Clean Boy

Capitulo 3

ARQUÍMEDES

Después de que me despedí de mi madre seguí al señor Huerta hasta mi salón de clases con mi mochila y mi horario, trataba de no ver a otra parte que no fuera la espalda del director, pero tenía un cabello rojo en su hombro. Mi mente me decía que se lo quitara, pero mi cuerpo me decía que no me acercara a él. ¿Qué iba a hacer cuando lo tomara? No lo iba a tirar al suelo y ensuciar más, ¿Porque estoy pensando en un cabello? Tranquilo, Mondragón, todo va a salir bien.

El señor Huerta toco la puerta y desde dentro lo dejaron abrir, compartió un par de susurros con el salón y volteo a mi dándome permiso de entrar.

Todos se quedaron callados cuando me vieron, era natural tomando en cuenta que parecía un astronauta, gracias, madre por meterme esa idea a la cabeza. No eran más de 20 alumnos, era un grupo pequeño. Busque un asiento vacío con la mirada, y solo estaba el tercer asiento de la segunda fila. El profesor parecía joven, barba de candado, moreno y ojos almendra, daba asco parecía vagabundo.

— Jóvenes alumnos, él es Arquímedes Mondragón Guevara, será su compañero a partir de hoy, denle una buena bienvenida— dijo el director señalándome. Necesitaría que me tragara la tierra y me escupiera en Siberia para que todos olvidaran esa terrible presentación.

Escuche algunas risas en la esquina y susurros en frente de mí. Me senté sin decir nada, no quiero que nadie me hable. Hablar significaba que estaba interesado en socializar, lo cual no es verdad. Solo estoy ahí para complacer a padre.

— Yo soy el profesor, Francisco Reyes Meza, imparto la materia de sociales…— “Valiendo caca” — Y como hay un nuevo alumno, ¿Qué les parece volver a practicar la actividad del primer día, para darle la bienvenida a nuestro amigo?

— Si, hay que hacerlo, yo me apunto— El chico que tenía a un lado estaba muy emocionado de hacer esa actividad. — Yo pido al nuevo— siguió sonriendo.

Tenía nariz grande, parpados caídos pero aun así sonreía como si le estuvieran dando un dulce. Me perturbaba tener que entablar una conversación con él. El profesor Reyes dio la orden y el chico sin preguntármelo antes giro mi pupitre y ambos quedamos frente a frente.

Estaba sorprendido por la manera tan rápida en la que se movió. Abrí bien mis ojos al notar su mirada tan acosadora de su rostro, parecía que quería desnudarme con la mirada o quitarme mi mascarilla de mi rostro. Traté de alejarme lo más que pude y de lo que mi asiento me permitió. No me sentía para nada cómodo en esta situación, para nada.

— Me llamo Cesar, un gusto Arquímedes— se recargo en sus codos en el pupitre y cada vez se acercaba más al mío. Encogí mis hombros y traté de ocultar mi rostro lo más que pude detrás de mi mochila. — ¡Oye! No muerdo, lo juro.

Sonrió mostrando sus perfectos dientes, nunca fui tímido, creo en eso, pero este tipo tiene tanta energía que parece el sol. Comenzó a reír como si hubiese podido oír mis pensamientos. Revolvió su cabello castaño, era ondulado y soltaba brillo natural.

— ¿Nunca has entablado una conversación con alguien?— me pregunto pero yo no conteste, no quería contestar a nada. Como iba a saber que contestar, o cómo hacerlo, y si digo algo incorrecto podría crearme un enemigo de por vida. — ¿De dónde eres?— no se rindió.

Voltee a ver a los demás alumnos, todos estaban conversando tan natural, compartiendo carcajadas y otros solo se sonreían. Gire al otro lado y el profesor conversaba con el que sobraba del salón.

— Él es Eriko. Familia numerosa, becado. Nada impresionante, pero su mama tiene un puesto de quesadillas en el centro— escuche a Cesar narrar apuntándolo, voltee y este sonrió triunfante. Claro, había hecho que le pusiera atención. — A ella la llamamos la Pato, mira sus labios.

Cesar apunto discretamente a un lado, ahí estaba “la Pato” tenía labios carnosos y muy bellos, pero parecía insistir en levantarlos por su cuenta para aumentar su volumen, no podías interpretar sus intenciones si hacia eso; estaba tratando de pedir un beso o tenía un problema con sus labios. Una sonrisa se dibujó en mis labios, no me dio pena hacerlo por la mascarilla que tenía.

— Ah y la que está hablando con ella es Yeya— me dijo y voltee con la otra chica, Yeya parecía más natural cabello largo lacio y lentes que hacían sus ojos pequeños. — Su papa es dueño de las pulgas.

— Parece que sabes mucho— me atreví a decirle volviendo a poner mi atención en él, complacido, por fin se recarga en su asiento alejándose un poco de mí. Gracias a eso pude relajarme un poco.

— ¡Qué bueno que hablas!— me dijo algo eufórico. — pensé que eras mudo, sería muy incómodo no saber tus señas, ¿pero sabes quién si sabría hacerlo? ¡Diego! Ese men es sordo por hipoacusia, ya tiene un audífono, pero sabe…

— ¿Siempre hablar de otros?— pregunte, parecía que le gustaba saber, pero eso no lo tendría de mí. — Sabes muchas cosas en estos escasos cuatro días de clase…

— Soy una persona agradable, las personas me dicen cosas— confeso y volvió a recargase otra vez sobre sus codos acercándose a mí. Tense de nuevo mis hombros y me aparte apretando mi espalda a la silla. — Pero tú…— me apunto. —…no pareces ser muy hablador.

— Y tú…— lo apunte. —…hablas mucho.

— Hablar hasta por los codos es mi profesión, viene desde la cuna. Mi abuela me dijo que apenas cumplí mi primer año comencé a hablar…




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