio de mi libertad.
Liam se puso en pie con una lentitud calculada. Su altura imponía una presencia abrumadora en el espacio reducido de la estancia; cada paso que dio hacia ella redujo la distancia hasta convertirla en una amenaza física palpable. El calor de su cuerpo desprendía un aroma a cedro y tabaco oscuro que se mezclaba de forma turbadora con el olor a humedad de los acantilados que se colaba por debajo de los marcos.
—El contrato prohíbe todo aquello que comprometa la fachada de nuestro matrimonio ante los ojos de los criados y de la sociedad, Victoria —murmuró él, inclinándose hacia su oído, rozando con el aliento la línea de su cuello con una intimidad insolente—. Fuera de esta puerta, sois mi esposa ante los hombres. Dentro de ella, sois una prisionera voluntaria que aceptó vender su orgullo a cambio de salvar unas cuantas piedras viejas y lienzos carcomidos. No olvidéis jamás los términos del trato.
Un ardor repentino encendió las mejillas de ella, no por vergüenza, sino por una furia ciega que amenazaba con desbordar el corsé de su compostura. Giró el rostro con brusquedad, esquivando por milímetros la cercanía de sus labios, y dio un paso atrás, buscando el amparo de la distancia prudencial.
—Vuestra generosidad roza la crueldad, señor Vance —escupió las palabras con desdén, conteniendo el impulso de abofetearlo con toda la fuerza de sus brazos—. Dormiré bajo vuestro techo y cumpliré la farsa ante los invitados, mas no esperéis sumisión en el trato privado.
Sin aguardar respuesta, dio media vuelta y abandonó la biblioteca con paso firme, obligándose a no correr a pesar de que el sonido de sus propios pasos resonaba como un eco burlón en el parqué encerrado. En el vestíbulo principal, la señora Higgins —una mujer de rostro marchito y ojos acuosos que delataban décadas de secretos sepultados entre aquellas paredes de piedra— la aguardaba con un candelabro de hierro forjado en las manos temblorosas. La luz parpadeante de la vela proyectaba sombras alargadas sobre los retratos ancestrales de la familia Vance, cuyos rostros serios parecían seguir cada uno de sus movimientos con una aprobación silenciosa y macabra.
El ascenso por la gran escalinata de piedra se hizo eterno. Las pisadas resonaban en el hueco de la torre como golpes de tambor en un funeral. Al llegar al corredor del ala oeste, el frío del mar se filtraba con más fuerza a través de los vidrios emplomados, helando la piel expuesta de los brazos de Victoria. La gobernanta abrió una puerta de cuarterones oscuros con un chirrido metálico que hizo eco en el pasillo igual que el quejido de una bisagra desatendida durante siglos.
—Aquí pasaréis la noche, señora —murmuró la anciana, bajando la mirada con una sumisión exagerada que ocultaba un trasfondo de profunda advertencia—. La chimenea está encendida, mas os ruego que no abracéis la falsa seguridad de este cuarto. Blackwood Manor tiene memoria propia; recuerda a todos los que han cruzado este umbral buscando refugio y rara vez deja marchar a los débiles.
—Gracias, señora Higgins. Podéis retiraros —respondió Victoria con voz cortante, cruzando el umbral antes de que la mujer pudiera añadir palabra alguna, deseosa de librarse de aquella presencia espectral.
La habitación era amplia, dominada por una cama de dosel con cortinajes de terciopelo verde botella y un ventanal gigantesco que daba directo al abismo oscuro del océano. El oleaje rompía contra las rocas con una violencia sorda, golpeando los cimientos de la mansión con un ritmo hipnótico y perturbador. Victoria se acercó al cristal, apoyando la frente contra la superficie helada, sintiendo cómo el cansancio acumulado de las últimas semanas se abalanzaba sobre ella en forma de un profundo agotamiento físico que le pesaba en los párpados.
La tormenta exterior arreciaba con una furia desmedida. Las ráfagas de viento sacudían los marcos de madera, haciendo que los cristales vibraran con un sonido agudo y constante. Sobre la repisa de la chimenea, los leños crujían despidiendo chispas que iluminaban de manera breve los muebles de caoba oscura y los cortinajes pesados. Victoria se despojó de la esclavitud de los alfileres y las telas rígidas de viaje, mudándose a un camisón sencillo de lino blanco que apenas lograba aislarla de la corriente helada que descendía por las esquinas del techo abovedado.
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Editado: 03.09.2026